Un enemigo silencioso llamado feminismo blanco

Si tu feminismo no te hace cuestionar las cosas que haces en tu día a día, tan solo es una frase bonita que puede aparecer en una tarjeta de Hallmark.

ANDREA ITÚRBURU

Cuando entré a mi universidad privada no sabía —como muchas— qué era el feminismo. Lo aprendí en un curso electivo de género. Pero desde mis años de ‘feminista bebé’, el “empoderamiento” que solo beneficia a mujeres con cierto poder adquisitivo, que nunca han sufrido discriminación sistemática, siempre me incomodó. Incluso, me ganó el adjetivo de “exagerada” (hasta hoy) cuando señalaba los comentarios racistas y clasistas que algunas feministas soltaban sobre otras mujeres. Fue un poco después cuando descubrí que estaba rodeada de feminismo blanco.

La politóloga francesa feminista Francoise Vergés explica en su libro No todas las feministas son blancas, que el feminismo blanco defiende los “derechos de las mujeres”, reclama la igualdad con los hombres, siendo “mujeres” y “hombres” categorías abstractas. Vergés asegura que trazar la historia del feminismo blanco es descubrir la fabricación del consentimiento a unos privilegios establecidos en base a una ficción: la supremacía blanca. 

Hace unos años fui despedida de un trabajo que tenía una gerente a cargo. En redes, ella comparte cosas sobre empoderamiento femenino y los estereotipos a los que se enfrentan las mujeres en el mundo corporativo, pero, ¿acaso hace algo cuando mis excompañeros de trabajo (la mayoría varones y que ganaban seis veces menos que ella) piden que por favor no se les dé una excesiva cantidad de horas de trabajo? No. Les dice exagerados, que la empresa les da oportunidades para crecer y que deberían estar agradecidos.

«Si las mujeres blancas estuvieron privadas durante mucho tiempo de derechos cívicos asociados a la ciudadanía, tuvieron sin embargo el derecho a poseer seres humanos, poseyeron esclavos y plantaciones, luego, tras la abolición de la esclavitud, dirigieron plantaciones en las que se castigaba con trabajos forzados. El acceso a la propiedad de los seres humanos no les era negado y lo tenían porque eran blancas», escribe Francoise Vergés.

Recordemos algunos ejemplos de feminismo blanco en Ecuador: activistas defensoras de derechos humanos haciendo campaña para el gobierno actual, a pesar de tener una agenda conservadora y cuestionable sobre los derechos de la mujer. A Cinthya Viteri usando la carta de la misoginia cuando le cuestionaron su contrato de sesiones de aromaterapia. Y uno de los más recientes: la primera dama María de Lourdes en la presentación de la campaña De la indignación a la acción, diciéndole a las mujeres y niñas víctimas de violencia en nuestro país: «Mujeres, no somos víctimas de nadie. Solo de nosotras mismas, si nos dejamos, si no nos hacemos respetar».

El feminismo blanco se niega a admitir que las mujeres son diversas, tienen diferentes necesidades, aspiraciones y problemas. El feminismo blanco también puede explotar a hombres racializados y de nivel socioeconómico más bajo, con la excusa de “empoderamiento femenino”. 

Como explica Nerea Pérez, autora de Feminismo para torpes, “un feminismo que no cuestiona el capitalismo, es un feminismo fallido”.

El feminismo blanco puede ser visto como una hija no reconocida del patriarcado, porque es un peligro para las mujeres precarizadas y vulnerables. El feminismo blanco vela por los intereses de las mujeres en una misma condición social y económica. El feminismo blanco es el que ha llevado al feminismo a aparecer en camisetas de tiendas de ropa a nivel mundial, sin importarle las condiciones de las trabajadoras que las fabrican.

Pero ojo: el feminismo blanco no se refiere a la etnicidad de las personas, sino a la manera en cómo ven el mundo y las personas que los rodean. El feminismo tiene que incomodar a una misma, llevarte a pensar si es que la mujer que trabaja en tu casa tantos años es como “de la familia” o si solo está haciendo su trabajo, para poder mantener a los suyos.

 Entonces, ¿cuál es el feminismo al que aspiro?

A un feminismo interseccional, decolonial y antirracista, que nos ayude a leer, aprender e informarnos sobre los privilegios que tenemos, para no repetir los comportamientos patriarcales que nos afectan a todos. Un feminismo que nos enseñe a relacionarnos teniendo en cuenta no solo nuestro género, sino también las diferentes categorías que nos atraviesan, como raza y contexto socioeconómico y cultural. Un feminismo poscolonial que nos ayude a entender que el patriarcado puede adaptarse y que las mujeres también pueden ejercer opresión.

