Portoviejo celebra su fundación: Nada ha cambiado desde 1535

Portoviejo, una ciudad que ejerce violencia simbólica a niñas, adolescentes y mujeres en sus 487 años de Fundación. Lo evidencia durante la sesión solemne que celebra esta fecha sin ninguna mujer convocada.

JUAN FRANCISCO LUZÓN

Portoviejo, la ciudad más antigua del litoral ecuatoriano fundada por los españoles, cumplió 487 años el 12 de marzo de 2022. Las autoridades del cantón que estuvieron a cargo de la sesión solemne no contemplaron invitar a ninguna mujer en su mesa directiva aunque representan el 51% de la ciudad.

El retrato me impactó y publiqué un tuit que decía: “a veces parece que nada ha cambiado desde 1535”.

Una organización de la sociedad civil replicó el post en Facebook y se generó un interesante debate sobre la representación política femenina.


Para el sociólogo francés Pierre Bourdieu, la violencia simbólica no se produce en la lógica pura de las conciencias conocedoras, sino a través de los esquemas de percepción, apreciación y acción. Estas constituyen los hábitos del poder que se ejercen directamente sobre los cuerpos y como por arte de magia, al margen de cualquier coacción física.

Es una violencia que se ejerce de manera sutil, invisible e insidiosa en lo más profundo del imaginario colectivo.

Porque es silenciosa hay que hablar de la violencia de género y la necesidad de erradicar la normalización de los micromachismos.

Es importante rebatir la idea de que las mujeres actualmente gozan de todos los derechos y garantías para alcanzar cualquier logro, entre ellos los que han estado históricamente tomados por hombres.

Cuando se habla de una equidad integral hay que entender la diferencia conceptual entre igualdad formal e igualdad material.

La primera hace referencia al principio de igualdad (intangible), donde todos y todas, como individuos, podemos ser juzgados ante las leyes bajo una característica semejante: la humana.

La segunda se basa más en lo palpable, es decir, trata de obtener algo material o práctico, de ahí su nombre: real.

Es así que las mujeres, por más que en muchas aristas de la actualidad, sean consideradas iguales ante la ley, en Latinoamérica, pero en Ecuador sobre todo, no cuentan con una igualdad real, materialmente hablando.

Esto, sin compararlas con los hombres blancos, clase medieros-altos y heterosexuales que gozan de todas inmunidades habidas y por haber.

Solo para ponerlo en cifras, una investigación académica financiada por la Sociedad Alemana de Cooperación Internacional (GIZ) determinó que los costos de las violencias de género hacia las mujeres y las niñas alcanzan el 4.28% del PIB de Ecuador, lo cual representa 4.680 millones de dólares anuales, de los cuales el 50% son asumidos por las mujeres.

Tampoco podemos asumir que hombres y mujeres tienen igualdad de condiciones cuando cada 32 horas ocurre un femicidio, o cuando el Estado ecuatoriano, especialmente el presidente Guillermo Lasso —a través de su reciente veto— y la Asamblea —que en teoría es mayoría progresista— ponen trabas para que las niñas, adolescentes y mujeres que han sido abusadas y violadas sexualmente accedan a un aborto y aboguen por sus derechos sexuales y reproductivos. Decisión, que por donde se la vea, hace una apología a la revictimización.

Estos “señores de bien”, que gozan de innumerables privilegios, quieren tapar el sol con un dedo y les dicen a las mujeres que se ganen los puestos de toma de decisiones en circunstancias de sistemática desigualdad.

¿Cuántas concejalas, asambleístas y directoras de entidades públicas y privadas deberían formar parte de esta conmemoración? ¿Cuál es el mensaje que se les da a las 10.000 personas que vieron la sesión solemne por internet y a las 2.000 que estuvieron allí?

Tal como escribió Isabela Ponce, editora general del medio digital GK, es más importante de lo que creemos que las niñas y adolescentes tengan a más mujeres como referentes.

El triunfo de Neisi Dajomes en los Juegos Olímpicos de Tokio abrió una discusión interesante en Ecuador para que más niñas se sientan orgullosas de la típica frase: “hazlo como niña”.

