Volvamos al oficio, mientras estamos a tiempo

¿Estamos perpetuando la violencia desde el periodismo en Ecuador? Debemos como periodistas, y como medios de comunicación, repensar la forma en que ejercemos el oficio. El lenguaje es la parte medular del discurso. 

ALONDRA SANTIAGO

Tuve que apagar el televisor. No soportaba un minuto más de tanta insensibilidad y falta de criterio periodístico. Al hacerlo, sentí alivio. Pero el alivio duró segundos: si bien yo decidía no ver más las noticias y al reportero sensacionalista, recordé que hay quienes consumen este tipo de productos a diario y es así como desde los medios de comunicación también formamos sociedades agresivas, insensibles a los excesos, testigos pasivos de los maltratos y de la violencia

El domingo 17 de octubre de 2021, Sebastián, un niño de 11 años, murió por el impacto de balas perdidas en un enfrentamiento entre delincuentes — una heladería de Guayaquil— y policías que intentaban evitar el robo. La noticia causó conmoción. ¿Cómo no sentirse conmovido cuando un inocente niño perdió la vida a causa de la delincuencia y la poca habilidad de la fuerza pública para enfrentar este tipo de situaciones? 

Los comentarios en las redes se dispararon y, como otro fuego cruzado, hubo quienes, entre ellos periodistas, buscaron ser los primeros en opinar o colocar imágenes sensibles. Ser los primeros, porque aparentemente ese fue el único antiguo precepto periodístico que aprendieron en las aulas. Ser los primeros en publicar el video del asalto, ser los primeros en hablar de cómo mataron al menor, los primeros en determinar culpables, en sentenciar y juzgar, los primeros en publicar el rostro de Sebas y sus amigos, los primeros en influenciar en la justicia y en la decisión de los padres y los afectados. 

En TC televisión, por ejemplo, el presentador del noticiero estelar pedía al productor, en vivo, que retrocediera y reprodujera una y otra vez el video para ver el momento exacto de la muerte del niño. Comentaba –en un tono exacerbado– la situación y cómo no creía que los padres estaban tomando la mejor decisión al acusar a la Policía. Fue ahí cuando decidí apagar el televisor y evitarme la rabia. 

Observamos cómo los periodistas, en nombre de la objetividad, entrevistan a personas cuyas palabras incurren en racismo, xenofobia, violencia de género, homofobia, o imponen una imagen negativa sobre ciertos grupos, sectores o estratos vulnerables. La editora Sandra Chaher y la especialista en género Sonia Santoro lo describían bien cuando afirmaban que los periodistas tienen una particularidad para describir situaciones desde las percepciones personales y subjetividades apegadas a las estructuras sociales. “Hablan de crímenes pasionales cuando se trata de violencia de género, ven un delincuente en un chico que vive en la calle, ponen la cámara con saña frente a niñas o mujeres ejerciendo la prostitución”, dicen las autoras argentinas en su artículo Las palabras tienen sexo: introducción a un periodismo con perspectiva de género. 

A menudo, también leemos notas periodísticas que registran altos contenidos de violencia, estigmatización y un distanciamiento del enfoque de género y las interseccionalidades que atraviesan la sociedad. Por ejemplo, diario Extra publicó —el 3 de noviembre de 2021— el titular Vinculan a una asambleísta con un vídeo íntimo filtrado en redes. Hacía referencia a Mónica Palacios, legisladora de la bancada de Unes. 

Debido a la vocería que tomó la asambleísta al denunciar a Guillermo Lasso, luego de la publicación de los Pandora Papers, los ataques no se hicieron esperar. El más notorio fue el de Diego Ordoñez, asambleísta oficialista quien —a través de un tuit misógino— hizo referencia a un video donde la funcionaria del legislativo aparece en lencería. El artículo de Extra pudo haberse enfocado en cómo este mensaje y las reacciones que le siguieron, dan paso a la violencia política a la que se somete a las mujeres que deciden participar en este ámbito de la vida pública.  Y  cómo estamos condenadas a que se utilicen nuestros cuerpos con el fin de avergonzarnos e invalidar nuestra capacidad. Sin embargo, el medio decidió ir por el morbo, la descripción del video e incluso publicaron una captura de pantalla de la grabación. 

