Si Jane Austen tuviera Tinder

Esta es la historia de una comunicadora que cree en el amor romántico por culpa de Jane Austen. Y que —como ella— escribe. Por ahora, busca el amor en Tinder; si no llega, lo inventará, como lo hizo su escritora favorita.

ANDREA ITÚRBURU 

«He sufrido los castigos del amor sin disfrutar de ninguna de sus ventajas»

 —Jane Austen, Sentido y Sensibilidad

Nunca he estado una relación seria y hay días en los que creo que nunca la tendré. Jamás un hombre me ha dicho que “me admira y me ama apasionadamente”, pero el amor romántico es una idea de la que no he logrado escapar. Incluso el día que leyeron mi carta astral, descubrieron que comparto algunas posiciones de mis planetas con los de Jane Austen: ella, precisamente, es la culpable de que le ponga demasiadas expectativas a mi vida sentimental.

Mi abuela materna siempre decía “se nace sola y se muere sola”, y bajo ese lema también me crió mi mamá. Ambas eran mujeres a las que la sociedad ecuatoriana de los años cincuenta y setenta juzgaba cuando afirmaban que una mujer no tenía por qué estar pegada todo el tiempo de su esposo. Mi abuela, que tenía nervios de acero, incluso fue a  dar a luz sola y regresaba con el niño en brazos horas después, como si se tratara de una manicura. Ese tipo de independencia era algo poco común en mujeres de sus generaciones.

Pero ni mi madre, ni mi abuela estuvieron solteras jamás. Tal vez porque eran otros tiempos. Ambas se casaron jóvenes, con sus amores de adolescencia y formaron sus hogares. A pesar que ninguna trabajó formalmente, se las arreglaban para tener su dinero y eran independientes porque, a diferencia de sus amigas, odiaban esperar la voluntad de sus maridos para cualquier cosa que quisieran hacer.

Así me criaron. Con la idea que puedo sola y las palabras de mi abuelo paterno que creía que estaba bien decirme desde los 4 años que “los hombres son malos”.

Desde niña huí de la idea del amor porque lo confundí con dependencia, porque había malinterpretado a mi madre y mi abuela. 

Mi pasión por la escritura empezó, como muchos, con la lectura de los clásicos en la adolescencia. Aún recuerdo la incomodidad que me causaba la Sra. Bennet en Orgullo y Prejuicio: su máxima preocupación era conseguir marido para sus hijas. A mí no me crió la Sra. Bennet, sino una mujer fanática del horror que una vez persiguió a un ladrón estando embarazada.

Devoré sus libros mientras escuchaba música emo, con los ojos delineados como mapache, declarada atea y anarquista en un colegio de monjas. Sentía que amar a Jane a escondidas era lo más subversivo que una niña de dieciséis años amante de la música alternativa, que vestía casi siempre de  de negro, y a la que casi no dejaban salir, podía hacer.

Luego, a inicios de mis veinte, llegué a Tinder por curiosidad. Parecía algo seguro y divertido. No tenía planes de enamorarme. A esa edad consideraba ridículo que alguien tenga una pareja.

No sé cuándo todo cambió. Pasé de disfrutar los romances de dos días, a enviarle hoy, a mis treinta años, mensajes de voz de WhatsApp llorando a mi mejor amiga, desde la Gran Vía en Barcelona, luego de una cita terrible.

La primera vez que usé Tinder hice ‘match’ con un chico cuyo nombre no recuerdo, solo que era de Boston. Pasamos un fin de semana increíble, conversando y riéndonos por horas mientras caminábamos cerca del río Guayas con la brisa de agosto, comiendo helado entre los pocos árboles que existen en Guayaquil, besándonos, pasando la noche juntos y con una despedida sentida y sincera en el Terminal Terrestre. Sabía que solo lo iba a ver dos días, pero para mí era suficiente.

