The Banshees of Inisherin: cuando la amistad masculina se rompe

Este filme está nominado en nueve categorías a los premios Oscar 2023, que incluyen mejor película y mejor dirección. La historia del director Martin McDonagh nos habla sobre los vínculos que nos unen con nuestros amigos.

JOHAM MEJÍA

¿Ya se pelearon? No hablo de una pelea a golpes con un desconocido en un bar, pasados de tragos o disputando la atención de una tercera persona; hablo de una pelea con un amigo al que quieren, al que admiran. 

Una pelea que lleve a ambos a límites insospechados, empujados hasta el borde de la locura, con actos que sobrepasan cualquier noción de lo que ya tenían preconcebido de esa persona. 

Una pelea con alguien cercano, un pleito que los convierte en tontos. Bueno, de eso se trata la película de la que va este texto, The Banshees of Inisherin. 

Pero, ¿Qué es un banshee?. Este es un concepto que sirve para entender un poco el contexto de la película del director Martin McDonagh, nominada en nueve categorías a los premios Oscar 2023 —que se entregan el 12 de marzo— y que incluyen mejor película, mejor dirección, mejor guion original, mejor edición, además de ser la primera nominación para sus protagonistas. 

Un banshee, en el folclor irlandés, es un espíritu encargado de predecir la muerte de un familiar y de cantar mientras todos lloran a esa persona. Más que cánticos, son alaridos. Cuando vean esta película, verán claramente a un personaje que representa a uno de estos espíritus.

The Banshees of Inisherin es la historia del irlandés Pádraic Súilleabháin (Colin Farrell) —intenten pronunciar este nombre en voz alta y en público—, que vive en la remota isla de Inisherin, en medio de la guerra civil de 1923.

La rutina de Padraic implica trabajar con sus animales, almorzar con su hermana y darle cariño a Jenny, su burra miniatura, hasta las 2 de la tarde. Esta es la hora en la que, más puntual que un novio no hegemónico, toca la puerta de su mejor amigo del mundo, Colm Sonny Larry Doherty (Brendan Gleeson), para ir al pub y embriagarse lo suficiente antes de ir a dormir.

El mundo de nuestro irlandés protagonista está a punto de hacerse trizas, cuando un día cualquiera, sin aviso, Colm decide no volver a hablarle. Sorprendido por esta decisión, Pádraic trata de continuar con su rutina, a pesar de que el pueblo entero le hace la pregunta: “¿Se pelearon?”. Tanto él, como el mismo Colm coinciden en la respuesta: nadie se peleó. Entonces, ¿Qué lleva a una amistad tan longeva a la más profunda indiferencia? La respuesta: Colm ha descubierto que su viejo amigo es profundamente tonto y aburrido.

La película cuestiona las rutinas, la amistad y el propio significado de la vida desde un punto de vista muy nihilista. El hastío de Colm por Pádraic es tanto que, que ante sus insistentes acercamientos le da un ultimátum: si le vuelve a dirigir la palabra, hará algo extremadamente radical que no revelaremos para no hacer ningún spoiler.

En este punto, reflexioné alrededor de la posibilidad de haberle generado esta repulsión a alguien a quien considero un amigo, pero también replantee un poco mis propios conceptos sobre la amistad. Primero, sobre cómo pueden llegar a formarse por costumbre y, luego, sobre cómo pueden agotarse por lo mismo.

La amistad —en este caso, la amistad masculina, más aún en lógicas tan peculiares como en las del siglo pasado— debe revisarse desde los prejuicios que existen alrededor del afecto entre hombres.

Es interesante el planteamiento que hace esta película alrededor de ello, sobre todo en la ubicación histórica de la trama y la geografía de la misma. En el libro La amistad en la era de la soledad de Adam Smiley, por ejemplo, se puntualiza cómo hay una falta de representación positiva alrededor de las amistades masculinas y cómo esto trae algunas consecuencias.

En el Reino Unido, por ejemplo, dos millones y medio de personas afirman no tener amigos íntimos, de acuerdo a ese estudio. El autor asegura que hacen falta historias de amistades saludables entre hombres que hablen más de intimidad y de crecimiento personal, y menos de acostarse con muchas mujeres.

Es coherente entonces que justo una película planteada en la Irlanda deprimida de fines de la Guerra Civil sea el escenario de una historia sobre la amistad masculina, una amistad basada en la costumbre de las cervezas y rota por el aburrimiento de conocer a fondo a tu compañero.

La historia nunca muestra a sus personajes diciéndose que se quieren y, menos aún, entrando en profundidad en qué los hizo ser amigos.

En el mundo real, las amistades masculinas se siguen manejando, la mayoría de veces, de la misma forma. Ya sea, porque nuestra crianza nos ha inyectado cierto estoicismo alrededor de entablar relaciones con otros hombres, o porque cualquier afecto entre nuestro propio género es visto con el ojo de la homofobia internalizada que nos es difícil desechar.