Me pregunto: ¿dónde quedó el criterio periodístico? Seguimos priorizando el sensacionalismo, las ventas, los me gusta antes que hacer un trabajo de introspección y ver que las historias se pueden y se deben contar también de otras formas, desde otros enfoques, desde lo educativo.  Porque como dijo el periodista colombiano Javier Darío Restrepo,  “un periodismo hecho para entretener, despoja a la profesión de su dignidad y a la sociedad del derecho a conocer”. 

A través de su agenda, los medios de comunicación han tratado de posicionar como importantes ciertos temas ante la ciudadanía. La coyuntura es determinada además por los intereses del medio y las empresas que lo mantienen. Es decir, los medios —a través de la selección de elementos para componer un relato como mejor les dé resultado— van construyendo percepciones de la realidad. La suya, primero. La de todos al final del día. 

La falta de elementos narrativos o periodísticos en un reportaje son parte de los riesgos de la información, y el peligro está en la imitación de los hechos por parte de los ciudadanos o en la insensibilización por repetición de los discursos y del relato. Una vez que descubrimos este efecto que no ocurre de inmediato, sino que es producto de la involución de la que padece el periodismo tradicional actual, nos damos cuenta de cómo la sociedad está expuesta a la normalización de la violencia. Una sociedad que peca de pasiva ante los problemas medulares y estructurales que requieren de más atención por parte del estado y las instituciones.

Contemplamos la violencia y aprendemos de ella cada día. La naturalización de la misma se da a través de los discursos, de la cotidianidad, de las prácticas sociales que perpetúan y visibilizan los actos violentos, los coloca a la par de simples hechos que no requieren de mayor análisis. En la resignificación negativa que los medios de comunicación construyen alrededor de un determinado grupo social, de un hecho violento o de una persona habita la repetición, la insensibilización y la naturalización de la violencia

Debemos como periodistas, y como medios de comunicación, repensar la forma en que ejercemos el oficio. El lenguaje es la parte medular del discurso. Qué se dice, cómo y dónde, determinan la coyuntura, el grado de importancia, las visualizaciones en términos de redes sociales y el éxito de una nota periodística medido por la trascendencia de la misma dentro de determinado grupo social. Pero no podemos pretender trabajar solo para la trascendencia, pues esto nos obnubila del deber como profesionales, que es darle a nuestra audiencia todos los elementos posibles de un hecho al que hemos tenido acceso.

Estamos en la sociedad de la hiperconectividad y todo comunica. No hay forma de desapegarse de este elemento fundamental del ser humano, pero ante la sobresaturación de información, la desinformación, el sensacionalismo y la poca preparación de las “figuras influenciadoras” que transmiten y escriben noticias cada día, debemos apartarnos de la mera trascendencia efímera de likes, retuits y viralidades. 

En lugar de eso, deberíamos mirar los códigos deontológicos de nuestro oficio y pensar que hablamos y escribimos para una audiencia desesperada por información de calidad. 

Volvamos a las aulas, volvamos a los libros, volvamos a nosotros mismos y no aportemos más violencia a la que ya tenemos a nuestro alrededor. 

Yo decido apagar el televisor y no escuchar a los peores ejemplos que puede dar el periodismo tradicional pero, por otro lado decido leer y escuchar a los nuevos exponentes que construyen con sus palabras una sociedad que se acerca más a la erradicación de la violencia que a la naturalización de la misma. “Los periodistas tienen el deber de mantener un nivel ético superior al del promedio de la sociedad, porque son a la vez líderes y educadores de los ciudadanos”, dijo Javier Darío Restrepo. Entonces, colegas, dejemos de valorar los resultados por ratings y ventas, por me gustas y visualizaciones y volvamos a la ética, a la sensibilidad, a lo que nos hace humanos. Volvamos al oficio. Todavía estamos a tiempo.