He tenido muchas citas exitosas, pero también muchísimas fallidas. La primera decepción fue la de uno que insistió en verme, llegó tardísimo, se sentó y cuando vio que había pedido algo de comer me dijo sin inmutarse: “Yo no he comida nada, no voy a pagar. Termina y vamos a mi casa”. Así, sin ni siquiera tener la delicadeza de hacer una charla previa. Pedí la cuenta, pagué y me fui, mientras él, por alguna razón, estaba sorprendido.

Creo en los “romances de verano”, como se les llama en algunas películas. Hay gente cuya misión es hacernos sentir cosas muy lindas y luego irse. Pero mentiría si digo que no quiero algo de romance. Estoy cansada del ritual de siempre: se hace match, te habla, luego si la conversación fluye se pasa a WhatsApp, luego a la cita, luego a la cama y finalmente a la desaparición.

Solo una vez la rutina cambió cuando un hombre, a quien jamás conocí en persona, decidió que era buena idea hacer videollamadas conmigo todos los días por tres horas, durante cuatro meses. 

Inspirada inconscientemente en las historias de Jane, pagué USD 70 para enviarle un libro de USD 12 que solo se podía encontrar en Ecuador, hasta Chicago. Con una carta a mano incluida. Me agradeció y lloró de emoción por Facetime. Dejó de hablarme sin darme explicación alguna, dos semanas después. Hace poco descubrí, gracias a mi compulsiva obsesión de stalkeo en redes sociales, que se casó con la mujer por quien desapareció de mi vida.

“You pierce my soul. I am half agony, half hope. Tell me not that I am too late, that such precious feelings are gone for ever. I offer myself to you again with a heart even more your own, than when you almost broke it eight years and a half ago.”

—Jane Austen, Persuasion 

Luego de esta experiencia pensé: ¿Hay algo malo conmigo? ¿Qué habría hecho Jane con mi vida sentimental? ¿Soy uno de sus personajes que habitan en este mundo donde el internet nos ha borrado las fronteras? ¿Cómo se vive el romance en una era donde la inmediatez también aplica en las relaciones sentimentales?

Con treinta años, me sentía más pequeña que nunca. Me sentía estúpida, llorando en la Gran Vía porque un hombre con el que juraba haber tenido una conexión genuina, no me escribía.

Me sentía completamente sola. Ya no me sentía como Lizzy Bennet corriendo en medio del campo, despeinada, sin miedo a ensuciar su vestido con lodo. En ese momento había una Sra. Bennet dentro de mí, llorando porque el amor aún no se presenta en forma de caballero millonario y socialmente me estoy muriendo. El desajuste de mis hormonas que había creado el retraso de mi menstruación también ayudó a que arme un espectáculo en mi cabeza.

Antes creía que era ridículo pensar que una feminista en estos tiempos sufra por estas cosas. En especial de una mujer como yo —a quien le provocan una tremenda vergüenza ajena las parejas que celebran cada mes, día, minuto y segundo que están juntos. Busco una relación deconstruida, con responsabilidad afectiva. Un hombre que se convierta en mi pareja y con el que podamos acompañarnos mutuamente y tener un perrito.

Pero debo admitir que también me gustaría verlo caminar hacia mí con devoción, como Mr. Darcy (Matthew Macfady) en la adaptación de Orgullo y Prejuicio de 2005, mientras atraviesa un campo en medio de la bruma. O recibir una declaración de amor como la de Edward Ferras (Hugh Grant) a Eleanor (Emma Thompson) en la adaptación de Sentido y Sensibilidad de 1995.

He aprendido a vivir sola, tal como lo querían mi abuela y mi mamá; también aprendí que el amor no es dependencia. Y si jamás me importó mucho el estado de mi vida sentimental es porque no estaba lista para compartir con alguien. No hay nada malo conmigo, tan solo no ha llegado una historia de amor que me dé paz.  

