Incendiémoslo todo, por Brenda, por todas

Alondra Santiago había contactado a Brenda para contar su historia, pero la decisión de la Corte sobre el recurso de casación llegó antes que el reportaje. A partir de ese hecho, reflexiona sobre el caso y su impacto.

ALONDRA SANTIAGO

—Buenas tardes, Brenda, mi nombre es Alondra Santiago, soy periodista.

El mensaje fue más largo. Le dije que estaba de su parte, que la apoyaba. Quería entrevistarla y le hice saber que me comprometía a hacer un trabajo que la protegiera y no la revictimizara, como sí ocurre en algunos medios que han hecho cobertura del caso. Esperé nerviosa mientras la veía en línea en WhatsApp, temía incomodarla.

Brenda (nombre protegido) no ha dado entrevistas, no quiere hablar con desconocidos ni con los medios. Su historia, lo que siente y lo que espera de la justicia llegan a través de sus amigas, quienes hablan directamente con la prensa, han armado estrategias en redes sociales y se han articulado con movimientos de mujeres y feministas para visibilizar el caso. 

—Hola, Alondra. Mucho gusto, gracias por tu ayuda y deseos…

Contar una vez más cómo Brenda fue drogada y violada por Darwin Cedeño, Rolando Zambrano y Ronald Ramírez en 2018 cuando era estudiante del último año de radiología en la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí es innecesario ahora. Ya lo han recogido muchos medios, está en comunicados, en redes sociales y para ella, volver a hablar de eso, resulta revictimizante. Cuando comenzamos a escribirnos me dijo que era «muy complicado hablar del tema» porque cada vez que lo hace, revive escenas que quisiera olvidar para siempre.

Brenda ha tenido citas con muchos psicólogos y aún así hay cosas que todavía le afectan. Una víctima de los actos atroces por los que la hicieron pasar esos tres hombres no se recupera solo hablando o denunciando, como muchos —de manera simplista— aconsejan (o incluso exigen). La violencia sexual cala tan adentro de nuestros cuerpos, que la salud mental se ve deteriorada, la confianza se debilita, la inseguridad y el miedo se apoderan de cada paso que damos.

Brenda no ha salido en medios, no quiere, tampoco tiene por qué, no se lo debe a nadie. Le pregunté si era posible que nos veamos para, en el reportaje que planeaba escribir, narrar sus expresiones o miradas. «La verdad, no quiero ver a nadie, eso no me hace bien, sea como sea, es revictimizante», me respondió. Desde 2018 Brenda ha pasado por un proceso judicial, social y psicológico complejo. 

Luego del juicio, que inició en 2019, los tres acusados fueron sentenciados a 29 años y cuatro meses de prisión por el delito de violación y abuso sexual. Todos apelaron y dos de ellos fueron absueltos, solo se ratificó la sentencia para Fabricio Zambrano.

Me comuniqué con Ramiro García, abogado de Brenda, pero el día que solicité la entrevista era justamente el día en el que tres jueces de la Corte Nacional de Justicia negaron la casación de la defensa, el último recurso judicial, con el fin de que se revise la sentencia. Pasaron más de dos años desde que se presentó este recurso, en 2020. Las demoras, excusas y trabas demostraban que Brenda no tenía a la justicia de su parte. Así pasa, al parecer, con muchas víctimas y sobrevivientes en este país, acompañadas únicamente por sus miedos, ansias y esperanzas de reparación, porque el Estado no hace nada.

Ramiro García me dijo que no podía hablar, que estaba indignado por lo sucedido en la Corte. Las reacciones en las redes demostraban la impotencia y la ira que acompaña este tipo de resoluciones. No pasaron ni 24 horas y la Corte Nacional de Justicia, así como los tres jueces que estuvieron frente al caso enviaron un comunicado afirmando que no «se dejarían presionar por los ataques mediáticos que intentan romper la imparcialidad e independencia judicial» y que hubo un error por parte de la defensa al solicitar el recurso de casación ya que los pedidos «estuvieron direccionados, exclusivamente, a solicitar una valoración de la prueba, lo que se encuentra prohibido dentro del recurso de casación conforme al COIP».

Brenda está destrozada. En un mensaje a una de sus amigas le dijo que ya no podía más. «Es un asco esta justicia, ya no sé qué pensar. Me siento tan mal, estoy destrozada, como quisiera morirme». Estas son las consecuencias del abandono del Estado. Una víctima de un acto tan atroz se convierte en doblemente víctima, ahora por las instituciones y la falta de justicia. Tal como le sucedió en 2002 a Paola Guzmán Albarracín, también víctima de violencia sexual.

