La muerte de Helen Brigitte refleja un sistema carcelario violento con las mujeres trans

Helen Brigitte Maldonado fue una de las personas privadas de la libertad asesinadas durante la masacre carcelaria del 13 de noviembre de 2021 en la Penitenciaría del Litoral. Era una mujer trans y no debía estar en un pabellón de varones.

ALONDRA SANTIAGO

Era 12 de noviembre de 2021. Helen Brigitte se tomó una foto, de perfil, sonriendo, cabello suelto, short y un buzo de rayas rojas, blancas y azules y la envió por WhatsApp a un grupo de amigas junto a dos palabras: “Estoy bien”. 

Eran las 19:00 y no se imaginó que esa sería la última foto, el último mensaje, la última señal de vida antes de ser torturada y asesinada. O tal vez ya lo sabía, porque cuando se lleva una vida como la de Helen en un país como Ecuador, se sabe que más que vivir, se sobrevive. Todos los días, hasta que uno de esos, sin aviso y de forma violenta, te encuentre la muerte. 

Su nombre completo era Helen Brigitte Maldonado Maldonado. Era una mujer trans y fue asesinada en el Centro de Rehabilitación Social de Varones N.1 de Guayaquil —conocido como Penitenciaría del Litoral— la madrugada del 13 de noviembre de 2021, junto con al menos 61 personas más.

Helen Brigitte Maldonado
Helen Brigitte Maldonado iba a cumplir 29 años el próximo 30 de noviembre. Esta es la última foto que se tomó. | Foto: Cortesía Vivir Libres

“Estoy bien” es un código, una clave que usan las mujeres trans que están presas en la Penitenciaría del Litoral, para informar que siguen con vida, que han logrado sobrevivir al sistema.

Helen Brigitte ya no lo dirá más. Durante la madrugada del 13 de noviembre se registró otra masacre carcelaria, la cuarta de este año. En total, más de 300 personas privadas de la libertad han fallecido en estos eventos ocurridos en febrero, julio, septiembre y noviembre de 2021.

Ese 13 de noviembre, por la tarde, circuló en las redes sociales una lista de posibles fallecidos. Allí aparecía su nombre.

¿Por qué estaba el nombre de una mujer entre los fallecidos de una cárcel de varones? Helen cumplía una sentencia de dos años y medio dictada en abril de 2021, pero estaba detenida desde septiembre de 2020, de acuerdo con información del medio digital Edición Cientonce. Se encontraba en el área de transitoria, destinada a personas que recién ingresan al centro penitenciario. En marzo de 2022 podría solicitar el cambio de régimen de rehabilitación semiabierto.

El nombre de Helen Brigitte figuraba en un listado que circuló en redes sociales y que luego fue exhibido en los exteriores de la Penitenciaría del Litoral. | Foto: Cortesía

«Ahí adentro están cerca de 65 compañeras», dice Odalys Cayambe, directora de la organización trans Vivir Libres, quien también pasó por el sistema carcelario y cumplió una condena de más cuatro años. «Hay toda una población de la comunidad LGBTIQ+ que ha venido siendo víctima de violencia por parte del sistema y sobre todo de los grupos de poder». 

A través de una conversación por la plataforma Zoom, Cayambe no deja sus manos quietas en ningún momento mientras habla. No para de moverse por la sala, el cuarto, el patio, mientras cuenta la historia de Helen Brigitte, la de decenas de mujeres trans en el país, la suya propia. Gesticula muchísimo y habla alto, parece enojada. Y sí, está enojada: con el sistema que —dice— las olvida, no las reconoce, no las identifica como mujeres, sino que las criminaliza, las juzga y las abandona. 

El artículo 7 del Código Orgánico Integral Penal dice que «las personas privadas de libertad se alojarán en diferentes lugares de privación de libertad o en distintas secciones dentro de dichos establecimientos, de acuerdo a su sexo u orientación sexual, edad, razón de la privación de libertad, necesidad de protección de la vida e integridad». La realidad es distinta y mucho más dura. 

«Te mandan directamente al penal», dice Cayambe en tono sarcástico, como diciéndome incrédula por preguntarle si tuvo en algún momento opción a elegir el centro al que acudiría para cumplir su pena. 

