Lo que The Bold Type me enseñó sobre la amistad

Alguien más ha visto un show y ha pensado: ¿soy mala amiga?, ¿mis amigas son malas?, ¿mi grupo de amigas es normal? Una reflexión sobre la amistad a partir de la serie The Bold Type.

MARÍA SILVIA AGUIRRE

Empecé a ver The Bold Type en Netflix cuando leí que la protagonista, Jane Sloan, era una joven escritora que publicaba en su revista favorita, Scarlet, con sede en New York. Ella cumplía su sueño junto a sus dos mejores amigas: Kat Edison y Sutton Brady. Vi las cinco temporadas, enganchadísima y enamorada del ambiente laboral perfecto, de la ciudad, del feminismo que proyectaba, de las fiestas, de la ropa y sobre todo, de su amistad.

Especialmente, pensaba: 

Quiero una amiga como Sutton, que me cuente una y mil veces sus aventuras amorosas, y me aliente a hacer las mías. Una Sutton que me vista gratis, me invite a fiestas sin importar que sea de las aburridas que no aceptan más de un trago: ella solo quiere que yo esté allí. 

Quiero una amiga como Kat, que no me juzgue cuando le cuento que me gustan dos tipos, porque a ella le gustan cuatro (o todas las) mujeres. Una Kat, que considere inimaginable tomarse un selfie sin mí mientras estamos viajando juntas. Una Kat con quien el like   o el comentario más animado de mi feed nunca falta.

Quiero una amiga como Jane para contarle que no se me ocurre qué escribir, que me ayude, que me dé un pitch, que me preste una anécdota. Quiero una Jane que se pegue los discursos más bonitos, los consejos del mejor corazón y no se canse de que la lleve a la misma cafetería porque a ella le gusta la misma y no le importa que yo le copie todo… ¿A quién le podría molestar?, ¡a Jane jamás! 

Quiero un grupo de amigas como ellas tres, siempre disponibles para escuchar mis penas y alegrías, golazos y caídas, y que siempre coincidamos en un clóset lleno de ropa para hablar —sin cansarnos la una de la otra— mientras tomamos champagne en una taza.

Pero no, no tengo esas amigas.

La verdad es que mi mejor amiga está lejos. Mi otra mejor amiga es doctora y tenemos los horarios cruzados. Ya no hablo con mi mejor amiga de la universidad. 

La verdad es que las amigas con las que más hablo de corazón son mis instafriends. Tengo amigas mayores, con quienes me siento más yo que nunca porque les encanta mi espíritu de señora. Tengo amigas con las que mi mayor interacción en semanas es un like, un «jaja» y un «pensé en ti por esta canción». 

Y la cruda verdad es que ya no soporto a una amiga que consideraba indispensable y estoy ignorando completamente sus mensajes en mi celular mientras escribo esto. 

En mi clóset solo entramos mi perrita y yo, y lo único que tengo en la taza es café medio frío. 

¿Alguien más es víctima de las ideas irreales de la amistad de televisión, o solo me pasa a mí?

Alguien más ha visto un show y ha pensado: ¿soy mala amiga?, ¿mis amigas son malas?, ¿mi grupo de amigas es normal?, ¿tengo eso llamado grupo?

No me malinterpreten: la serie me fascina. Me muero por Sutton, Kat, Jane y su amistad. Por su compromiso, tiempo, y cariño. Muero por el trabajo de Jane —escribir sobre lo que estorba la mente y el corazón—, razón por la que llego a este tema, y también me pregunto: ¿mis amigas me leerán?

Series como The Bold Type y mi tan amada Sex and the city proyectan relaciones de amistad y grupos de amigas casi inalcanzables, donde la indispensabilidad es exagerada. Y me lleva a mí, una chica en la década de sus 20, a preguntarme si todo lo que llevo haciendo por años con mis amigas está bien, o si mis amigas están bien. O si tengo amigas at all.

Cuando me empecé a sentir mal por esto, empecé a indagar.

En este artículo, la autora, Emily Reynolds, también comparte sus propias experiencias: ella no tiene ese grupo, habla poco con sus amigas y tiene la cabeza en cualquier lado menos en los problemas, graves y efímeros, de su mejor amiga del colegio. Sin embargo, no duda que las adora. 