Sería correcto asumir, entonces, que la amistad entre varones es utilitaria a nuestros intereses sociales, profesionales y económicos, más no a nuestras necesidades emocionales. Romper con ese esquema es un trabajo que requiere de introspección y ganas de salir de nuestros propios prejuicios.

Esta película trata de darnos un análisis a través de una representación nihilista de la amistad. El personaje de Colm tiene una postura acorde a ello desde el principio, pues está en una crisis existencial. Tanto la guerra como su edad lo colocan en un punto en el que siente que si no comienza a hacer algo fuera de la rutina, habrá desperdiciado su vida.

El hombre trata de volver a explorar su gusto por la música, tocando el violín en el pub junto a jóvenes estudiantes y descartar a su amigo es más fácil que tratar de incluirlo en su nueva cotidianidad.

Otro concepto que vale resaltar es el del tonto: en literatura el concepto del tonto es casi como utilizar a un personaje para ser el objeto de burla del resto. William Shakespeare los representaba con un burro. Y no de forma alegórica, si han visto Sueño de una noche de verano (1999), película basada en la obra homónima del autor inglés, verán cómo literalmente convierten al tonto en un burro.

Pádraic descubre que todo el pueblo lo percibe como tonto y eso, poco a poco, lo va empujando a cometer actos más que cuestionables. En vez de decirle a Colm que lo quiere, decide llamar su atención obstaculizando sus planes y antagonizando con él.  En The Banshees of Inisherin, la lección, al menos una versión simplificada de ella, es que los tontos solo requieren un poco de indiferencia para convertirse en malvados.

La “amabilidad” también se aborda, sobre todo en el ebrio y sensiblero monólogo de Pádraic, cuando dice: “Yo soy Pádraic Súilleabháin y soy amable”.

En contexto, esta frase es un enunciado que la película hace alrededor de los seres humanos. Si pensamos que alguien no tiene nada excepcional que ofrecernos, más le vale que sea amable.

El tratamiento de la amistad que esta historia proyecta me recordó una cita de Friedrich Nietzsche. El filósofo alemán dice que “quienes saben alegrarse con nosotros están por encima y más cerca de nosotros que quienes nos compadecen. La alegría compartida hace al amigo; la compasión, al compañero de desgracias”, dice.

Y si “la alegría compartida hace al amigo”, es normal que la indiferencia intencionada convierta a un tonto amigo, en un tonto enemigo.

Autor

  • JOHAM MEJÍA

    Comunicador con varios años de trayectoria consumiendo lo que aparezca en cualquier pantalla. Actualmente trabaja en televisión digital y tiene experiencia en publicidad, canales locales y también en radio.

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    Una pelea que lleve a ambos a límites insospechados, empujados hasta el borde de la locura, con actos que sobrepasan cualquier noción de lo que ya tenían preconcebido de esa persona. 

    Una pelea con alguien cercano, un pleito que los convierte en tontos. Bueno, de eso se trata la película de la que va este texto, The Banshees of Inisherin. 

    Pero, ¿Qué es un banshee?. Este es un concepto que sirve para entender un poco el contexto de la película del director Martin McDonagh, nominada en nueve categorías a los premios Oscar 2023 —que se entregan el 12 de marzo— y que incluyen mejor película, mejor dirección, mejor guion original, mejor edición, además de ser la primera nominación para sus protagonistas. 

    Un banshee, en el folclor irlandés, es un espíritu encargado de predecir la muerte de un familiar y de cantar mientras todos lloran a esa persona. Más que cánticos, son alaridos. Cuando vean esta película, verán claramente a un personaje que representa a uno de estos espíritus.

    The Banshees of Inisherin es la historia del irlandés Pádraic Súilleabháin (Colin Farrell) —intenten pronunciar este nombre en voz alta y en público—, que vive en la remota isla de Inisherin, en medio de la guerra civil de 1923.

    La rutina de Padraic implica trabajar con sus animales, almorzar con su hermana y darle cariño a Jenny, su burra miniatura, hasta las 2 de la tarde. Esta es la hora en la que, más puntual que un novio no hegemónico, toca la puerta de su mejor amigo del mundo, Colm Sonny Larry Doherty (Brendan Gleeson), para ir al pub y embriagarse lo suficiente antes de ir a dormir.

    El mundo de nuestro irlandés protagonista está a punto de hacerse trizas, cuando un día cualquiera, sin aviso, Colm decide no volver a hablarle. Sorprendido por esta decisión, Pádraic trata de continuar con su rutina, a pesar de que el pueblo entero le hace la pregunta: “¿Se pelearon?”. Tanto él, como el mismo Colm coinciden en la respuesta: nadie se peleó. Entonces, ¿Qué lleva a una amistad tan longeva a la más profunda indiferencia? La respuesta: Colm ha descubierto que su viejo amigo es profundamente tonto y aburrido.

