Hace algunos días hablaba con una amiga sobre el aumento repentino de la violencia en el sur de Guayaquil, en Guayas, una provincia costera de Ecuador que en 2025 tuvo la mayor cantidad de asesinatos de todo el país. Muy segura le dije: “Estamos en guerra, esto no va a mejorar”. De inmediato reaccioné y, entre risas, le respondí: “¿Cómo es posible que esté normalizando el lenguaje de la guerra?”. Esa corta conversación me ha rondado en la cabeza sin parar. ¿Qué lugar tengo yo en esta guerra? ¿Por qué me incluyo, si yo no estoy en guerra con nadie? ¿O sí?
El problema no es solo que la violencia se ha convertido en nuestro pan de cada día. Lo es también el modo en que el lenguaje de “guerra” reordena nuestra realidad. Empezamos a usar términos como “daño colateral”, “disputa del territorio”, “objetivo militar”, “uso progresivo de la fuerza”. Después de eso, comenzamos a nombrar a las bandas del crimen organizado como si fueran equipos de fútbol y hoy, de manera generalizada, repetimos conceptos que hace unos años no formaban parte de nuestra vida cotidiana. Nuestro nuevo lenguaje es la forma en la que entendemos el país.
Hablar de guerra es nuestra forma de caracterizar la situación del país, y no soy la primera que lo dice. Desde el 2021, el expresidente Guillermo Lasso sostenía que el país estaba en guerra contra el narcotráfico, y en 2024 el gobierno actual declaró el conflicto o guerra interna bajo condiciones similares. En una investigación reciente, el investigador Luis Córdova señala que en Ecuador este “estado de guerra” opera como un mecanismo de dominación política, que aunque no ha sido eficaz como estrategia de seguridad, sí ha funcionado como estrategia de legitimación política.
Pero más allá del lenguaje, nombrar la guerra implica describir un escenario sin responsables, enemigos ni estrategias claras y, en ese escenario difuso, todxs estamos en riesgo, ¿Todos somos un blanco de guerra?
En este escenario la muerte se vuelve parte de nuestra vida cotidiana, lo cual nos lleva a pensar que se trata “de una cifra más”, una noticia, una normalidad sobre una ciudad que se nombra como “GuayaKill”. De a poco este lenguaje nos hace justificar que ciertos territorios y ciertas vidas valgan menos: que sean desaparecidas, ejecutadas, criminalizadas y aniquiladas.
Lo cierto es que, igual que en los últimos años, enero llega con el mismo anuncio: “el año anterior fue el más violento en la historia del Ecuador”. Primero fue 2022, luego 2023, y aunque en 2024 se registraron menos muertes violentas, en 2025 las muertes violentas llegaron a 9.216, convirtiéndose en el año más violento de la historia del país.

¿Otro año más violento?
2026 comenzó con el asesinato de alias Marino, cabecilla de la banda del crimen organizado “Los Lagartos”. Los primeros días de enero fue asesinado en un atentado dentro de Isla Mocolí, una urbanización privada que es símbolo de las élites económicas y políticas guayaquileñas. No es un detalle menor: no es que la violencia haya estado fuera de ese espacio exclusivo, pero cuando toca esos espacios se vuelve “escándalo”, “crisis”, “urgencia”. Como si recién entonces el país se enterara de que el narcotráfico opera en todas las esferas sociales de este pequeño territorio.
Según declaraciones policiales, la muerte de alias Marino desató un sinnúmero de enfrentamientos y atentados en el sur de Guayaquil, especialmente en los Guasmos, un territorio donde “Los Lagartos” habían consolidado el control. Lo que para algunos era solo un hecho aislado en una urbanización blindada, aparentemente focalizado en pocas personas, sacude hoy a los barrios donde la seguridad no existe y donde el daño no solo cae sobre “objetivos”, sino en familias enteras.
Soy una mujer nacida y criada en el Guasmo. He habitado, recorrido y sentido como parte de mí misma este lado de la ciudad desde hace 29 años. Por eso sé que la violencia no es nueva; ha sido parte del proceso de consolidación de muchos de los asentamientos autónomos de esta ciudad. Pero la violencia que vivimos hoy es diferente. Y ahora sí tengo miedo.
¿Somos un daño colateral?
Desde el viernes 9 de enero de 2026, durante toda una semana, mi barrio estuvo sumergido en balaceras a cualquier hora del día. Las escuelas, hasta ahora, siguen en clases virtuales porque no hay garantías de seguridad para sus estudiantes, para sus profesores ni para nadie. El centro de salud estuvo bajo llave durante días.
Y entonces me pregunto: ¿qué significa “Estado” en un barrio sitiado? Porque no es solo que no está. También se trata de cómo decide estar. Decide cuándo “intervenir”, con qué narrativa y con qué prioridades. Decide que algunas zonas sean protegidas y otras sean administradas como daño colateral. Decide que el miedo de unos sea noticia y el miedo de otros sea rutina.