Concejalas de Portoviejo como Mayra Perero, Verónica Vargas o Margarita Veintimilla; Directoras del GAD Municipal como Diana Bravo, Ingrid Saltos o Yuri Zambrano; o Ministras como María Brown, Ximena Garzón o Bernarda Ordóñez, hubiesen sido algunos de los referentes que necesitan las niñas para reducir la «brecha de los sueños» o dream gap. De todos los organizadores que estuvieron detrás del evento, ni siquiera uno notó que faltaban rostros femeninos. Así de invisibilizadas están las mujeres que hacen política en este país y es por eso que el camino para ellas, es el doble de complejo.

Estos actos discriminatorios marcan la pauta para entender la subrepresentación femenina en la política formal.

Desde la óptica de las académicas y científicas sociales, como Mariana Caminotti y Flavia Freidenberg, esto implica un déficit democrático pues restringe el acceso igualitario a las instituciones públicas.

En América Latina las mujeres ocupan –en promedio- solo el 25% de los asientos en las legislaturas subnacionales, pese a que en las últimas décadas la representación política de las mujeres ha recibido una creciente atención por parte de literatura especializada, organismos internacionales y los hacedores de política públicas.

La construcción cultural alrededor de la figura de la mujer crea barreras sustanciales para su participación política.

Estereotipos como estos van en contra de los derechos de las mujeres al momento de participar en política, por ende afectan en sus distintos niveles de representación: desde la decisión individual de una mujer de entrar en esta cancha hasta la selección de los partidos y sus candidatas.

Para ciertos autores, el sexo del candidato es uno de los atajos de información más fácil de obtener. Por ende, para un votante es más fácil usar los estereotipos de género para tomar decisiones e inclusive para hacer inferencias sobre la personalidad, ideología y prioridad de política basándose en el sexo (Umpierrez, Jara-Alba, & Cassis, 2016).

Una tesis publicada por la Universidad Casa Grande, en 2016, concluye que la diversidad de representaciones de género en la palestra pública y la televisión ecuatoriana es escasa.

Asimismo hace una crítica a la construcción de personajes estereotipados, ya que, aunque reconocen que son necesarios para ciertos contenidos, muchas veces el uso se convierte en abuso.

De esta manera, es indiscutible que los medios de comunicación hacen resonancia de las creencias y las prácticas de las personas.

Reproducir estereotipos y validarlos hace que la sociedad acepte estas referencias como una realidad absoluta. Por esta y otras razones, el uso repetitivo de estereotipos no sólo estigmatiza a varios segmentos de la población, sino que, limita el obtener referencias que incluyan diferentes representaciones, aseguran Contreras, Henríquez, Liang, Mena & Olvera  en su tesis de grado.

Eso es lo que se logró en la sesión solemne del 12 de marzo en la capital de las y los manabitas.

En las elecciones seccionales venideras espero ver a varias mujeres disputándose la alcaldía de Portoviejo. Ojalá se pueda ver a políticas que durante su campaña y en el ejercicio de su cargo —si es que son escogidas— lo rompan todo.

Las nuevas generaciones demandamos más inclusión y sostenibilidad, pasar de los liderazgos retrógradas, que generalmente han representado los hombres, y que por subsistencia lo han enajenado políticas como Patricia Briones “de Poggi” (una versión local de Cynthia Viteri en Guayaquil —también rubia y socialcristiana—) a nuevos y nuevas protagonistas que comprendan las dimensiones territoriales desde la ruralidad, productivas desde la economía circular, sociales con enfoque de derechos humanos e institucionales con cero tolerancia a la corrupción.

En esto último, los partidos y movimientos políticos nacionales y locales tienen una deuda histórica que aún pueden subsanar en los próximos comicios.

No obstante, aunque no quiero ser pesimista, viendo los últimos cuadros encuestados de precandidatos al cabildo, la esperanza se desvanece.

Es nuestra corresponsabilidad exigirles a nuestros representantes y los que aspiran a serlo, que tengan todas estas cualidades a su favor. No podemos seguir siendo copartícipes de que los dinosaurios sigan estando en el poder, más aún, si ya están en proceso de extinguirse.

  • Es politólogo, internacionalista y master en gestión de riesgos de desastres. Se considera un activista por los derechos de la población LGBTIQ+ con enfoque feminista y ha trabajo en temas de cooperación internacional, comunicación política, así como en proyectos de mitigación a la violencia de género.

