Mujeres en el audiovisual enfrentan brecha salarial y de género

La participación femenina en el sector audiovisual sigue siendo minoritaria. La mayoría de las plazas técnicas de trabajo están ocupadas por hombres y las mujeres quedan relegadas a espacios de cuidado

MARIUXI ALEMÁN

La industria cultural fue una de las más afectadas por la pandemia del Covid-19. La emergencia sanitaria evidenció la precarización laboral a la que se enfrentan actores culturales y artistas, como lo reflejó la Primera medición de estadísticas laborales en trabajadores de las artes y la cultura. El sector audiovisual no fue la excepción. Y la situación de esta rama se complejiza aún más si añadimos la mirada de género: las brechas laborales y salariales están muy lejos de construir un horizonte esperanzador para las mujeres.

En el sector audiovisual, la participación femenina sigue siendo minoritaria: alcanza apenas el 30 %. Además, la precarización se acentúa debido a que las mujeres tienen poca presencia en los roles de toma de decisiones. En su mayoría, su participación está reflejada en puestos como producción ejecutiva, dirección de arte, maquillaje y vestuario, actividades que se suelen percibir como femeninas. En cambio, los roles masculinizados suelen ejercerse desde una posición de poder  y toma de decisiones financieras y creativas, en puestos como jefe de proyecto, director, director de fotografía y sonidista, y en puestos técnicos como grips, gaffers, maquinistas, entre otros. 

En 2019, Pablo Mogrovejo, representante del Plan Nacional del Audiovisual (Panda), realizó una encuesta en la que agrupó a seis asociaciones principales, con un total de 680 encuestados válidos. Se trata de la mayor base de datos del cine y audiovisual del país en la actualidad. La encuesta levantó datos fundamentales para entender a la industria, revelando, por ejemplo, que el índice de desempleo del sector audiovisual es del 20.21 %. Asimismo, el Observatorio determinó que el 10.89 % de los trabajadores del sector no tienen trabajo, situación que se expresa en que 6 de cada 10 de ellos no cuentan con afiliación al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS).

Pero también expuso las desigualdades que persisten en el sector. Una de las preguntas realizadas a los y las encuestadas fue: «¿Consideras que el sector del cine y el audiovisual en Ecuador es discriminatorio o machista?». Dos de cada tres mujeres respondieron que sí. En cambio, un poco más de la mitad de los hombres encuestados (el 54,03 %) piensa que no existen desigualdades en el entorno laboral. 

De acuerdo con Mogrovejo, no solo el machismo se silencia, también el racismo, clasismo, centralismo, entre otros.

Asimismo, Mogrovejo detalla otros riesgos y violencias que tienen lugar durante la producción audiovisual. Habla, por ejemplo, de un grupo altamente vulnerable: las actrices jóvenes. Al no tener experiencia, ellas firman contratos en los que no existe claridad sobre temas como besos, desnudos, semidesnudos y escenas explícitas de relaciones sexuales. Además, el autor hace énfasis en las violencias que ocurren en los rodajes, donde las bromas con tinte sexual, burlas o calumnias son normalizadas en el entorno de trabajo. Si bien existe un desequilibrio de género en la composición del sector, las mujeres jóvenes que están entrando a la industria pueden reconocer estas discriminaciones y machismos de manera más articulada. Mogrovejo señala que “el  éxito en reducir la desigualdad de género dependerá de la manera en que la sociedad civil y el Estado puedan enmarcar en el audiovisual una agenda de políticas públicas dentro de la esfera de los derechos y de la inclusión”.

Por otro lado, Mogrovejo pone en la palestra la relación entre trabajo y maternidad, y muestra que para los empleadores la maternidad es percibida como una carga económica, debido a los permisos por parto y lactancia. El autor cita a Marylin Loden para hablar de la necesidad de romper el techo de cristal. Al respecto dice que «solo se necesita remover las vendas que nos impiden reconocer y motivar todo lo que las mujeres nos pueden ofrecer».

Ante estas problemáticas —y luego de la investigación realizada por Panda— se creó el primer Protocolo contra la violencia de género a la mujer en el audiovisual ecuatoriano. Este se define como «una herramienta de prevención que tiene la finalidad de erradicar la violencia de género en los espacios de trabajo que conforman el audiovisual ecuatoriano: contiene mecanismos de atención a los casos de violencia de género, así como definiciones y guías para la elaboración de campañas de concientización y prevención». El objetivo del protocolo, señalan, es crear en el sector audiovisual un entorno de trabajo libre de violencia de género. 