Por suerte, Brenda no está sola. Tiene a sus amigas. Una de ellas, Jamile Poveda, me dijo que Brenda «siempre ha estado para todos. Sé que no la conocen, pero de verdad ella es muy linda persona». Todas están a su lado peleando con ella una batalla que seguirá: se va a presentar una acción extraordinaria en la Corte Constitucional y si en ese paso, como los anteriores, no se encuentra justicia, la buscarán en tribunales internacionales.

Brenda me envió un único audio. Su voz es dulce, parece fuerte. Quizás es como si hubiera tomado el aire justo para enviar esos segundos de voz y luego volviera a sentir cómo este se va, dando paso al dolor, la impotencia y la soledad que viven muchas víctimas y sobrevivientes de violencia. «Aunque trate de hacerme la fuerte en realidad no lo soy», dice. Nadie debería pedirle a una víctima de violación que sea fuerte, que tiene que seguir adelante luego de ver cómo la violentan cada día.

La veo en línea y no imagino qué estará pensando o escribiendo. Pienso en los mensajes de apoyo que recibe de sus amigas, pienso en que lee lo que publican en redes, en cómo su seudónimo, su nombre protegido, Brenda, es sinónimo de impunidad. ¿Leerá también que estamos indignadas, que queremos gritar por ella? ¿Sabrá que lloramos de rabia al ver que no nos escuchan y nos siguen matando, violando, y desapareciendo nuestros cuerpos?

 Brenda sigue en línea y yo trato de verla a través de la pantalla, no quiero que se apague, no quiero que el silencio sea más fuerte que su voz. No quiero que la historia sea contada a través de sus victimarios, no quiero que olviden que el Estado le falló. ¿De qué sirve proteger su nombre ahora si no pudieron proteger su cuerpo?

—Te abrazo mucho, de la forma más fuerte que pueda hacerlo— le dije en el último mensaje que le envié y aún así siento que no es suficiente.

 Brenda sigue en línea y yo solo quiero que así siga.

  • Alondra Santiago es cubana radicada en Ecuador. Licenciada en Periodismo Internacional y licenciada en Actuación. Máster en Periodismo y gestión de comunicación. Reportera de televisión y locutora de radio. Articulista. Feminista.

ARTÍCULOS RECOMENDADOS

¿TE PARECIÓ INTERESANTE?

Recibe más noticias así, ¡únete a la comunidad!



    Quiero recibir información
    spot_img

    Incendiémoslo todo, por Brenda, por todas

    ARTÍCULOS RECOMENDADOS

    Alondra Santiago había contactado a Brenda para contar su historia, pero la decisión de la Corte sobre el recurso de casación llegó antes que el reportaje. A partir de ese hecho, reflexiona sobre el caso y su impacto.

    ALONDRA SANTIAGO

    —Buenas tardes, Brenda, mi nombre es Alondra Santiago, soy periodista.

    El mensaje fue más largo. Le dije que estaba de su parte, que la apoyaba. Quería entrevistarla y le hice saber que me comprometía a hacer un trabajo que la protegiera y no la revictimizara, como sí ocurre en algunos medios que han hecho cobertura del caso. Esperé nerviosa mientras la veía en línea en WhatsApp, temía incomodarla.

    Brenda (nombre protegido) no ha dado entrevistas, no quiere hablar con desconocidos ni con los medios. Su historia, lo que siente y lo que espera de la justicia llegan a través de sus amigas, quienes hablan directamente con la prensa, han armado estrategias en redes sociales y se han articulado con movimientos de mujeres y feministas para visibilizar el caso. 

    —Hola, Alondra. Mucho gusto, gracias por tu ayuda y deseos…

    Contar una vez más cómo Brenda fue drogada y violada por Darwin Cedeño, Rolando Zambrano y Ronald Ramírez en 2018 cuando era estudiante del último año de radiología en la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí es innecesario ahora. Ya lo han recogido muchos medios, está en comunicados, en redes sociales y para ella, volver a hablar de eso, resulta revictimizante. Cuando comenzamos a escribirnos me dijo que era «muy complicado hablar del tema» porque cada vez que lo hace, revive escenas que quisiera olvidar para siempre.

    Brenda ha tenido citas con muchos psicólogos y aún así hay cosas que todavía le afectan. Una víctima de los actos atroces por los que la hicieron pasar esos tres hombres no se recupera solo hablando o denunciando, como muchos —de manera simplista— aconsejan (o incluso exigen). La violencia sexual cala tan adentro de nuestros cuerpos, que la salud mental se ve deteriorada, la confianza se debilita, la inseguridad y el miedo se apoderan de cada paso que damos.