Cuando ella, de pómulos rosados encendidos, pronuncia la palabra rehabilitación, hace la señal de comillas con sus dedos porque «rehabilitación ninguna», dice que eso es puro «bla bla bla», que nunca existió.

En 2014, durante el Gobierno de Rafael Correa, se aseguró desde el Ministerio de Justicia que se solucionaría el problema carcelario que estaba atravesando el país. Lo harían a través de la construcción de centros penitenciarios y otras medidas acordes a la problemática que reducirían considerablemente el hacinamiento y se lograría «una verdadera rehabilitación»

Sin embargo, Odalys Cayambe dice que lo único verdadero dentro del sistema es el olvido. «A pesar de que existe un reglamento penitenciario, a nosotras como mujeres trans nos han vulnerado y golpeado. No han respetado nuestra condición, identidad ni nuestra expresión de género. Nunca, ni antes ni ahora». 

La fundación trans que dirige Cayambe parte del reconocimiento de la violencia y la necesidad de separarse y denunciar a una sociedad y un sistema heteronormativo. Son —asegura— «un grupo de locas que se cansaron de aguantar palo, y de vivir en calabozos». 

El camino es largo y está lleno de reclamos sin escuchar, de pedidos sin solución y de supervivencia. Según el informe internacional Mujeres, política de droga y encarcelamiento, publicado en 2020, «si bien países como Argentina, Chile, Ecuador, Guatemala y Uruguay han realizado encuestas temáticas orientadas a la población LGBTI+, la información disponible es limitada porque no permite desagregar para la experiencia específica de personas trans. Los datos particulares de mujeres trans privadas de la libertad también son escasos y, en general, no provienen de los sistemas penitenciarios ni de instituciones oficiales». 

Adentro, sufren todo tipo de violencia, avalada en su mayoría por las autoridades. El cuerpo es la moneda de cambio de estas mujeres esclavizadas por el sistema

Las mujeres trans son condenadas a vivir entre hombres. Debido a la constante criminalización y a la atención prioritaria del encabezado judicial mas no a la condición de género, pasan situaciones de violencia sistemática dentro de estos centros. A muchas de ellas las convierten en esclavas sexuales, en mulas y son llevadas a la prostitución. “Se lo merecen”, es lo que les dicen al entrar los funcionarios, los guías, las autoridades. Les dicen —cuenta Odalys Cayambe— que ellas son criminales y que no hay oportunidad de nada, que no hay derechos, solo castigo y que si quieren sobrevivir pues, que lo hagan como puedan. 

Muchas de las que están privadas de libertad están con una sentencia mínima por delitos menores . Según el estudio Mujeres con pena privativa de libertad: ¿quiénes son y cómo viven en una cárcel de Ecuador? (2017), «un alto porcentaje de mujeres cumplía penas por delitos asociados con drogas (41.9%). De conversaciones mantenidas con las reclusas se desprende que en términos generales, entrarían en la figura de traficantes de sustancias sujetas a fiscalización en mínima o mediana escala. Por la imposibilidad de acceso a sus expedientes, no se pudo confirmar lo expuesto». 

La realidad de las mujeres trans no es distinta. Odalys Cayambe asegura que en su caso, no tienen abogados ni dinero para pagar defensas y sin embargo están al lado de criminales de alta peligrosidad. «Al sistema nunca le ha importado que seamos mujeres. Lo que pasó con Helen es un eco de lo que nosotras venimos peleando hace más de siete años, cuando estábamos presas. Que nos respeten, que necesitamos vestimenta femenina. Que no nos dejen vivir entre mil presos que nos violan y nos torturan».

UN OLVIDO SISTEMÁTICO

Las olvidan una y otra vez. Las matan y las vuelven a olvidar. A nivel mundial las mujeres trans han sido víctimas de la discriminación, la violencia y la criminalización.

Enfrentan violaciones a sus derechos y una fobia desmedida y sin razón que las lleva a la exclusión, a la constante lucha por el reconocimiento de sus cuerpos, de sus identidades y sus expresiones de género. Según el informe internacional Mujeres trans privadas de libertad: la invisibilidad tras los muros, publicado en 2020, «estos factores las conlleva, en muchas ocasiones, a trabajar en economías informales altamente criminalizadas, como el mercado de drogas, el trabajo sexual o el sexo por supervivencia. Como resultado, son perfiladas por la policía como peligrosas, haciéndolas más vulnerables al abuso policial y a ser encarceladas». 