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    JUAN FRANCISCO LUZÓN

    Portoviejo, la ciudad más antigua del litoral ecuatoriano fundada por los españoles, cumplió 487 años el 12 de marzo de 2022. Las autoridades del cantón que estuvieron a cargo de la sesión solemne no contemplaron invitar a ninguna mujer en su mesa directiva aunque representan el 51% de la ciudad.

    El retrato me impactó y publiqué un tuit que decía: “a veces parece que nada ha cambiado desde 1535”.

    Una organización de la sociedad civil replicó el post en Facebook y se generó un interesante debate sobre la representación política femenina.


    Para el sociólogo francés Pierre Bourdieu, la violencia simbólica no se produce en la lógica pura de las conciencias conocedoras, sino a través de los esquemas de percepción, apreciación y acción. Estas constituyen los hábitos del poder que se ejercen directamente sobre los cuerpos y como por arte de magia, al margen de cualquier coacción física.

    Es una violencia que se ejerce de manera sutil, invisible e insidiosa en lo más profundo del imaginario colectivo.

    Porque es silenciosa hay que hablar de la violencia de género y la necesidad de erradicar la normalización de los micromachismos.

    Es importante rebatir la idea de que las mujeres actualmente gozan de todos los derechos y garantías para alcanzar cualquier logro, entre ellos los que han estado históricamente tomados por hombres.

    Cuando se habla de una equidad integral hay que entender la diferencia conceptual entre igualdad formal e igualdad material.

    La primera hace referencia al principio de igualdad (intangible), donde todos y todas, como individuos, podemos ser juzgados ante las leyes bajo una característica semejante: la humana.

    La segunda se basa más en lo palpable, es decir, trata de obtener algo material o práctico, de ahí su nombre: real.

    Es así que las mujeres, por más que en muchas aristas de la actualidad, sean consideradas iguales ante la ley, en Latinoamérica, pero en Ecuador sobre todo, no cuentan con una igualdad real, materialmente hablando.

    Esto, sin compararlas con los hombres blancos, clase medieros-altos y heterosexuales que gozan de todas inmunidades habidas y por haber.

    Solo para ponerlo en cifras, una investigación académica financiada por la Sociedad Alemana de Cooperación Internacional (GIZ) determinó que los costos de las violencias de género hacia las mujeres y las niñas alcanzan el 4.28% del PIB de Ecuador, lo cual representa 4.680 millones de dólares anuales, de los cuales el 50% son asumidos por las mujeres.

    Tampoco podemos asumir que hombres y mujeres tienen igualdad de condiciones cuando cada 32 horas ocurre un femicidio, o cuando el Estado ecuatoriano, especialmente el presidente Guillermo Lasso —a través de su reciente veto— y la Asamblea —que en teoría es mayoría progresista— ponen trabas para que las niñas, adolescentes y mujeres que han sido abusadas y violadas sexualmente accedan a un aborto y aboguen por sus derechos sexuales y reproductivos. Decisión, que por donde se la vea, hace una apología a la revictimización.

    Estos “señores de bien”, que gozan de innumerables privilegios, quieren tapar el sol con un dedo y les dicen a las mujeres que se ganen los puestos de toma de decisiones en circunstancias de sistemática desigualdad.

    ¿Cuántas concejalas, asambleístas y directoras de entidades públicas y privadas deberían formar parte de esta conmemoración? ¿Cuál es el mensaje que se les da a las 10.000 personas que vieron la sesión solemne por internet y a las 2.000 que estuvieron allí?

    Tal como escribió Isabela Ponce, editora general del medio digital GK, es más importante de lo que creemos que las niñas y adolescentes tengan a más mujeres como referentes.

    El triunfo de Neisi Dajomes en los Juegos Olímpicos de Tokio abrió una discusión interesante en Ecuador para que más niñas se sientan orgullosas de la típica frase: “hazlo como niña”.