Otra de las soluciones que se han encontrado desde la industria para caminar hacia esa meta, es comenzar a visibilizar y hablar sobre esta realidad. Eso es lo que hace Ana Soledad Yépez Mosquera en su tesis para la obtención del título de Máster en Políticas Culturales y Gestión de las Artes de la UArtes, titulada Hay una mujer, entonces, hay una productora: Feminización y precarización del trabajo en el sector audiovisual de Quito.

En su estudio comparado, Yépez opta por los testimonios y construye así una suerte de radiografía del sector no solo a través de la investigación formal, sino también de las experiencias personales. Así expone que hay poca valoración social de las trabajadoras y que no solo se trata de: “…puestos altamente feminizados, por estar ocupados principalmente por mujeres y por estar ligados a roles de cuidado como la alimentación y el vestuario, sino que también incluye un trabajo invisible y no remunerado, que permite el sostenimiento de la vida de las personas que trabajan en una producción, durante su participación en el proyecto”.

Así, nuevamente nos enfrentamos a roles establecidos en el sector cinematográfico. Para Yépez, “romper con esta lógica binaria de la división del trabajo en el campo artístico ha implicado para las mujeres esfuerzos adicionales a lo que pudiera representar a sus pares masculinos”.

Las mujeres en el sector audiovisual han dejado asentadas bases importantes para la investigación sin recibir todo el rédito necesario. Están agentes importantes en el medio como por ejemplo Wilma Granda, quien —describe Yépez— “ha dedicado su vida a la recopilación del archivo fílmico del país (..) Mariana Andrade, que se posiciona como un espacio cultural de producción, difusión y encuentro de cine independiente y artes escénicas”.

UN DEBATE PENDIENTE

Para Mónica Vásquez, atreverse a dirigir es un acto de desobediencia. En esta misma línea, la productora Gabriela Calvache afirma: “Estoy convencida de que lo que quiero es producir a mujeres, porque es más difícil para nosotras. Los hombres la tienen más fácil (..) La única manera de crecer en el cine es no hacer solo tus películas como directora sino producir a otros, tener una posición política y no quedarte en tu generación”. 

Calvache abre espacio para el debate sobre las producciones de mujeres por mujeres, pero todavía deja pendiente el debate sobre la precarización laboral.

La precarización es una realidad evidente, como lo plantea la economista feminista Gabriela Montalvo en su tesis Feminización del trabajo y precariedad laboral en el arte: el caso de la Red de Espacios Escénicos del Distrito Metropolitano de Quito (período 2013 – 2018). Según Montalvo, esta “posee varias características: inestabilidad laboral, informalidad, desprotección legal que a su vez implica el no acceso a derechos laborales como seguridad social, regulación de horarios, sueldo fijo, indemnizaciones, entre otros”. Así, resulta necesario y urgente cuestionar las características del trabajo cultural.

El sector audiovisual es un medio en el que los derechos laborales de los y las trabajadoras son vulnerados. Esta problemática tiene otras aristas y se manifiesta en la brecha salarial basada en el género y el poco espacio que hay para facilitar las condiciones laborales para mujeres. Su cara más visible está en el hecho de que la mayoría de las plazas técnicas de trabajo están ocupadas por hombres y las mujeres quedan relegadas a espacios de cuidado. 

Gracias a la constante lucha por la reivindicación laboral emprendida por las organizaciones de mujeres, las producciones audiovisuales con mujeres en puestos de toma de decisiones han aumentado. La pelea está empezando a dar frutos, pero está lejos de terminar.

 

Este artículo fue publicado originalmente en el Observatorio de Políticas y Economía de la Cultura. Esta versión es una reedición para INDÓMITA.

  • Licenciada en cine de la universidad de las Artes del Ecuador. Productora, gestora cultural y montajista. Como gestora cultural llevó a cabo el primer Encuentro Infantil de Artes en Guayaquil (2019) y realizó el Encuentro de Correspondencias Filmadas (2020) y la selección oficial fue proyectada en Beijing Short Film Festival. Desde la producción cinematográfica ha realizado dos cortos documentales, El Muelle (Charles Bonilla, 2019) que ha participado en varios festivales nacionales e internacionales, y en la producción y dirección del cortometraje documental M, actualmente en posproducción. Como montajista ha trabajado en varios cortos documentales que están en etapa de postproducción y distribución. Ha escrito para revistas culturales y fue jurado en un festival de cine.