«Desde que nos identificamos como mujeres nos violentan», dice Odalys Cayambe.

A Helen la olvidaron varias veces. El primer olvido vino de parte de la familia. No la aceptaron cuando ella se identificó y de ahí vino una larga depresión que la llevó incluso al consumo de drogas. El segundo olvido es el del Estado que no la protegió esa madrugada del 13 de noviembre cuando la mataron pero tampoco lo hizo cuando le dio la espalda, la criminalizó y no garantizó que sus derechos fueran respetados por el sistema, la ley y la sociedad en general. El tercer olvido, la muerte. 

Cayambe cuenta que los padres de Helen fueron a ver si estaba muerta o no. Luego «se abrieron”. Que ellos iban a «esperar a que les entregaran el cuerpo y chao». Ya no le contestan a Odalys cuando les escribe a preguntar qué pasó, no sabe siquiera si la han enterrado y le resulta doloroso porque “sería una más de las compañeras que va a la fosa común, porque nosotras a pesar de estar unidas no somos familiares y no podemos retirarla y darle sepultura». 

Luego de la masacre y la identificación de Helen como una de las asesinadas, la Secretaría de Derechos Humanos emitió un comunicado donde solicita al Sistema Nacional de Personas Privadas de Libertad (SNAI) el listado de las personas privadas de libertad identificadas como parte de la población LGBTIQ+ que hayan fallecido en el marco de los acontecimientos. Pidió, además, la activación de mecanismos que permitan activar una estrategia para la reubicación de estas personas de acuerdo a su identidad de género.

Al escuchar sobre este comunicado, Odalys Cayambe se ríe. «¿De qué está hablando la Secretaría, con quién están trabajando y bajo qué realidad? Lo único que tienen son papeles para decir que son líderes en el sistema de derecho. A nosotras nunca nos han llamado a preguntarnos nada, ni para saber nuestras realidades». 

Cayambe y otras mujeres trans están trabajando en la creación de una propuesta de Ley de Registro de Identidad Trans, para que se reconozca no solamente la identidad sino las necesidades de la población como parte de la sociedad civil y así lograr peso y valor constitucional. 

“¿Por qué rasgarnos las vestiduras buscando políticas públicas cuando tenemos desde que nacemos y nos identificamos, derechos? Pero estos no son respetados. Vivimos en el olvido social, político y constitucional”. Cayambe sube el tono de voz, como si quisiera que todos la escucharan. Habla claro, sabe lo que quiere: dejar se sufrir la desidia de los gobiernos de turno, el abandono de un estado violento y de una sociedad pasiva ante el abuso, la violencia de género y la discriminación. 

Helen Brigitte murió la madrugada de un sábado. No tenía por qué haber estado entre los fallecidos, pero pasó. Y Odalys Cayambe lo sabe: probablemente vuelva a pasar. Pasará y algunos nos conmocionaremos, escribiremos en Twitter mensajes de dolor y tristeza e interpelaremos al gobierno por su inacción e incompetencia, pero mientras el Estado no tome medidas de reparación y de no repetición, muertes como esta seguirán pasando. 

Cayambe considera que hace falta educación y que hay que salvar a la niñez y a la adolescencia sexodiversa que está en la calle viviendo las etapas del olvido. Quiere que el estado las visibilice y las reconozca. 

En la cárcel, agrega, «mueren los pendejos, los locos, los pobres, los abandonados, los drogadictos». En la cárcel las matan a ellas y a ellos, literalmente. Pero también simbólicamente: la justicia que no llega, la violencia que predomina, el estado ausente, las autoridades indolentes, la corrupción, son otra forma de morir. 

Sobrevivir. Eso es lo único que hacen, todos los días. Pero, ¿cómo se sobrevive al olvido?

  • Alondra Santiago es cubana radicada en Ecuador. Licenciada en Periodismo Internacional y licenciada en Actuación. Máster en Periodismo y gestión de comunicación. Reportera de televisión y locutora de radio. Articulista. Feminista.