  • Alondra Santiago es cubana radicada en Ecuador. Licenciada en Periodismo Internacional y licenciada en Actuación. Máster en Periodismo y gestión de comunicación. Reportera de televisión y locutora de radio. Articulista. Feminista.

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    ALONDRA SANTIAGO

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    El domingo 17 de octubre de 2021, Sebastián, un niño de 11 años, murió por el impacto de balas perdidas en un enfrentamiento entre delincuentes — una heladería de Guayaquil— y policías que intentaban evitar el robo. La noticia causó conmoción. ¿Cómo no sentirse conmovido cuando un inocente niño perdió la vida a causa de la delincuencia y la poca habilidad de la fuerza pública para enfrentar este tipo de situaciones? 

    Los comentarios en las redes se dispararon y, como otro fuego cruzado, hubo quienes, entre ellos periodistas, buscaron ser los primeros en opinar o colocar imágenes sensibles. Ser los primeros, porque aparentemente ese fue el único antiguo precepto periodístico que aprendieron en las aulas. Ser los primeros en publicar el video del asalto, ser los primeros en hablar de cómo mataron al menor, los primeros en determinar culpables, en sentenciar y juzgar, los primeros en publicar el rostro de Sebas y sus amigos, los primeros en influenciar en la justicia y en la decisión de los padres y los afectados. 

    En TC televisión, por ejemplo, el presentador del noticiero estelar pedía al productor, en vivo, que retrocediera y reprodujera una y otra vez el video para ver el momento exacto de la muerte del niño. Comentaba –en un tono exacerbado– la situación y cómo no creía que los padres estaban tomando la mejor decisión al acusar a la Policía. Fue ahí cuando decidí apagar el televisor y evitarme la rabia. 

    Observamos cómo los periodistas, en nombre de la objetividad, entrevistan a personas cuyas palabras incurren en racismo, xenofobia, violencia de género, homofobia, o imponen una imagen negativa sobre ciertos grupos, sectores o estratos vulnerables. La editora Sandra Chaher y la especialista en género Sonia Santoro lo describían bien cuando afirmaban que los periodistas tienen una particularidad para describir situaciones desde las percepciones personales y subjetividades apegadas a las estructuras sociales. “Hablan de crímenes pasionales cuando se trata de violencia de género, ven un delincuente en un chico que vive en la calle, ponen la cámara con saña frente a niñas o mujeres ejerciendo la prostitución”, dicen las autoras argentinas en su artículo Las palabras tienen sexo: introducción a un periodismo con perspectiva de género. 

    A menudo, también leemos notas periodísticas que registran altos contenidos de violencia, estigmatización y un distanciamiento del enfoque de género y las interseccionalidades que atraviesan la sociedad. Por ejemplo, diario Extra publicó —el 3 de noviembre de 2021— el titular Vinculan a una asambleísta con un vídeo íntimo filtrado en redes. Hacía referencia a Mónica Palacios, legisladora de la bancada de Unes. 

    Debido a la vocería que tomó la asambleísta al denunciar a Guillermo Lasso, luego de la publicación de los Pandora Papers, los ataques no se hicieron esperar. El más notorio fue el de Diego Ordoñez, asambleísta oficialista quien —a través de un tuit misógino— hizo referencia a un video donde la funcionaria del legislativo aparece en lencería. El artículo de Extra pudo haberse enfocado en cómo este mensaje y las reacciones que le siguieron, dan paso a la violencia política a la que se somete a las mujeres que deciden participar en este ámbito de la vida pública.  Y  cómo estamos condenadas a que se utilicen nuestros cuerpos con el fin de avergonzarnos e invalidar nuestra capacidad. Sin embargo, el medio decidió ir por el morbo, la descripción del video e incluso publicaron una captura de pantalla de la grabación. 