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    MARIUXI ALEMÁN

    La industria cultural fue una de las más afectadas por la pandemia del Covid-19. La emergencia sanitaria evidenció la precarización laboral a la que se enfrentan actores culturales y artistas, como lo reflejó la Primera medición de estadísticas laborales en trabajadores de las artes y la cultura. El sector audiovisual no fue la excepción. Y la situación de esta rama se complejiza aún más si añadimos la mirada de género: las brechas laborales y salariales están muy lejos de construir un horizonte esperanzador para las mujeres.

    En el sector audiovisual, la participación femenina sigue siendo minoritaria: alcanza apenas el 30 %. Además, la precarización se acentúa debido a que las mujeres tienen poca presencia en los roles de toma de decisiones. En su mayoría, su participación está reflejada en puestos como producción ejecutiva, dirección de arte, maquillaje y vestuario, actividades que se suelen percibir como femeninas. En cambio, los roles masculinizados suelen ejercerse desde una posición de poder  y toma de decisiones financieras y creativas, en puestos como jefe de proyecto, director, director de fotografía y sonidista, y en puestos técnicos como grips, gaffers, maquinistas, entre otros. 

    En 2019, Pablo Mogrovejo, representante del Plan Nacional del Audiovisual (Panda), realizó una encuesta en la que agrupó a seis asociaciones principales, con un total de 680 encuestados válidos. Se trata de la mayor base de datos del cine y audiovisual del país en la actualidad. La encuesta levantó datos fundamentales para entender a la industria, revelando, por ejemplo, que el índice de desempleo del sector audiovisual es del 20.21 %. Asimismo, el Observatorio determinó que el 10.89 % de los trabajadores del sector no tienen trabajo, situación que se expresa en que 6 de cada 10 de ellos no cuentan con afiliación al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS).

    Pero también expuso las desigualdades que persisten en el sector. Una de las preguntas realizadas a los y las encuestadas fue: «¿Consideras que el sector del cine y el audiovisual en Ecuador es discriminatorio o machista?». Dos de cada tres mujeres respondieron que sí. En cambio, un poco más de la mitad de los hombres encuestados (el 54,03 %) piensa que no existen desigualdades en el entorno laboral. 

    De acuerdo con Mogrovejo, no solo el machismo se silencia, también el racismo, clasismo, centralismo, entre otros.

    Asimismo, Mogrovejo detalla otros riesgos y violencias que tienen lugar durante la producción audiovisual. Habla, por ejemplo, de un grupo altamente vulnerable: las actrices jóvenes. Al no tener experiencia, ellas firman contratos en los que no existe claridad sobre temas como besos, desnudos, semidesnudos y escenas explícitas de relaciones sexuales. Además, el autor hace énfasis en las violencias que ocurren en los rodajes, donde las bromas con tinte sexual, burlas o calumnias son normalizadas en el entorno de trabajo. Si bien existe un desequilibrio de género en la composición del sector, las mujeres jóvenes que están entrando a la industria pueden reconocer estas discriminaciones y machismos de manera más articulada. Mogrovejo señala que “el  éxito en reducir la desigualdad de género dependerá de la manera en que la sociedad civil y el Estado puedan enmarcar en el audiovisual una agenda de políticas públicas dentro de la esfera de los derechos y de la inclusión”.

    Por otro lado, Mogrovejo pone en la palestra la relación entre trabajo y maternidad, y muestra que para los empleadores la maternidad es percibida como una carga económica, debido a los permisos por parto y lactancia. El autor cita a Marylin Loden para hablar de la necesidad de romper el techo de cristal. Al respecto dice que «solo se necesita remover las vendas que nos impiden reconocer y motivar todo lo que las mujeres nos pueden ofrecer».

    Ante estas problemáticas —y luego de la investigación realizada por Panda— se creó el primer Protocolo contra la violencia de género a la mujer en el audiovisual ecuatoriano. Este se define como «una herramienta de prevención que tiene la finalidad de erradicar la violencia de género en los espacios de trabajo que conforman el audiovisual ecuatoriano: contiene mecanismos de atención a los casos de violencia de género, así como definiciones y guías para la elaboración de campañas de concientización y prevención». El objetivo del protocolo, señalan, es crear en el sector audiovisual un entorno de trabajo libre de violencia de género. 