Me gustaría que este texto sea el inicio para que muchas feministas que he leído en Twitter repiensen sus discursos. Nadie está diciendo que no puedes ser feminista si tu piel es blanca o tienes dinero: se pide coherencia y que se dejen de repetir acciones camufladas en “empoderamiento femenino” que han oprimido a los más vulnerables, por tantos años.

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    La politóloga francesa feminista Francoise Vergés explica en su libro No todas las feministas son blancas, que el feminismo blanco defiende los “derechos de las mujeres”, reclama la igualdad con los hombres, siendo “mujeres” y “hombres” categorías abstractas. Vergés asegura que trazar la historia del feminismo blanco es descubrir la fabricación del consentimiento a unos privilegios establecidos en base a una ficción: la supremacía blanca. 

    Hace unos años fui despedida de un trabajo que tenía una gerente a cargo. En redes, ella comparte cosas sobre empoderamiento femenino y los estereotipos a los que se enfrentan las mujeres en el mundo corporativo, pero, ¿acaso hace algo cuando mis excompañeros de trabajo (la mayoría varones y que ganaban seis veces menos que ella) piden que por favor no se les dé una excesiva cantidad de horas de trabajo? No. Les dice exagerados, que la empresa les da oportunidades para crecer y que deberían estar agradecidos.

    «Si las mujeres blancas estuvieron privadas durante mucho tiempo de derechos cívicos asociados a la ciudadanía, tuvieron sin embargo el derecho a poseer seres humanos, poseyeron esclavos y plantaciones, luego, tras la abolición de la esclavitud, dirigieron plantaciones en las que se castigaba con trabajos forzados. El acceso a la propiedad de los seres humanos no les era negado y lo tenían porque eran blancas», escribe Francoise Vergés.

    Recordemos algunos ejemplos de feminismo blanco en Ecuador: activistas defensoras de derechos humanos haciendo campaña para el gobierno actual, a pesar de tener una agenda conservadora y cuestionable sobre los derechos de la mujer. A Cinthya Viteri usando la carta de la misoginia cuando le cuestionaron su contrato de sesiones de aromaterapia. Y uno de los más recientes: la primera dama María de Lourdes en la presentación de la campaña De la indignación a la acción, diciéndole a las mujeres y niñas víctimas de violencia en nuestro país: «Mujeres, no somos víctimas de nadie. Solo de nosotras mismas, si nos dejamos, si no nos hacemos respetar».

    El feminismo blanco se niega a admitir que las mujeres son diversas, tienen diferentes necesidades, aspiraciones y problemas. El feminismo blanco también puede explotar a hombres racializados y de nivel socioeconómico más bajo, con la excusa de “empoderamiento femenino”. 

    Como explica Nerea Pérez, autora de Feminismo para torpes, “un feminismo que no cuestiona el capitalismo, es un feminismo fallido”.

    El feminismo blanco puede ser visto como una hija no reconocida del patriarcado, porque es un peligro para las mujeres precarizadas y vulnerables. El feminismo blanco vela por los intereses de las mujeres en una misma condición social y económica. El feminismo blanco es el que ha llevado al feminismo a aparecer en camisetas de tiendas de ropa a nivel mundial, sin importarle las condiciones de las trabajadoras que las fabrican.

    Pero ojo: el feminismo blanco no se refiere a la etnicidad de las personas, sino a la manera en cómo ven el mundo y las personas que los rodean. El feminismo tiene que incomodar a una misma, llevarte a pensar si es que la mujer que trabaja en tu casa tantos años es como “de la familia” o si solo está haciendo su trabajo, para poder mantener a los suyos.

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    A un feminismo interseccional, decolonial y antirracista, que nos ayude a leer, aprender e informarnos sobre los privilegios que tenemos, para no repetir los comportamientos patriarcales que nos afectan a todos. Un feminismo que nos enseñe a relacionarnos teniendo en cuenta no solo nuestro género, sino también las diferentes categorías que nos atraviesan, como raza y contexto socioeconómico y cultural. Un feminismo poscolonial que nos ayude a entender que el patriarcado puede adaptarse y que las mujeres también pueden ejercer opresión.

    Me gustaría que este texto sea el inicio para que muchas feministas que he leído en Twitter repiensen sus discursos. Nadie está diciendo que no puedes ser feminista si tu piel es blanca o tienes dinero: se pide coherencia y que se dejen de repetir acciones camufladas en “empoderamiento femenino” que han oprimido a los más vulnerables, por tantos años.

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