    Me pregunto: ¿dónde quedó el criterio periodístico? Seguimos priorizando el sensacionalismo, las ventas, los me gusta antes que hacer un trabajo de introspección y ver que las historias se pueden y se deben contar también de otras formas, desde otros enfoques, desde lo educativo.  Porque como dijo el periodista colombiano Javier Darío Restrepo,  “un periodismo hecho para entretener, despoja a la profesión de su dignidad y a la sociedad del derecho a conocer”. 

    A través de su agenda, los medios de comunicación han tratado de posicionar como importantes ciertos temas ante la ciudadanía. La coyuntura es determinada además por los intereses del medio y las empresas que lo mantienen. Es decir, los medios —a través de la selección de elementos para componer un relato como mejor les dé resultado— van construyendo percepciones de la realidad. La suya, primero. La de todos al final del día. 

    La falta de elementos narrativos o periodísticos en un reportaje son parte de los riesgos de la información, y el peligro está en la imitación de los hechos por parte de los ciudadanos o en la insensibilización por repetición de los discursos y del relato. Una vez que descubrimos este efecto que no ocurre de inmediato, sino que es producto de la involución de la que padece el periodismo tradicional actual, nos damos cuenta de cómo la sociedad está expuesta a la normalización de la violencia. Una sociedad que peca de pasiva ante los problemas medulares y estructurales que requieren de más atención por parte del estado y las instituciones.

    Contemplamos la violencia y aprendemos de ella cada día. La naturalización de la misma se da a través de los discursos, de la cotidianidad, de las prácticas sociales que perpetúan y visibilizan los actos violentos, los coloca a la par de simples hechos que no requieren de mayor análisis. En la resignificación negativa que los medios de comunicación construyen alrededor de un determinado grupo social, de un hecho violento o de una persona habita la repetición, la insensibilización y la naturalización de la violencia

    Debemos como periodistas, y como medios de comunicación, repensar la forma en que ejercemos el oficio. El lenguaje es la parte medular del discurso. Qué se dice, cómo y dónde, determinan la coyuntura, el grado de importancia, las visualizaciones en términos de redes sociales y el éxito de una nota periodística medido por la trascendencia de la misma dentro de determinado grupo social. Pero no podemos pretender trabajar solo para la trascendencia, pues esto nos obnubila del deber como profesionales, que es darle a nuestra audiencia todos los elementos posibles de un hecho al que hemos tenido acceso.

    Estamos en la sociedad de la hiperconectividad y todo comunica. No hay forma de desapegarse de este elemento fundamental del ser humano, pero ante la sobresaturación de información, la desinformación, el sensacionalismo y la poca preparación de las “figuras influenciadoras” que transmiten y escriben noticias cada día, debemos apartarnos de la mera trascendencia efímera de likes, retuits y viralidades. 

    En lugar de eso, deberíamos mirar los códigos deontológicos de nuestro oficio y pensar que hablamos y escribimos para una audiencia desesperada por información de calidad. 

    Volvamos a las aulas, volvamos a los libros, volvamos a nosotros mismos y no aportemos más violencia a la que ya tenemos a nuestro alrededor. 

    Yo decido apagar el televisor y no escuchar a los peores ejemplos que puede dar el periodismo tradicional pero, por otro lado decido leer y escuchar a los nuevos exponentes que construyen con sus palabras una sociedad que se acerca más a la erradicación de la violencia que a la naturalización de la misma. “Los periodistas tienen el deber de mantener un nivel ético superior al del promedio de la sociedad, porque son a la vez líderes y educadores de los ciudadanos”, dijo Javier Darío Restrepo. Entonces, colegas, dejemos de valorar los resultados por ratings y ventas, por me gustas y visualizaciones y volvamos a la ética, a la sensibilidad, a lo que nos hace humanos. Volvamos al oficio. Todavía estamos a tiempo.

    • Alondra Santiago es cubana radicada en Ecuador. Licenciada en Periodismo Internacional y licenciada en Actuación. Máster en Periodismo y gestión de comunicación. Reportera de televisión y locutora de radio. Articulista. Feminista.

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