    Brenda no ha salido en medios, no quiere, tampoco tiene por qué, no se lo debe a nadie. Le pregunté si era posible que nos veamos para, en el reportaje que planeaba escribir, narrar sus expresiones o miradas. «La verdad, no quiero ver a nadie, eso no me hace bien, sea como sea, es revictimizante», me respondió. Desde 2018 Brenda ha pasado por un proceso judicial, social y psicológico complejo. 

    Luego del juicio, que inició en 2019, los tres acusados fueron sentenciados a 29 años y cuatro meses de prisión por el delito de violación y abuso sexual. Todos apelaron y dos de ellos fueron absueltos, solo se ratificó la sentencia para Fabricio Zambrano.

    Me comuniqué con Ramiro García, abogado de Brenda, pero el día que solicité la entrevista era justamente el día en el que tres jueces de la Corte Nacional de Justicia negaron la casación de la defensa, el último recurso judicial, con el fin de que se revise la sentencia. Pasaron más de dos años desde que se presentó este recurso, en 2020. Las demoras, excusas y trabas demostraban que Brenda no tenía a la justicia de su parte. Así pasa, al parecer, con muchas víctimas y sobrevivientes en este país, acompañadas únicamente por sus miedos, ansias y esperanzas de reparación, porque el Estado no hace nada.

    Ramiro García me dijo que no podía hablar, que estaba indignado por lo sucedido en la Corte. Las reacciones en las redes demostraban la impotencia y la ira que acompaña este tipo de resoluciones. No pasaron ni 24 horas y la Corte Nacional de Justicia, así como los tres jueces que estuvieron frente al caso enviaron un comunicado afirmando que no «se dejarían presionar por los ataques mediáticos que intentan romper la imparcialidad e independencia judicial» y que hubo un error por parte de la defensa al solicitar el recurso de casación ya que los pedidos «estuvieron direccionados, exclusivamente, a solicitar una valoración de la prueba, lo que se encuentra prohibido dentro del recurso de casación conforme al COIP».

    Brenda está destrozada. En un mensaje a una de sus amigas le dijo que ya no podía más. «Es un asco esta justicia, ya no sé qué pensar. Me siento tan mal, estoy destrozada, como quisiera morirme». Estas son las consecuencias del abandono del Estado. Una víctima de un acto tan atroz se convierte en doblemente víctima, ahora por las instituciones y la falta de justicia. Tal como le sucedió en 2002 a Paola Guzmán Albarracín, también víctima de violencia sexual.

    Por suerte, Brenda no está sola. Tiene a sus amigas. Una de ellas, Jamile Poveda, me dijo que Brenda «siempre ha estado para todos. Sé que no la conocen, pero de verdad ella es muy linda persona». Todas están a su lado peleando con ella una batalla que seguirá: se va a presentar una acción extraordinaria en la Corte Constitucional y si en ese paso, como los anteriores, no se encuentra justicia, la buscarán en tribunales internacionales.

    Brenda me envió un único audio. Su voz es dulce, parece fuerte. Quizás es como si hubiera tomado el aire justo para enviar esos segundos de voz y luego volviera a sentir cómo este se va, dando paso al dolor, la impotencia y la soledad que viven muchas víctimas y sobrevivientes de violencia. «Aunque trate de hacerme la fuerte en realidad no lo soy», dice. Nadie debería pedirle a una víctima de violación que sea fuerte, que tiene que seguir adelante luego de ver cómo la violentan cada día.

    La veo en línea y no imagino qué estará pensando o escribiendo. Pienso en los mensajes de apoyo que recibe de sus amigas, pienso en que lee lo que publican en redes, en cómo su seudónimo, su nombre protegido, Brenda, es sinónimo de impunidad. ¿Leerá también que estamos indignadas, que queremos gritar por ella? ¿Sabrá que lloramos de rabia al ver que no nos escuchan y nos siguen matando, violando, y desapareciendo nuestros cuerpos?

     Brenda sigue en línea y yo trato de verla a través de la pantalla, no quiero que se apague, no quiero que el silencio sea más fuerte que su voz. No quiero que la historia sea contada a través de sus victimarios, no quiero que olviden que el Estado le falló. ¿De qué sirve proteger su nombre ahora si no pudieron proteger su cuerpo?

    —Te abrazo mucho, de la forma más fuerte que pueda hacerlo— le dije en el último mensaje que le envié y aún así siento que no es suficiente.

     Brenda sigue en línea y yo solo quiero que así siga.

    • Alondra Santiago es cubana radicada en Ecuador. Licenciada en Periodismo Internacional y licenciada en Actuación. Máster en Periodismo y gestión de comunicación. Reportera de televisión y locutora de radio. Articulista. Feminista.

    ¿TE PARECIÓ INTERESANTE?

    Recibe más noticias así, ¡únete a la comunidad!



      Quiero recibir información
      spot_img