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    ALONDRA SANTIAGO

    Era 12 de noviembre de 2021. Helen Brigitte se tomó una foto, de perfil, sonriendo, cabello suelto, short y un buzo de rayas rojas, blancas y azules y la envió por WhatsApp a un grupo de amigas junto a dos palabras: “Estoy bien”. 

    Eran las 19:00 y no se imaginó que esa sería la última foto, el último mensaje, la última señal de vida antes de ser torturada y asesinada. O tal vez ya lo sabía, porque cuando se lleva una vida como la de Helen en un país como Ecuador, se sabe que más que vivir, se sobrevive. Todos los días, hasta que uno de esos, sin aviso y de forma violenta, te encuentre la muerte. 

    Su nombre completo era Helen Brigitte Maldonado Maldonado. Era una mujer trans y fue asesinada en el Centro de Rehabilitación Social de Varones N.1 de Guayaquil —conocido como Penitenciaría del Litoral— la madrugada del 13 de noviembre de 2021, junto con al menos 61 personas más.

    Helen Brigitte Maldonado
    Helen Brigitte Maldonado iba a cumplir 29 años el próximo 30 de noviembre. Esta es la última foto que se tomó. | Foto: Cortesía Vivir Libres

    “Estoy bien” es un código, una clave que usan las mujeres trans que están presas en la Penitenciaría del Litoral, para informar que siguen con vida, que han logrado sobrevivir al sistema.

    Helen Brigitte ya no lo dirá más. Durante la madrugada del 13 de noviembre se registró otra masacre carcelaria, la cuarta de este año. En total, más de 300 personas privadas de la libertad han fallecido en estos eventos ocurridos en febrero, julio, septiembre y noviembre de 2021.

    Ese 13 de noviembre, por la tarde, circuló en las redes sociales una lista de posibles fallecidos. Allí aparecía su nombre.

    ¿Por qué estaba el nombre de una mujer entre los fallecidos de una cárcel de varones? Helen cumplía una sentencia de dos años y medio dictada en abril de 2021, pero estaba detenida desde septiembre de 2020, de acuerdo con información del medio digital Edición Cientonce. Se encontraba en el área de transitoria, destinada a personas que recién ingresan al centro penitenciario. En marzo de 2022 podría solicitar el cambio de régimen de rehabilitación semiabierto.

    El nombre de Helen Brigitte figuraba en un listado que circuló en redes sociales y que luego fue exhibido en los exteriores de la Penitenciaría del Litoral. | Foto: Cortesía

    «Ahí adentro están cerca de 65 compañeras», dice Odalys Cayambe, directora de la organización trans Vivir Libres, quien también pasó por el sistema carcelario y cumplió una condena de más cuatro años. «Hay toda una población de la comunidad LGBTIQ+ que ha venido siendo víctima de violencia por parte del sistema y sobre todo de los grupos de poder». 

    A través de una conversación por la plataforma Zoom, Cayambe no deja sus manos quietas en ningún momento mientras habla. No para de moverse por la sala, el cuarto, el patio, mientras cuenta la historia de Helen Brigitte, la de decenas de mujeres trans en el país, la suya propia. Gesticula muchísimo y habla alto, parece enojada. Y sí, está enojada: con el sistema que —dice— las olvida, no las reconoce, no las identifica como mujeres, sino que las criminaliza, las juzga y las abandona. 

    El artículo 7 del Código Orgánico Integral Penal dice que «las personas privadas de libertad se alojarán en diferentes lugares de privación de libertad o en distintas secciones dentro de dichos establecimientos, de acuerdo a su sexo u orientación sexual, edad, razón de la privación de libertad, necesidad de protección de la vida e integridad». La realidad es distinta y mucho más dura. 

    «Te mandan directamente al penal», dice Cayambe en tono sarcástico, como diciéndome incrédula por preguntarle si tuvo en algún momento opción a elegir el centro al que acudiría para cumplir su pena. 

    Cuando ella, de pómulos rosados encendidos, pronuncia la palabra rehabilitación, hace la señal de comillas con sus dedos porque «rehabilitación ninguna», dice que eso es puro «bla bla bla», que nunca existió.