    La película cuestiona las rutinas, la amistad y el propio significado de la vida desde un punto de vista muy nihilista. El hastío de Colm por Pádraic es tanto que, que ante sus insistentes acercamientos le da un ultimátum: si le vuelve a dirigir la palabra, hará algo extremadamente radical que no revelaremos para no hacer ningún spoiler.

    En este punto, reflexioné alrededor de la posibilidad de haberle generado esta repulsión a alguien a quien considero un amigo, pero también replantee un poco mis propios conceptos sobre la amistad. Primero, sobre cómo pueden llegar a formarse por costumbre y, luego, sobre cómo pueden agotarse por lo mismo.

    La amistad —en este caso, la amistad masculina, más aún en lógicas tan peculiares como en las del siglo pasado— debe revisarse desde los prejuicios que existen alrededor del afecto entre hombres.

    Es interesante el planteamiento que hace esta película alrededor de ello, sobre todo en la ubicación histórica de la trama y la geografía de la misma. En el libro La amistad en la era de la soledad de Adam Smiley, por ejemplo, se puntualiza cómo hay una falta de representación positiva alrededor de las amistades masculinas y cómo esto trae algunas consecuencias.

    En el Reino Unido, por ejemplo, dos millones y medio de personas afirman no tener amigos íntimos, de acuerdo a ese estudio. El autor asegura que hacen falta historias de amistades saludables entre hombres que hablen más de intimidad y de crecimiento personal, y menos de acostarse con muchas mujeres.

    Es coherente entonces que justo una película planteada en la Irlanda deprimida de fines de la Guerra Civil sea el escenario de una historia sobre la amistad masculina, una amistad basada en la costumbre de las cervezas y rota por el aburrimiento de conocer a fondo a tu compañero.

    La historia nunca muestra a sus personajes diciéndose que se quieren y, menos aún, entrando en profundidad en qué los hizo ser amigos.

    En el mundo real, las amistades masculinas se siguen manejando, la mayoría de veces, de la misma forma. Ya sea, porque nuestra crianza nos ha inyectado cierto estoicismo alrededor de entablar relaciones con otros hombres, o porque cualquier afecto entre nuestro propio género es visto con el ojo de la homofobia internalizada que nos es difícil desechar.

    Sería correcto asumir, entonces, que la amistad entre varones es utilitaria a nuestros intereses sociales, profesionales y económicos, más no a nuestras necesidades emocionales. Romper con ese esquema es un trabajo que requiere de introspección y ganas de salir de nuestros propios prejuicios.

    Esta película trata de darnos un análisis a través de una representación nihilista de la amistad. El personaje de Colm tiene una postura acorde a ello desde el principio, pues está en una crisis existencial. Tanto la guerra como su edad lo colocan en un punto en el que siente que si no comienza a hacer algo fuera de la rutina, habrá desperdiciado su vida.

    El hombre trata de volver a explorar su gusto por la música, tocando el violín en el pub junto a jóvenes estudiantes y descartar a su amigo es más fácil que tratar de incluirlo en su nueva cotidianidad.

    Otro concepto que vale resaltar es el del tonto: en literatura el concepto del tonto es casi como utilizar a un personaje para ser el objeto de burla del resto. William Shakespeare los representaba con un burro. Y no de forma alegórica, si han visto Sueño de una noche de verano (1999), película basada en la obra homónima del autor inglés, verán cómo literalmente convierten al tonto en un burro.

    Pádraic descubre que todo el pueblo lo percibe como tonto y eso, poco a poco, lo va empujando a cometer actos más que cuestionables. En vez de decirle a Colm que lo quiere, decide llamar su atención obstaculizando sus planes y antagonizando con él.  En The Banshees of Inisherin, la lección, al menos una versión simplificada de ella, es que los tontos solo requieren un poco de indiferencia para convertirse en malvados.

    La “amabilidad” también se aborda, sobre todo en el ebrio y sensiblero monólogo de Pádraic, cuando dice: “Yo soy Pádraic Súilleabháin y soy amable”.

    En contexto, esta frase es un enunciado que la película hace alrededor de los seres humanos. Si pensamos que alguien no tiene nada excepcional que ofrecernos, más le vale que sea amable.

    El tratamiento de la amistad que esta historia proyecta me recordó una cita de Friedrich Nietzsche. El filósofo alemán dice que “quienes saben alegrarse con nosotros están por encima y más cerca de nosotros que quienes nos compadecen. La alegría compartida hace al amigo; la compasión, al compañero de desgracias”, dice.

    Y si “la alegría compartida hace al amigo”, es normal que la indiferencia intencionada convierta a un tonto amigo, en un tonto enemigo.

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    • JOHAM MEJÍA

      Comunicador con varios años de trayectoria consumiendo lo que aparezca en cualquier pantalla. Actualmente trabaja en televisión digital y tiene experiencia en publicidad, canales locales y también en radio.

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