Lightyear: las preguntas que deberíamos responder

¿Desde dónde se plantea la lógica del cuidado en la última película que nos presenta Disney Pixar?

GILDA ORELLANA RODRÍGUEZ

Para mi madre, que supo explicarme el mundo

Es sábado, son las diez de la noche y llevo todo el día pensando en cómo escribir lo que quiero decir. Se acaban de ir dos amigas de mi hija luego de haber pasado la tarde mezclando texturas y de haber agotado en el patio las últimas espumas de carnaval que encontraron en la lavandería. Tanta energía parecía inagotable, pero ahora mi hija se ha dormido y con el silencio aparece la posibilidad de contar. Y cuento.

Mientras escribo pienso en M, mi hija, en su personalidad huracanada y en su voz. Pienso en la edad que tenía el día que me preguntó a dónde se van los muertos y en la expresión de su rostro cuando supo —cuando de verdad entendió — que yo también me voy a morir un día.

Parte de ser su madre implica explicarle cosas casi todo el tiempo; explicar, por ejemplo, de qué está hecho el caparazón de las tortugas, por qué no tenemos perros, por qué la gente roba, qué es una guerra, cómo empezó la galaxia, para qué sirven los semáforos, cuándo se acabará el mundo. M tiene siete años y también me ha preguntado para qué existe el colegio y por qué tiene que ir todos los días. Y esa no fue una pregunta menor.

¿Para qué crees tú que existe?, le dije, y esperé dos días por la respuesta.

En el corto camino de mi maternaje he comprendido que hay conclusiones a las que ella llegará —debe llegar— a través de su propio recorrido, no partir de mí o de su padre, sino de su experiencia personal y única. Por eso, cada vez que le pregunto su opinión sobre las historias que leemos trato de ahondar en sus razones.

Criar es permitirle a otro ser humano cuidar de sí mismo y desarrollar ideas para luego decirlas, encender la luz sobre el pensamiento es parte de ese cuidado.

Cuidar es un verbo amplio que implica la gestión de la propia adultez, de nuestros miedos más profundos y la aceptación de que nuestros hijos no nos pertenecen: tomarán de nosotros algo y quemarán de su historia las estructuras inservibles de su infancia para construir su propia identidad.

Tengo la certeza de que a las criaturas las sostienen un tejido colectivo y que no somos sus madres y sus padres los únicos responsables de su contención y aprendizaje. En su educación —esa palabra amplísima, que es capaz de encerrar al universo entero— intervienen también los relatos familiares, el quehacer de las abuelas, de las tías, las frases de los abuelos, las acciones de los vecinos, las cuidadoras, las profesoras, el Estado, la comunidad.

Hoy una parte de la comunidad que rodea a mi hija reclama desde los medios de comunicación y las redes sociales el derecho a educar a sus hijos como creen que es mejor hacerlo. Tuitean furiosos #ConMisHijosNo y #AMisHijosLosEducoYo y citan de memoria un fragmento del artículo 47 del Código de la Niñez y la Adolescencia:

“…se consideran inadecuados para el desarrollo de los niños, niñas y adolescentes los textos, imágenes, mensajes y programas que inciten a la violencia, exploten el miedo o aprovechen la falta de madurez de los niños, niñas y adolescentes para inducirlos a comportamientos perjudiciales o peligrosos para su salud y seguridad personal y todo cuanto atente a la moral o el pudor”.

 

Todo esto por una película: Lightyear, la última entrega de Disney Pixar que se estrenó en este pequeño país el pasado 16 de junio y que construye intencionalmente un homenaje nostálgico al universo de Star Wars y al cine de Sci Fi. Una película que es también un golpe afectivo porque empieza así: En 1995, un niño llamado Andy recibió como regalo un juguete de su película favorita. Esta es esa película.