Hoy en mi barrio vivo el escenario del que he investigado en los últimos años. Dede la sociología, he hablado de otros barrios, del miedo de su gente, de las dinámicas de control y de la violencia que impone el crimen organizado donde se asienta; de cómo familias enteras han tenido que dejar sus casas y sus sueños. Pero no hablaba de mi propio barrio porque, en medio de toda la violencia que ha atravesado al país en los últimos años, nosotros, en mi barrio, estábamos “bien”.
Claro que el crimen organizado estaba presente con sus dinámicas extorsivas, algunos negocios pagaban su vacuna y esas cosas a las que finalmente te acostumbras porque parece lo menos peor. Estábamos “bien”. Sin miedo a morir. Al menos yo lo sentía así.
Si algo sabíamos, era que nuestro territorio no estaba en disputa. Con ese conocimiento empírico que solo se obtiene conociendo tu barrio y a su gente, sabíamos que había una sola banda, la de siempre. La que está conformada por personas que son nuestros vecinos, por los chicos que vimos crecer. Ellos están aquí; finalmente, este también es su barrio. Y eso, aunque suene terrible, daba tranquilidad.
Pero ahora nos encontramos en esa disputa de la que han sido víctimas otros barrios. Alguien más quiere apoderarse de este territorio y por eso el incremento de la violencia de manera repentina. Alguien se disputa este lugar como si se tratara de un barrio vacío, sin gente; como si los “dueños” no fueran quienes se asentaron y construyeron sus hogares en este sector cuando solo era agua y manglar.
Ese es el error de reproducir el discurso de la guerra: vaciamos de sentido todo y todo se reduce a la violencia y a la disputa, como si la disputa fuera solo por el espacio geográfico que delimita un territorio. Y no: la disputa también es por la vida y por los cuerpos de quienes conforman los barrios.
Después de una semana de balaceras constantes, de limitaciones para movilizarnos, de mantener la cabeza agachada ante cualquier ruido parecido a una bala, de tratar de identificar espacios seguros dentro de la casa donde reunirnos en momentos de tensión y de ver nuestro barrio “muerto”, sin gente en sus calles, en un gesto de esperanza unos valientes pastores evangélicos se pararon en la esquina a orar por el barrio y su gente. Y digo valientes porque solo gente valiente se para en el lugar del fuego cruzado.
De repente, las casas que habían estado cerradas comenzaron a abrir ventanas. Algunos vecinos salieron a la vereda, como si ese ruido ensordecedor, tan característico de los evangélicos, anunciara que alguien, finalmente, se estaba acordando de nosotros y pedía paz para nuestro barrio.

Yo también salí.
La escena me conmovió y me hice preguntas: ¿cómo es que, frente a una situación tan grave, la esperanza es Dios? ¿Cómo se piensa que eso puede ser suficiente? Pero, además, ¿cómo funciona? ¿Cómo es que ese gesto logra abrir la esperanza? No era la Policía, los medios de comunicación ni el Gobierno; era la esperanza en Dios. Porque, al parecer, nadie más puede hacerlo.
En un momento, cuando parecía que la oración iba a terminar, el pastor dijo: “Si alguien quiere que esta tarde oremos por su vida, que se acerque”. Y un grupo de jóvenes —los mismos que se están enfrentando con la banda que quiere apoderarse de nuestro territorio— se acercó, agacharon la cabeza y pidieron una oración.
Entendí que también tenían miedo. Igual que todos los demás. Igual que yo. Miedo de morir, aunque para quienes se vinculan con el crimen organizado la muerte sea, muchas veces, el futuro más probable y lo sepan. Pueden estar dispuestos a arriesgarlo todo, pero no por eso dejan de temerle.
Saber eso es dolorosísimo. Ningún joven debería estar dispuesto a entregarle su vida al crimen organizado; esa disposición no habla de valentía, habla de un país que les fue cerrando las salidas hasta que la única puerta abierta pareció ser esa. Les arrebatamos posibilidades de vida y los dejamos a merced de estructuras criminales que los entrenan para sostener el miedo y administrar la muerte.
¿Hasta cuándo vamos a vivir así? ¿Qué necesitamos para dejar de vivir en esta “guerra”? Ahora no tengo respuestas. Esto es, apenas, un ensayo de bitácora de mis últimos días. Lo que sí sé es que no merecemos esta vida. Ningún barrio la merece. Ningún joven merece vivir así.
Y si sigo diciendo “estamos en guerra” es porque la guerra ya ganó una parte: el lenguaje, la forma de organizar los barrios y repartir el miedo, y de alejar el foco de los verdaderos responsables, de quienes han permitido toda la violencia en la que estamos sumergidos y de la que pareciera que nunca vamos a salir.
La guerra no solo son las balas y la violencia; también son las calles vacías, los centros de salud cerrados, las escuelas cerradas, los desaparecidos a manos de militares, la crisis carcelaria, las familias desplazadas. Se oye cuando repetimos “daño colateral” como si fuera un tecnicismo y no una sentencia a la que todxs estamos expuestos.
No quiero acostumbrarme a eso. No quiero aprender a vivir así. No quiero que los barrios sean narrados como “territorios en disputa” y no como barrios, como casas, como gente, como vidas que importan. Quiero que sean territorios de vida.