    Otra de las soluciones que se han encontrado desde la industria para caminar hacia esa meta, es comenzar a visibilizar y hablar sobre esta realidad. Eso es lo que hace Ana Soledad Yépez Mosquera en su tesis para la obtención del título de Máster en Políticas Culturales y Gestión de las Artes de la UArtes, titulada Hay una mujer, entonces, hay una productora: Feminización y precarización del trabajo en el sector audiovisual de Quito.

    En su estudio comparado, Yépez opta por los testimonios y construye así una suerte de radiografía del sector no solo a través de la investigación formal, sino también de las experiencias personales. Así expone que hay poca valoración social de las trabajadoras y que no solo se trata de: “…puestos altamente feminizados, por estar ocupados principalmente por mujeres y por estar ligados a roles de cuidado como la alimentación y el vestuario, sino que también incluye un trabajo invisible y no remunerado, que permite el sostenimiento de la vida de las personas que trabajan en una producción, durante su participación en el proyecto”.

    Así, nuevamente nos enfrentamos a roles establecidos en el sector cinematográfico. Para Yépez, “romper con esta lógica binaria de la división del trabajo en el campo artístico ha implicado para las mujeres esfuerzos adicionales a lo que pudiera representar a sus pares masculinos”.

    Las mujeres en el sector audiovisual han dejado asentadas bases importantes para la investigación sin recibir todo el rédito necesario. Están agentes importantes en el medio como por ejemplo Wilma Granda, quien —describe Yépez— “ha dedicado su vida a la recopilación del archivo fílmico del país (..) Mariana Andrade, que se posiciona como un espacio cultural de producción, difusión y encuentro de cine independiente y artes escénicas”.

    UN DEBATE PENDIENTE

    Para Mónica Vásquez, atreverse a dirigir es un acto de desobediencia. En esta misma línea, la productora Gabriela Calvache afirma: “Estoy convencida de que lo que quiero es producir a mujeres, porque es más difícil para nosotras. Los hombres la tienen más fácil (..) La única manera de crecer en el cine es no hacer solo tus películas como directora sino producir a otros, tener una posición política y no quedarte en tu generación”. 

    Calvache abre espacio para el debate sobre las producciones de mujeres por mujeres, pero todavía deja pendiente el debate sobre la precarización laboral.

    La precarización es una realidad evidente, como lo plantea la economista feminista Gabriela Montalvo en su tesis Feminización del trabajo y precariedad laboral en el arte: el caso de la Red de Espacios Escénicos del Distrito Metropolitano de Quito (período 2013 – 2018). Según Montalvo, esta “posee varias características: inestabilidad laboral, informalidad, desprotección legal que a su vez implica el no acceso a derechos laborales como seguridad social, regulación de horarios, sueldo fijo, indemnizaciones, entre otros”. Así, resulta necesario y urgente cuestionar las características del trabajo cultural.

    El sector audiovisual es un medio en el que los derechos laborales de los y las trabajadoras son vulnerados. Esta problemática tiene otras aristas y se manifiesta en la brecha salarial basada en el género y el poco espacio que hay para facilitar las condiciones laborales para mujeres. Su cara más visible está en el hecho de que la mayoría de las plazas técnicas de trabajo están ocupadas por hombres y las mujeres quedan relegadas a espacios de cuidado. 

    Gracias a la constante lucha por la reivindicación laboral emprendida por las organizaciones de mujeres, las producciones audiovisuales con mujeres en puestos de toma de decisiones han aumentado. La pelea está empezando a dar frutos, pero está lejos de terminar.

     

    Este artículo fue publicado originalmente en el Observatorio de Políticas y Economía de la Cultura. Esta versión es una reedición para INDÓMITA.

    • Licenciada en cine de la universidad de las Artes del Ecuador. Productora, gestora cultural y montajista. Como gestora cultural llevó a cabo el primer Encuentro Infantil de Artes en Guayaquil (2019) y realizó el Encuentro de Correspondencias Filmadas (2020) y la selección oficial fue proyectada en Beijing Short Film Festival. Desde la producción cinematográfica ha realizado dos cortos documentales, El Muelle (Charles Bonilla, 2019) que ha participado en varios festivales nacionales e internacionales, y en la producción y dirección del cortometraje documental M, actualmente en posproducción. Como montajista ha trabajado en varios cortos documentales que están en etapa de postproducción y distribución. Ha escrito para revistas culturales y fue jurado en un festival de cine.

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