En un ejercicio de evidente metarelato, la historia explica el origen del conflicto vital de Buzz, el astronauta que en la primera película de Toy Story llega a la habitación de Andy para alterar la convivencia entre los demás juguetes.

En esa primera entrega el viajero intergaláctico no finge ser un guardián espacial, cree lo es y vive cada día con la certeza de que el planeta está en peligro y que su lucha es fundamental para salvar a la humanidad. Fue a través de esta precuela que entendí,luego de veintisiete años, qué era aquello contra lo que Buzz luchaba: quería ganarle la batalla al tiempo.

En Lightyear el astronauta y su compañera de misión, la Comandante Alisha Hawthorne, se quedan varados con toda la tripulación en un planeta gris y árido donde solo parecen habitar plantas carnívoras. Tienen un plan de emergencia para volver, pero fracasan y entonces Buzz se obsesiona con romper la barrera del tiempo y así volver a la Tierra en busca de ayuda, pero pasan los años —minutos— y nunca lo logra.

El guardián se deprime y se culpa. En cambio Alisha dibuja un mapa afectivo propio y es capaz de construir sentido en medio de la nada e idear para su comunidad nuevas formas de organización; decide permitirse la vida aunque esté lejos de casa. Se enamora de Kiko, forma con ella una familia, llegan juntas a la vejez y se convierten en abuelas de una niña que sueña con viajar por las estrellas.

Otros personajes como Mo y Derby también proponen cuestiones complejas. ¿Cuál es el lugar de los ancianos dentro del sistema? ¿Es posible vivir de otros modos? ¿Cómo agenciamos el paso del tiempo desde nuestra subjetividad? ¿Es tolerable la vida cuando se está despojado de un territorio?

A pesar de que la película nos muestra una serie de personajes llenos de matices y preguntas, lo que convoca el debate aireado de algunos sectores de esta sociedad —en la que vivo, escribo, crio, educo, cuido— es el hecho de que la Comandante Hawthorne sea lesbiana. Alegan que esa representación en una película infantil afectará la idea que los niños y niñas desarrollen sobre el significado de familia.

Camino sobre cristales cuando escribo esto. Tengo la certeza de que las familias que argumentan la existencia de un plan de adoctrinamiento ideológico dirigido a las infancias, y que reclamaron a los cines que incluyeran un aviso sobre contenido LGBTIQ+ en la sinopsis, solo quieren que sus criaturas sean felices.

Sin embargo, también creo que en su anhelo olvidan que la niñez homosexual existe y desconocen desde su reclamo que la homofobia todavía hoy, en el año 2022 les cuesta la vida a cientos de personas cada año. Que cada noche hay familias que se van a dormir incompletas.

Olvidan también que un beso, un gesto, un amor, solo pueden resultar controvertidos para quienes desean que las personas homosexuales permanezcan invisibles y la homofobia nunca es algo menor. Por eso la polémica alrededor de Lightyear me convoca: porque soy madre, porque educo, porque he visto cómo el aula ha sido el único lugar seguro para muchos adolescentes incapaces de nombrarse en sus casas.

Porque existe otro fragmento del código 47 que olvidan citar:

“…requerir a los medios de comunicación social la difusión de información y materiales de interés social y cultural para niños, niñas y adolescentes; exigirles que proporcionen, en forma gratuita, espacios destinados a programas del Ministerio encargado de los asuntos de inclusión económica y social; promover la producción y difusión de literatura infantil y juvenil; requerir a los medios de comunicación la producción y difusión de programas acordes con las necesidades lingüísticas de niños, niñas y adolescentes perteneciente a los diversos grupos étnicos”.

Hoy mi casa estuvo llena de las risas de tres niñas que jugaban a crear mientras afuera el país está en llamas. Quizá sea el incumplimiento de la segunda parte del Código 47 de la Niñez y la Adolescencia lo que debería indignarnos, porque para miles de niños y niñas en este país no existirá nunca la posibilidad de ir hasta el infinito y más allá.

