No somos un boom: Autoras latinoamericanas cuestionan su categorización

Durante la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guayaquil tres autoras latinoamericanas consideradas como parte del “nuevo boom literario” cuestionaron la categorización de su trabajo como una forma de homogeneizarlas y volver a construir un gueto.

JÉSSICA ZAMBRANO

La literatura latinoamericana está marcada por una onomatopeya a la que se conoce como el Boom. Su explosión: los 60. Un boom en el cual, lo que se consideró, por casi medio siglo, lo mejor de la literatura latinoamericana solo incluía hombres: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar.

En el pasado, cada vez que se reivindicaron sus nombres fue para agregar a más de ellos al fenómeno: Rulfo, Onetti, Borges, Donoso. Desde 2017, tomó una nueva forma novedosa: ahora el boom es femenino. Durante la Feria Internacional del Libro de Guayaquil (¡por fin presencial!), Fernanda Trías, Mónica Ojeda y Giovanna Rivero, tres de aquellas autoras que han sido categorizadas como parte de ese Boom, lo negaron. Aquel estallido las incomoda porque la categorización, una vez más, las ha llevado a un gueto.

Alejandra Costamagna, dijo en una entrevista con Diario El País, que “el boom latinoamericano fue totalmente machista. Comandando absolutamente por hombres, no hay ni una sola mujer y, por favor, estaban Elena Garro, Clarice Lispector, Rosario Castellanos y una de sus precursoras, María Luisa Bombal”. Xavier Ayén, autor de Aquellos años del Boom, dijo que el “movimiento era de un grupo de machos”

La reversión a este fenómeno y su cuestionamiento como un movimiento editorial que destacó ciertos nombres y excluyó a muchos, tuvo uno de sus puntos más álgidos en 2017, cuando la escritora argentina Samantha Schweblin, fue finalista del Booker Prize internacional, uno de los premios anglosajones más importantes de la literatura, por su primera novela Distancia de rescate.

Desde entonces el mundo editorial volvió a fijar su mirada en América Latina, pero esta vez, con otro objetivo, hacia las mujeres. “El otro boom latinoamericano es femenino”, dice una nota publicada en Diario El País, el mismo año en el que Schweblin obtuvo este reconocimiento. La bajada dice que “una nueva generación de autores, como Samantha, o la boliviana Liliana Colanzi, se abre paso”. Paula Corroto se pregunta si ¿hay un boom latinoamericano en femenino?, la escritora chilena Paulina Flores y la argentina Ariana Harwicz le responden que sí.

Pero más allá de ahondar en las respuestas de estas autoras, que abordan el interés editorial como una apertura que responde al activismo feminista en todo el mundo y a reconocimientos literarios, la hipótesis volvió a tomarse como una forma de categorización con fórmula ganadora: mujeres + latinoamericanas = exótico. Más allá de las diferencias literarias y narrativas que existen en sus temáticas y procesos, a nivel mediático, todo volvió a encasillarse.  

 

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Fernanda Trías, autora uruguaya, radicada en Bogotá, dijo durante el diálogo que esta categorización se está convirtiendo en un gueto. “Para mí nos están vendiendo espejitos de colores. Y el despertar puede ser duro. Hay que seguir luchando por, como dice Diamela Eltit, la democratización de la letra”.

La categorización, según estas autoras, vuelve a tomar en cuenta la vida de las mujeres como si no hubiera nada más allá del telón. “El tema de los hombres es el mundo, los temas de las mujeres son los temas de las mujeres”, insiste Trías.

Desde su cuenta de Twitter, la ecuatoriana María Fernanda Ampuero le responde a Trías que no solo se venden espejos, “sino que nos separan por ser mujeres y no por nuestras literaturas. Yo me siento cercana a Antonio Ortuño, Bernardo Esquinca y Luciano Lamberti, por ejemplo, más que a otras escritoras”

La autora de La Azotea y de la más reciente Mugre Rosa, piensa si es posible llegar a una utopía desracializada y democrática en la literatura.

“Como si realmente hubiera habido un tiempo en el que el cuerpo no importara para escribir”, dice Mónica Ojeda, autora de las exitosas novelas Nefando y Mandíbula.