    Concejalas de Portoviejo como Mayra Perero, Verónica Vargas o Margarita Veintimilla; Directoras del GAD Municipal como Diana Bravo, Ingrid Saltos o Yuri Zambrano; o Ministras como María Brown, Ximena Garzón o Bernarda Ordóñez, hubiesen sido algunos de los referentes que necesitan las niñas para reducir la «brecha de los sueños» o dream gap. De todos los organizadores que estuvieron detrás del evento, ni siquiera uno notó que faltaban rostros femeninos. Así de invisibilizadas están las mujeres que hacen política en este país y es por eso que el camino para ellas, es el doble de complejo.

    Estos actos discriminatorios marcan la pauta para entender la subrepresentación femenina en la política formal.

    Desde la óptica de las académicas y científicas sociales, como Mariana Caminotti y Flavia Freidenberg, esto implica un déficit democrático pues restringe el acceso igualitario a las instituciones públicas.

    En América Latina las mujeres ocupan –en promedio- solo el 25% de los asientos en las legislaturas subnacionales, pese a que en las últimas décadas la representación política de las mujeres ha recibido una creciente atención por parte de literatura especializada, organismos internacionales y los hacedores de política públicas.

    La construcción cultural alrededor de la figura de la mujer crea barreras sustanciales para su participación política.

    Estereotipos como estos van en contra de los derechos de las mujeres al momento de participar en política, por ende afectan en sus distintos niveles de representación: desde la decisión individual de una mujer de entrar en esta cancha hasta la selección de los partidos y sus candidatas.

    Para ciertos autores, el sexo del candidato es uno de los atajos de información más fácil de obtener. Por ende, para un votante es más fácil usar los estereotipos de género para tomar decisiones e inclusive para hacer inferencias sobre la personalidad, ideología y prioridad de política basándose en el sexo (Umpierrez, Jara-Alba, & Cassis, 2016).

    Una tesis publicada por la Universidad Casa Grande, en 2016, concluye que la diversidad de representaciones de género en la palestra pública y la televisión ecuatoriana es escasa.

    Asimismo hace una crítica a la construcción de personajes estereotipados, ya que, aunque reconocen que son necesarios para ciertos contenidos, muchas veces el uso se convierte en abuso.

    De esta manera, es indiscutible que los medios de comunicación hacen resonancia de las creencias y las prácticas de las personas.

    Reproducir estereotipos y validarlos hace que la sociedad acepte estas referencias como una realidad absoluta. Por esta y otras razones, el uso repetitivo de estereotipos no sólo estigmatiza a varios segmentos de la población, sino que, limita el obtener referencias que incluyan diferentes representaciones, aseguran Contreras, Henríquez, Liang, Mena & Olvera  en su tesis de grado.

    Eso es lo que se logró en la sesión solemne del 12 de marzo en la capital de las y los manabitas.

    En las elecciones seccionales venideras espero ver a varias mujeres disputándose la alcaldía de Portoviejo. Ojalá se pueda ver a políticas que durante su campaña y en el ejercicio de su cargo —si es que son escogidas— lo rompan todo.

    Las nuevas generaciones demandamos más inclusión y sostenibilidad, pasar de los liderazgos retrógradas, que generalmente han representado los hombres, y que por subsistencia lo han enajenado políticas como Patricia Briones “de Poggi” (una versión local de Cynthia Viteri en Guayaquil —también rubia y socialcristiana—) a nuevos y nuevas protagonistas que comprendan las dimensiones territoriales desde la ruralidad, productivas desde la economía circular, sociales con enfoque de derechos humanos e institucionales con cero tolerancia a la corrupción.

    En esto último, los partidos y movimientos políticos nacionales y locales tienen una deuda histórica que aún pueden subsanar en los próximos comicios.

    No obstante, aunque no quiero ser pesimista, viendo los últimos cuadros encuestados de precandidatos al cabildo, la esperanza se desvanece.

    Es nuestra corresponsabilidad exigirles a nuestros representantes y los que aspiran a serlo, que tengan todas estas cualidades a su favor. No podemos seguir siendo copartícipes de que los dinosaurios sigan estando en el poder, más aún, si ya están en proceso de extinguirse.

    • Es politólogo, internacionalista y master en gestión de riesgos de desastres. Se considera un activista por los derechos de la población LGBTIQ+ con enfoque feminista y ha trabajo en temas de cooperación internacional, comunicación política, así como en proyectos de mitigación a la violencia de género.

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