    En 2014, durante el Gobierno de Rafael Correa, se aseguró desde el Ministerio de Justicia que se solucionaría el problema carcelario que estaba atravesando el país. Lo harían a través de la construcción de centros penitenciarios y otras medidas acordes a la problemática que reducirían considerablemente el hacinamiento y se lograría «una verdadera rehabilitación»

    Sin embargo, Odalys Cayambe dice que lo único verdadero dentro del sistema es el olvido. «A pesar de que existe un reglamento penitenciario, a nosotras como mujeres trans nos han vulnerado y golpeado. No han respetado nuestra condición, identidad ni nuestra expresión de género. Nunca, ni antes ni ahora». 

    La fundación trans que dirige Cayambe parte del reconocimiento de la violencia y la necesidad de separarse y denunciar a una sociedad y un sistema heteronormativo. Son —asegura— «un grupo de locas que se cansaron de aguantar palo, y de vivir en calabozos». 

    El camino es largo y está lleno de reclamos sin escuchar, de pedidos sin solución y de supervivencia. Según el informe internacional Mujeres, política de droga y encarcelamiento, publicado en 2020, «si bien países como Argentina, Chile, Ecuador, Guatemala y Uruguay han realizado encuestas temáticas orientadas a la población LGBTI+, la información disponible es limitada porque no permite desagregar para la experiencia específica de personas trans. Los datos particulares de mujeres trans privadas de la libertad también son escasos y, en general, no provienen de los sistemas penitenciarios ni de instituciones oficiales». 

    Adentro, sufren todo tipo de violencia, avalada en su mayoría por las autoridades. El cuerpo es la moneda de cambio de estas mujeres esclavizadas por el sistema

    Las mujeres trans son condenadas a vivir entre hombres. Debido a la constante criminalización y a la atención prioritaria del encabezado judicial mas no a la condición de género, pasan situaciones de violencia sistemática dentro de estos centros. A muchas de ellas las convierten en esclavas sexuales, en mulas y son llevadas a la prostitución. “Se lo merecen”, es lo que les dicen al entrar los funcionarios, los guías, las autoridades. Les dicen —cuenta Odalys Cayambe— que ellas son criminales y que no hay oportunidad de nada, que no hay derechos, solo castigo y que si quieren sobrevivir pues, que lo hagan como puedan. 

    Muchas de las que están privadas de libertad están con una sentencia mínima por delitos menores . Según el estudio Mujeres con pena privativa de libertad: ¿quiénes son y cómo viven en una cárcel de Ecuador? (2017), «un alto porcentaje de mujeres cumplía penas por delitos asociados con drogas (41.9%). De conversaciones mantenidas con las reclusas se desprende que en términos generales, entrarían en la figura de traficantes de sustancias sujetas a fiscalización en mínima o mediana escala. Por la imposibilidad de acceso a sus expedientes, no se pudo confirmar lo expuesto». 

    La realidad de las mujeres trans no es distinta. Odalys Cayambe asegura que en su caso, no tienen abogados ni dinero para pagar defensas y sin embargo están al lado de criminales de alta peligrosidad. «Al sistema nunca le ha importado que seamos mujeres. Lo que pasó con Helen es un eco de lo que nosotras venimos peleando hace más de siete años, cuando estábamos presas. Que nos respeten, que necesitamos vestimenta femenina. Que no nos dejen vivir entre mil presos que nos violan y nos torturan».

    UN OLVIDO SISTEMÁTICO

    Las olvidan una y otra vez. Las matan y las vuelven a olvidar. A nivel mundial las mujeres trans han sido víctimas de la discriminación, la violencia y la criminalización.

    Enfrentan violaciones a sus derechos y una fobia desmedida y sin razón que las lleva a la exclusión, a la constante lucha por el reconocimiento de sus cuerpos, de sus identidades y sus expresiones de género. Según el informe internacional Mujeres trans privadas de libertad: la invisibilidad tras los muros, publicado en 2020, «estos factores las conlleva, en muchas ocasiones, a trabajar en economías informales altamente criminalizadas, como el mercado de drogas, el trabajo sexual o el sexo por supervivencia. Como resultado, son perfiladas por la policía como peligrosas, haciéndolas más vulnerables al abuso policial y a ser encarceladas». 