Ojeda apuntó hacia otro de los patrones que invisibiliza este nuevo Boom. Contó que en un diálogo con los editores de Candaya, les comentaron que su catálogo es en gran parte masculino porque llegan muchos más manuscritos de hombres que de mujeres. “Entonces allí hay que hacer un esfuerzo”, dijo la autora guayaquileña.  

La investigadora, docente y escritora colombiana Ivonne Alonso Mondragón se cuestiona en un artículo del diario colombiano El Tiempo la existencia de un boom literario encabezado por mujeres. Alonso considera que “la literatura escrita por mujeres hoy es casi un fenómeno de la naturaleza que había estado gestándose en las raíces de las selvas y empezó a trepar hasta formar un huracán, una contracorriente; la posibilidad de un mundo literario de más largo aliento”. Más que un “boom” es un “tsunami”, dice la autora.

Y en esas raíces hay que recordar a Albalucía Ángel cuando ganó el Premio Vivencias en Cali por su novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón. Traer a los cuentos que llamaron provincianos porque hablaban de abortos, abusos y amores tóxicos, de Rosario Castellanos; o la falta de reconocimiento con la que murió la genial María Luisa Bombal. A ellas las volvió a publicar un fenómeno editorial que busca revertir los silencios del pasado.

Cuando Aurora Venturini, muy cercana a autores como Borges y Victoria Ocampo, fue publicada en 2007 cuando tenía 85 años. Había ganado el Premio de Página 12 dijo “por fin un jurado honesto”. El gueto homogeniza una idea de la literatura y en el camino se puede perder de nuevo.

  • Periodista. Es ciclista urbana en una ciudad caótica y busca la calma descendiendo a la profundidad del mar. Usa el ciclismo y el buceo a pulmón para hilar sensaciones del cuerpo con historias cotidianas. Desde que practica estos deportes –en los que la mente se involucra mucho más de lo que parece– ha buscado la manera para que su profesión, el periodismo que muchas veces condena a los profesionales a la hostilidad de un espacio laboral, sea también viajar y contar las historias que no se miran desde las ciudades donde –incrédulamente– se cree que todo acontece.

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    Durante la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guayaquil tres autoras latinoamericanas consideradas como parte del “nuevo boom literario” cuestionaron la categorización de su trabajo como una forma de homogeneizarlas y volver a construir un gueto.

    JÉSSICA ZAMBRANO

    La literatura latinoamericana está marcada por una onomatopeya a la que se conoce como el Boom. Su explosión: los 60. Un boom en el cual, lo que se consideró, por casi medio siglo, lo mejor de la literatura latinoamericana solo incluía hombres: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar.

    En el pasado, cada vez que se reivindicaron sus nombres fue para agregar a más de ellos al fenómeno: Rulfo, Onetti, Borges, Donoso. Desde 2017, tomó una nueva forma novedosa: ahora el boom es femenino. Durante la Feria Internacional del Libro de Guayaquil (¡por fin presencial!), Fernanda Trías, Mónica Ojeda y Giovanna Rivero, tres de aquellas autoras que han sido categorizadas como parte de ese Boom, lo negaron. Aquel estallido las incomoda porque la categorización, una vez más, las ha llevado a un gueto.

    Alejandra Costamagna, dijo en una entrevista con Diario El País, que “el boom latinoamericano fue totalmente machista. Comandando absolutamente por hombres, no hay ni una sola mujer y, por favor, estaban Elena Garro, Clarice Lispector, Rosario Castellanos y una de sus precursoras, María Luisa Bombal”. Xavier Ayén, autor de Aquellos años del Boom, dijo que el “movimiento era de un grupo de machos”

    La reversión a este fenómeno y su cuestionamiento como un movimiento editorial que destacó ciertos nombres y excluyó a muchos, tuvo uno de sus puntos más álgidos en 2017, cuando la escritora argentina Samantha Schweblin, fue finalista del Booker Prize internacional, uno de los premios anglosajones más importantes de la literatura, por su primera novela Distancia de rescate.