Reynolds va más allá y llega a un punto interesante: todos critican constantemente las películas y series que por años nos han vendido una idea errónea del amor, romance, sexo, parejas y todo lo que va en conjunto. 

Menciona que pocos tienen ese ojo escéptico hacia el tipo de amistades que vemos en televisión y dice que muchas mujeres se sienten mal por el hecho de que sus relaciones de amistad en la vida real no se parecen a las que ven en pantalla. 

Y termina con un consejo: aquellas relaciones de televisión no tienen que ser una fuente de inspiración de nuestras propias relaciones. 

Rainesford Stauffer, autora y periodista a quien admiro, habla también del tema en su reciente novela An ordinary age. 

En el capítulo dedicado a las relaciones, narra una conversación con una chica en sus 20, quien coincide con ella en que el cine y la televisión proyectan relaciones irreales que alzan las expectativas de un amigo (o pareja), lo cual deja poco espacio para hablar de lo complicada y difícil que puede ser una amistad

En este otro artículo hay otro punto a reflexionar: la mayoría de ‘peleas’ que vemos en pantalla se resuelven fácilmente. Es más, predominan las peleas superficiales y no las profundas, las complejas, esas que da vergüenza contar hasta en un blog. 

Así, surgen preguntas en nuestra cabeza como: ¿es mala amiga si me envidia?, ¿es mi amiga si la considero una amenaza?, ¿está mal si no le quiero contar algo? 

Y llegamos a conclusiones como: mis amigas no son lo suficientemente buenas

Pero para ir más allá, hablé con otras chicas como yo. Entre ellas escuché que sí hay quienes se sienten identificadas con ese efecto amigas. Tanto, que llegan a sentirse solas porque no tienen amigas así… como en la televisión. 

¿En qué nos estamos basando para escoger a las persona y categorizarla como amiga?

Una de las chicas que entrevisté me contó que realmente valora las relaciones platónicas, incluso más que las románticas, con las que no hay ningún tipo de finalidad sexual pero sí intimidad espiritual, confianza. Me dijo que llega a sentirse tan perdida en la búsqueda que piensa que debería haber un Tinder de amigas (¡sí existe!), aunque no está segura si lo usaría. 

Otras me hablaron de ese sentimiento de culpa cuando no se portan como las amigas de televisión. Otra me dijo que pocas veces dice en alto que no tiene amigas con ese nivel de intimidad que vemos en televisión. Y una futura novia me confesó que no sabe ni por dónde empezar a planear su despedida de soltera, porque no existe tal grupo inseparable en su vida.

A pesar de las quejas que levanto ante estas ideas inalcanzables de amistad, sigo cayendo… sigo quejándome de cómo se portan mis amigas porque no cumplen las expectativas que me plantea la televisión

Esta reflexión, las conversaciones que tengo y las preguntas que surgen al respecto, también me invitan a ser un poco más sensible con las increíbles mujeres que me rodean —unas a kilómetros de distancia— que llamo amigas. 

A este ejercicio de sensibilidad le sumo el no dejarme llevar por lo que veo en televisión, aunque viva enamorada de la idea de los brunches de Carrie Bradshaw con las amigas (¡qué fácil es para ellas quedar al mismo horario!).

La verdad, me encanta lo imperfectas que son mis relaciones: cada una de ellas es tan única que no se podría poner en un guion. 

Mi mejor amiga y yo tenemos la relación a distancia más exitosa que conozco: aún puedo hablar con ella como si la hubiera visto ayer. Cada reencuentro con mi mejor amiga la doctora es mejor que el otro, y la confianza es inquebrantable. 

Mis instafriends me enseñaron que las redes sociales no son tan dañinas porque me las presentó a ellas. Mis amigas mayores me responden las preguntas que le haría a una hermana mayor. 

Mi mejor amiga de la universidad me enseñó tanto y le tendré un cariño enorme siempre. Me quiso más que todos los chicos con los que salí. 

Mi amiga, a quien recuerdo con las canciones, y yo tenemos juntas una tremenda playlist, perfecta para los cumpleaños. 

Y esa amiga que pienso no soportar me permite practicar la tolerancia, la flexibilidad y todo lo que va acorde para sobrevivir lo incómodo. 

Aunque ninguna de ellas es Sutton, Kat o Jane. Yo puedo. Alguito, un poquito… intentar. Hoy soy Jane: les digo lo que siento a través de las palabras. 