 

  • Periodista y docente. Tiene una maestría en Literatura y Filosofía. Da clases de escritura de no ficción en un colegio local y en varias universidades. Trabajó en medios locales hasta que se encontró con la potencia de la educación. Está convencida que solo desde ahí es posible construir espacios más equitativos. Madre.

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    Mientras escribo pienso en M, mi hija, en su personalidad huracanada y en su voz. Pienso en la edad que tenía el día que me preguntó a dónde se van los muertos y en la expresión de su rostro cuando supo —cuando de verdad entendió — que yo también me voy a morir un día.

    Parte de ser su madre implica explicarle cosas casi todo el tiempo; explicar, por ejemplo, de qué está hecho el caparazón de las tortugas, por qué no tenemos perros, por qué la gente roba, qué es una guerra, cómo empezó la galaxia, para qué sirven los semáforos, cuándo se acabará el mundo. M tiene siete años y también me ha preguntado para qué existe el colegio y por qué tiene que ir todos los días. Y esa no fue una pregunta menor.

    ¿Para qué crees tú que existe?, le dije, y esperé dos días por la respuesta.

    En el corto camino de mi maternaje he comprendido que hay conclusiones a las que ella llegará —debe llegar— a través de su propio recorrido, no partir de mí o de su padre, sino de su experiencia personal y única. Por eso, cada vez que le pregunto su opinión sobre las historias que leemos trato de ahondar en sus razones.

    Criar es permitirle a otro ser humano cuidar de sí mismo y desarrollar ideas para luego decirlas, encender la luz sobre el pensamiento es parte de ese cuidado.

    Cuidar es un verbo amplio que implica la gestión de la propia adultez, de nuestros miedos más profundos y la aceptación de que nuestros hijos no nos pertenecen: tomarán de nosotros algo y quemarán de su historia las estructuras inservibles de su infancia para construir su propia identidad.

    Tengo la certeza de que a las criaturas las sostienen un tejido colectivo y que no somos sus madres y sus padres los únicos responsables de su contención y aprendizaje. En su educación —esa palabra amplísima, que es capaz de encerrar al universo entero— intervienen también los relatos familiares, el quehacer de las abuelas, de las tías, las frases de los abuelos, las acciones de los vecinos, las cuidadoras, las profesoras, el Estado, la comunidad.

    Hoy una parte de la comunidad que rodea a mi hija reclama desde los medios de comunicación y las redes sociales el derecho a educar a sus hijos como creen que es mejor hacerlo. Tuitean furiosos #ConMisHijosNo y #AMisHijosLosEducoYo y citan de memoria un fragmento del artículo 47 del Código de la Niñez y la Adolescencia:

    “…se consideran inadecuados para el desarrollo de los niños, niñas y adolescentes los textos, imágenes, mensajes y programas que inciten a la violencia, exploten el miedo o aprovechen la falta de madurez de los niños, niñas y adolescentes para inducirlos a comportamientos perjudiciales o peligrosos para su salud y seguridad personal y todo cuanto atente a la moral o el pudor”.

     

    Todo esto por una película: Lightyear, la última entrega de Disney Pixar que se estrenó en este pequeño país el pasado 16 de junio y que construye intencionalmente un homenaje nostálgico al universo de Star Wars y al cine de Sci Fi. Una película que es también un golpe afectivo porque empieza así: En 1995, un niño llamado Andy recibió como regalo un juguete de su película favorita. Esta es esa película.

    En un ejercicio de evidente metarelato, la historia explica el origen del conflicto vital de Buzz, el astronauta que en la primera película de Toy Story llega a la habitación de Andy para alterar la convivencia entre los demás juguetes.

    En esa primera entrega el viajero intergaláctico no finge ser un guardián espacial, cree lo es y vive cada día con la certeza de que el planeta está en peligro y que su lucha es fundamental para salvar a la humanidad. Fue a través de esta precuela que entendí,luego de veintisiete años, qué era aquello contra lo que Buzz luchaba: quería ganarle la batalla al tiempo.