    Desde entonces el mundo editorial volvió a fijar su mirada en América Latina, pero esta vez, con otro objetivo, hacia las mujeres. “El otro boom latinoamericano es femenino”, dice una nota publicada en Diario El País, el mismo año en el que Schweblin obtuvo este reconocimiento. La bajada dice que “una nueva generación de autores, como Samantha, o la boliviana Liliana Colanzi, se abre paso”. Paula Corroto se pregunta si ¿hay un boom latinoamericano en femenino?, la escritora chilena Paulina Flores y la argentina Ariana Harwicz le responden que sí.

    Pero más allá de ahondar en las respuestas de estas autoras, que abordan el interés editorial como una apertura que responde al activismo feminista en todo el mundo y a reconocimientos literarios, la hipótesis volvió a tomarse como una forma de categorización con fórmula ganadora: mujeres + latinoamericanas = exótico. Más allá de las diferencias literarias y narrativas que existen en sus temáticas y procesos, a nivel mediático, todo volvió a encasillarse.  

     

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    Fernanda Trías, autora uruguaya, radicada en Bogotá, dijo durante el diálogo que esta categorización se está convirtiendo en un gueto. “Para mí nos están vendiendo espejitos de colores. Y el despertar puede ser duro. Hay que seguir luchando por, como dice Diamela Eltit, la democratización de la letra”.

    La categorización, según estas autoras, vuelve a tomar en cuenta la vida de las mujeres como si no hubiera nada más allá del telón. “El tema de los hombres es el mundo, los temas de las mujeres son los temas de las mujeres”, insiste Trías.

    Desde su cuenta de Twitter, la ecuatoriana María Fernanda Ampuero le responde a Trías que no solo se venden espejos, “sino que nos separan por ser mujeres y no por nuestras literaturas. Yo me siento cercana a Antonio Ortuño, Bernardo Esquinca y Luciano Lamberti, por ejemplo, más que a otras escritoras”

    La autora de La Azotea y de la más reciente Mugre Rosa, piensa si es posible llegar a una utopía desracializada y democrática en la literatura.

    “Como si realmente hubiera habido un tiempo en el que el cuerpo no importara para escribir”, dice Mónica Ojeda, autora de las exitosas novelas Nefando y Mandíbula.

    Ojeda apuntó hacia otro de los patrones que invisibiliza este nuevo Boom. Contó que en un diálogo con los editores de Candaya, les comentaron que su catálogo es en gran parte masculino porque llegan muchos más manuscritos de hombres que de mujeres. “Entonces allí hay que hacer un esfuerzo”, dijo la autora guayaquileña.  

    La investigadora, docente y escritora colombiana Ivonne Alonso Mondragón se cuestiona en un artículo del diario colombiano El Tiempo la existencia de un boom literario encabezado por mujeres. Alonso considera que “la literatura escrita por mujeres hoy es casi un fenómeno de la naturaleza que había estado gestándose en las raíces de las selvas y empezó a trepar hasta formar un huracán, una contracorriente; la posibilidad de un mundo literario de más largo aliento”. Más que un “boom” es un “tsunami”, dice la autora.

    Y en esas raíces hay que recordar a Albalucía Ángel cuando ganó el Premio Vivencias en Cali por su novela Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón. Traer a los cuentos que llamaron provincianos porque hablaban de abortos, abusos y amores tóxicos, de Rosario Castellanos; o la falta de reconocimiento con la que murió la genial María Luisa Bombal. A ellas las volvió a publicar un fenómeno editorial que busca revertir los silencios del pasado.

    Cuando Aurora Venturini, muy cercana a autores como Borges y Victoria Ocampo, fue publicada en 2007 cuando tenía 85 años. Había ganado el Premio de Página 12 dijo “por fin un jurado honesto”. El gueto homogeniza una idea de la literatura y en el camino se puede perder de nuevo.

    • Periodista. Es ciclista urbana en una ciudad caótica y busca la calma descendiendo a la profundidad del mar. Usa el ciclismo y el buceo a pulmón para hilar sensaciones del cuerpo con historias cotidianas. Desde que practica estos deportes –en los que la mente se involucra mucho más de lo que parece– ha buscado la manera para que su profesión, el periodismo que muchas veces condena a los profesionales a la hostilidad de un espacio laboral, sea también viajar y contar las historias que no se miran desde las ciudades donde –incrédulamente– se cree que todo acontece.

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