    «Desde que nos identificamos como mujeres nos violentan», dice Odalys Cayambe.

    A Helen la olvidaron varias veces. El primer olvido vino de parte de la familia. No la aceptaron cuando ella se identificó y de ahí vino una larga depresión que la llevó incluso al consumo de drogas. El segundo olvido es el del Estado que no la protegió esa madrugada del 13 de noviembre cuando la mataron pero tampoco lo hizo cuando le dio la espalda, la criminalizó y no garantizó que sus derechos fueran respetados por el sistema, la ley y la sociedad en general. El tercer olvido, la muerte. 

    Cayambe cuenta que los padres de Helen fueron a ver si estaba muerta o no. Luego «se abrieron”. Que ellos iban a «esperar a que les entregaran el cuerpo y chao». Ya no le contestan a Odalys cuando les escribe a preguntar qué pasó, no sabe siquiera si la han enterrado y le resulta doloroso porque “sería una más de las compañeras que va a la fosa común, porque nosotras a pesar de estar unidas no somos familiares y no podemos retirarla y darle sepultura». 

    Luego de la masacre y la identificación de Helen como una de las asesinadas, la Secretaría de Derechos Humanos emitió un comunicado donde solicita al Sistema Nacional de Personas Privadas de Libertad (SNAI) el listado de las personas privadas de libertad identificadas como parte de la población LGBTIQ+ que hayan fallecido en el marco de los acontecimientos. Pidió, además, la activación de mecanismos que permitan activar una estrategia para la reubicación de estas personas de acuerdo a su identidad de género.

    Al escuchar sobre este comunicado, Odalys Cayambe se ríe. «¿De qué está hablando la Secretaría, con quién están trabajando y bajo qué realidad? Lo único que tienen son papeles para decir que son líderes en el sistema de derecho. A nosotras nunca nos han llamado a preguntarnos nada, ni para saber nuestras realidades». 

    Cayambe y otras mujeres trans están trabajando en la creación de una propuesta de Ley de Registro de Identidad Trans, para que se reconozca no solamente la identidad sino las necesidades de la población como parte de la sociedad civil y así lograr peso y valor constitucional. 

    “¿Por qué rasgarnos las vestiduras buscando políticas públicas cuando tenemos desde que nacemos y nos identificamos, derechos? Pero estos no son respetados. Vivimos en el olvido social, político y constitucional”. Cayambe sube el tono de voz, como si quisiera que todos la escucharan. Habla claro, sabe lo que quiere: dejar se sufrir la desidia de los gobiernos de turno, el abandono de un estado violento y de una sociedad pasiva ante el abuso, la violencia de género y la discriminación. 

    Helen Brigitte murió la madrugada de un sábado. No tenía por qué haber estado entre los fallecidos, pero pasó. Y Odalys Cayambe lo sabe: probablemente vuelva a pasar. Pasará y algunos nos conmocionaremos, escribiremos en Twitter mensajes de dolor y tristeza e interpelaremos al gobierno por su inacción e incompetencia, pero mientras el Estado no tome medidas de reparación y de no repetición, muertes como esta seguirán pasando. 

    Cayambe considera que hace falta educación y que hay que salvar a la niñez y a la adolescencia sexodiversa que está en la calle viviendo las etapas del olvido. Quiere que el estado las visibilice y las reconozca. 

    En la cárcel, agrega, «mueren los pendejos, los locos, los pobres, los abandonados, los drogadictos». En la cárcel las matan a ellas y a ellos, literalmente. Pero también simbólicamente: la justicia que no llega, la violencia que predomina, el estado ausente, las autoridades indolentes, la corrupción, son otra forma de morir. 

    Sobrevivir. Eso es lo único que hacen, todos los días. Pero, ¿cómo se sobrevive al olvido?

    • Alondra Santiago es cubana radicada en Ecuador. Licenciada en Periodismo Internacional y licenciada en Actuación. Máster en Periodismo y gestión de comunicación. Reportera de televisión y locutora de radio. Articulista. Feminista.

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