    En Lightyear el astronauta y su compañera de misión, la Comandante Alisha Hawthorne, se quedan varados con toda la tripulación en un planeta gris y árido donde solo parecen habitar plantas carnívoras. Tienen un plan de emergencia para volver, pero fracasan y entonces Buzz se obsesiona con romper la barrera del tiempo y así volver a la Tierra en busca de ayuda, pero pasan los años —minutos— y nunca lo logra.

    El guardián se deprime y se culpa. En cambio Alisha dibuja un mapa afectivo propio y es capaz de construir sentido en medio de la nada e idear para su comunidad nuevas formas de organización; decide permitirse la vida aunque esté lejos de casa. Se enamora de Kiko, forma con ella una familia, llegan juntas a la vejez y se convierten en abuelas de una niña que sueña con viajar por las estrellas.

    Otros personajes como Mo y Derby también proponen cuestiones complejas. ¿Cuál es el lugar de los ancianos dentro del sistema? ¿Es posible vivir de otros modos? ¿Cómo agenciamos el paso del tiempo desde nuestra subjetividad? ¿Es tolerable la vida cuando se está despojado de un territorio?

    A pesar de que la película nos muestra una serie de personajes llenos de matices y preguntas, lo que convoca el debate aireado de algunos sectores de esta sociedad —en la que vivo, escribo, crio, educo, cuido— es el hecho de que la Comandante Hawthorne sea lesbiana. Alegan que esa representación en una película infantil afectará la idea que los niños y niñas desarrollen sobre el significado de familia.

    Camino sobre cristales cuando escribo esto. Tengo la certeza de que las familias que argumentan la existencia de un plan de adoctrinamiento ideológico dirigido a las infancias, y que reclamaron a los cines que incluyeran un aviso sobre contenido LGBTIQ+ en la sinopsis, solo quieren que sus criaturas sean felices.

    Sin embargo, también creo que en su anhelo olvidan que la niñez homosexual existe y desconocen desde su reclamo que la homofobia todavía hoy, en el año 2022 les cuesta la vida a cientos de personas cada año. Que cada noche hay familias que se van a dormir incompletas.

    Olvidan también que un beso, un gesto, un amor, solo pueden resultar controvertidos para quienes desean que las personas homosexuales permanezcan invisibles y la homofobia nunca es algo menor. Por eso la polémica alrededor de Lightyear me convoca: porque soy madre, porque educo, porque he visto cómo el aula ha sido el único lugar seguro para muchos adolescentes incapaces de nombrarse en sus casas.

    Porque existe otro fragmento del código 47 que olvidan citar:

    “…requerir a los medios de comunicación social la difusión de información y materiales de interés social y cultural para niños, niñas y adolescentes; exigirles que proporcionen, en forma gratuita, espacios destinados a programas del Ministerio encargado de los asuntos de inclusión económica y social; promover la producción y difusión de literatura infantil y juvenil; requerir a los medios de comunicación la producción y difusión de programas acordes con las necesidades lingüísticas de niños, niñas y adolescentes perteneciente a los diversos grupos étnicos”.

    Hoy mi casa estuvo llena de las risas de tres niñas que jugaban a crear mientras afuera el país está en llamas. Quizá sea el incumplimiento de la segunda parte del Código 47 de la Niñez y la Adolescencia lo que debería indignarnos, porque para miles de niños y niñas en este país no existirá nunca la posibilidad de ir hasta el infinito y más allá.

     

    • Periodista y docente. Tiene una maestría en Literatura y Filosofía. Da clases de escritura de no ficción en un colegio local y en varias universidades. Trabajó en medios locales hasta que se encontró con la potencia de la educación. Está convencida que solo desde ahí es posible construir espacios más equitativos. Madre.

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