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    MARÍA SILVIA AGUIRRE

    Empecé a ver The Bold Type en Netflix cuando leí que la protagonista, Jane Sloan, era una joven escritora que publicaba en su revista favorita, Scarlet, con sede en New York. Ella cumplía su sueño junto a sus dos mejores amigas: Kat Edison y Sutton Brady. Vi las cinco temporadas, enganchadísima y enamorada del ambiente laboral perfecto, de la ciudad, del feminismo que proyectaba, de las fiestas, de la ropa y sobre todo, de su amistad.

    Especialmente, pensaba: 

    Quiero una amiga como Sutton, que me cuente una y mil veces sus aventuras amorosas, y me aliente a hacer las mías. Una Sutton que me vista gratis, me invite a fiestas sin importar que sea de las aburridas que no aceptan más de un trago: ella solo quiere que yo esté allí. 

    Quiero una amiga como Kat, que no me juzgue cuando le cuento que me gustan dos tipos, porque a ella le gustan cuatro (o todas las) mujeres. Una Kat, que considere inimaginable tomarse un selfie sin mí mientras estamos viajando juntas. Una Kat con quien el like   o el comentario más animado de mi feed nunca falta.

    Quiero una amiga como Jane para contarle que no se me ocurre qué escribir, que me ayude, que me dé un pitch, que me preste una anécdota. Quiero una Jane que se pegue los discursos más bonitos, los consejos del mejor corazón y no se canse de que la lleve a la misma cafetería porque a ella le gusta la misma y no le importa que yo le copie todo… ¿A quién le podría molestar?, ¡a Jane jamás! 

    Quiero un grupo de amigas como ellas tres, siempre disponibles para escuchar mis penas y alegrías, golazos y caídas, y que siempre coincidamos en un clóset lleno de ropa para hablar —sin cansarnos la una de la otra— mientras tomamos champagne en una taza.

    Pero no, no tengo esas amigas.

    La verdad es que mi mejor amiga está lejos. Mi otra mejor amiga es doctora y tenemos los horarios cruzados. Ya no hablo con mi mejor amiga de la universidad. 

    La verdad es que las amigas con las que más hablo de corazón son mis instafriends. Tengo amigas mayores, con quienes me siento más yo que nunca porque les encanta mi espíritu de señora. Tengo amigas con las que mi mayor interacción en semanas es un like, un «jaja» y un «pensé en ti por esta canción». 

    Y la cruda verdad es que ya no soporto a una amiga que consideraba indispensable y estoy ignorando completamente sus mensajes en mi celular mientras escribo esto. 

    En mi clóset solo entramos mi perrita y yo, y lo único que tengo en la taza es café medio frío. 

    ¿Alguien más es víctima de las ideas irreales de la amistad de televisión, o solo me pasa a mí?

    Alguien más ha visto un show y ha pensado: ¿soy mala amiga?, ¿mis amigas son malas?, ¿mi grupo de amigas es normal?, ¿tengo eso llamado grupo?

    No me malinterpreten: la serie me fascina. Me muero por Sutton, Kat, Jane y su amistad. Por su compromiso, tiempo, y cariño. Muero por el trabajo de Jane —escribir sobre lo que estorba la mente y el corazón—, razón por la que llego a este tema, y también me pregunto: ¿mis amigas me leerán?

    Series como The Bold Type y mi tan amada Sex and the city proyectan relaciones de amistad y grupos de amigas casi inalcanzables, donde la indispensabilidad es exagerada. Y me lleva a mí, una chica en la década de sus 20, a preguntarme si todo lo que llevo haciendo por años con mis amigas está bien, o si mis amigas están bien. O si tengo amigas at all.

    Cuando me empecé a sentir mal por esto, empecé a indagar.

    En este artículo, la autora, Emily Reynolds, también comparte sus propias experiencias: ella no tiene ese grupo, habla poco con sus amigas y tiene la cabeza en cualquier lado menos en los problemas, graves y efímeros, de su mejor amiga del colegio. Sin embargo, no duda que las adora. 

    Reynolds va más allá y llega a un punto interesante: todos critican constantemente las películas y series que por años nos han vendido una idea errónea del amor, romance, sexo, parejas y todo lo que va en conjunto. 

    Menciona que pocos tienen ese ojo escéptico hacia el tipo de amistades que vemos en televisión y dice que muchas mujeres se sienten mal por el hecho de que sus relaciones de amistad en la vida real no se parecen a las que ven en pantalla. 

    Y termina con un consejo: aquellas relaciones de televisión no tienen que ser una fuente de inspiración de nuestras propias relaciones. 

    Rainesford Stauffer, autora y periodista a quien admiro, habla también del tema en su reciente novela An ordinary age. 

    En el capítulo dedicado a las relaciones, narra una conversación con una chica en sus 20, quien coincide con ella en que el cine y la televisión proyectan relaciones irreales que alzan las expectativas de un amigo (o pareja), lo cual deja poco espacio para hablar de lo complicada y difícil que puede ser una amistad

    En este otro artículo hay otro punto a reflexionar: la mayoría de ‘peleas’ que vemos en pantalla se resuelven fácilmente. Es más, predominan las peleas superficiales y no las profundas, las complejas, esas que da vergüenza contar hasta en un blog. 

    Así, surgen preguntas en nuestra cabeza como: ¿es mala amiga si me envidia?, ¿es mi amiga si la considero una amenaza?, ¿está mal si no le quiero contar algo? 

    Y llegamos a conclusiones como: mis amigas no son lo suficientemente buenas

    Pero para ir más allá, hablé con otras chicas como yo. Entre ellas escuché que sí hay quienes se sienten identificadas con ese efecto amigas. Tanto, que llegan a sentirse solas porque no tienen amigas así… como en la televisión. 

    ¿En qué nos estamos basando para escoger a las persona y categorizarla como amiga?

    Una de las chicas que entrevisté me contó que realmente valora las relaciones platónicas, incluso más que las románticas, con las que no hay ningún tipo de finalidad sexual pero sí intimidad espiritual, confianza. Me dijo que llega a sentirse tan perdida en la búsqueda que piensa que debería haber un Tinder de amigas (¡sí existe!), aunque no está segura si lo usaría. 

    Otras me hablaron de ese sentimiento de culpa cuando no se portan como las amigas de televisión. Otra me dijo que pocas veces dice en alto que no tiene amigas con ese nivel de intimidad que vemos en televisión. Y una futura novia me confesó que no sabe ni por dónde empezar a planear su despedida de soltera, porque no existe tal grupo inseparable en su vida.

    A pesar de las quejas que levanto ante estas ideas inalcanzables de amistad, sigo cayendo… sigo quejándome de cómo se portan mis amigas porque no cumplen las expectativas que me plantea la televisión

    Esta reflexión, las conversaciones que tengo y las preguntas que surgen al respecto, también me invitan a ser un poco más sensible con las increíbles mujeres que me rodean —unas a kilómetros de distancia— que llamo amigas. 

    A este ejercicio de sensibilidad le sumo el no dejarme llevar por lo que veo en televisión, aunque viva enamorada de la idea de los brunches de Carrie Bradshaw con las amigas (¡qué fácil es para ellas quedar al mismo horario!).

    La verdad, me encanta lo imperfectas que son mis relaciones: cada una de ellas es tan única que no se podría poner en un guion. 

    Mi mejor amiga y yo tenemos la relación a distancia más exitosa que conozco: aún puedo hablar con ella como si la hubiera visto ayer. Cada reencuentro con mi mejor amiga la doctora es mejor que el otro, y la confianza es inquebrantable. 

    Mis instafriends me enseñaron que las redes sociales no son tan dañinas porque me las presentó a ellas. Mis amigas mayores me responden las preguntas que le haría a una hermana mayor. 

    Mi mejor amiga de la universidad me enseñó tanto y le tendré un cariño enorme siempre. Me quiso más que todos los chicos con los que salí. 

    Mi amiga, a quien recuerdo con las canciones, y yo tenemos juntas una tremenda playlist, perfecta para los cumpleaños. 

    Y esa amiga que pienso no soportar me permite practicar la tolerancia, la flexibilidad y todo lo que va acorde para sobrevivir lo incómodo. 

    Aunque ninguna de ellas es Sutton, Kat o Jane. Yo puedo. Alguito, un poquito… intentar. Hoy soy Jane: les digo lo que siento a través de las palabras. 

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