Creo que Jane Austen  seguiría soltera en esta época. Viviendo en sus historias. A ella le dedico este texto y las novelas inconclusas que empecé a escribir en la adolescencia para imitarla. A ella le agradezco haber encontrado la belleza en lo cotidiano de las relaciones de pareja y convertirlo en algo extraordinario. Porque a pesar que arruinó mis expectativas por mucho tiempo, recuerdo lo que lloré y sentí leyéndola. Aún sigo amando Orgullo y Prejuicio, tanto como la primera vez que cayó en mis manos.

Hay días que me gusta sentarme, observar a la gente pasar y tomar notas. Creo que es algo que también tengo en común con Jane. Me gusta creer que escribió sus historias y esos personajes masculinos que muchas amamos, para sentir que algo emocionante pasaba en su vida completamente normal, rodeada de hombres absurdamente simples. Quizás a ese hombre que tanto he esperado, también tenga que escribirlo yo.

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    «He sufrido los castigos del amor sin disfrutar de ninguna de sus ventajas»

     —Jane Austen, Sentido y Sensibilidad

    Nunca he estado una relación seria y hay días en los que creo que nunca la tendré. Jamás un hombre me ha dicho que “me admira y me ama apasionadamente”, pero el amor romántico es una idea de la que no he logrado escapar. Incluso el día que leyeron mi carta astral, descubrieron que comparto algunas posiciones de mis planetas con los de Jane Austen: ella, precisamente, es la culpable de que le ponga demasiadas expectativas a mi vida sentimental.

    Mi abuela materna siempre decía “se nace sola y se muere sola”, y bajo ese lema también me crió mi mamá. Ambas eran mujeres a las que la sociedad ecuatoriana de los años cincuenta y setenta juzgaba cuando afirmaban que una mujer no tenía por qué estar pegada todo el tiempo de su esposo. Mi abuela, que tenía nervios de acero, incluso fue a  dar a luz sola y regresaba con el niño en brazos horas después, como si se tratara de una manicura. Ese tipo de independencia era algo poco común en mujeres de sus generaciones.

    Pero ni mi madre, ni mi abuela estuvieron solteras jamás. Tal vez porque eran otros tiempos. Ambas se casaron jóvenes, con sus amores de adolescencia y formaron sus hogares. A pesar que ninguna trabajó formalmente, se las arreglaban para tener su dinero y eran independientes porque, a diferencia de sus amigas, odiaban esperar la voluntad de sus maridos para cualquier cosa que quisieran hacer.

    Así me criaron. Con la idea que puedo sola y las palabras de mi abuelo paterno que creía que estaba bien decirme desde los 4 años que “los hombres son malos”.

    Desde niña huí de la idea del amor porque lo confundí con dependencia, porque había malinterpretado a mi madre y mi abuela. 

    Mi pasión por la escritura empezó, como muchos, con la lectura de los clásicos en la adolescencia. Aún recuerdo la incomodidad que me causaba la Sra. Bennet en Orgullo y Prejuicio: su máxima preocupación era conseguir marido para sus hijas. A mí no me crió la Sra. Bennet, sino una mujer fanática del horror que una vez persiguió a un ladrón estando embarazada.

    Devoré sus libros mientras escuchaba música emo, con los ojos delineados como mapache, declarada atea y anarquista en un colegio de monjas. Sentía que amar a Jane a escondidas era lo más subversivo que una niña de dieciséis años amante de la música alternativa, que vestía casi siempre de  de negro, y a la que casi no dejaban salir, podía hacer.

    Luego, a inicios de mis veinte, llegué a Tinder por curiosidad. Parecía algo seguro y divertido. No tenía planes de enamorarme. A esa edad consideraba ridículo que alguien tenga una pareja.

    No sé cuándo todo cambió. Pasé de disfrutar los romances de dos días, a enviarle hoy, a mis treinta años, mensajes de voz de WhatsApp llorando a mi mejor amiga, desde la Gran Vía en Barcelona, luego de una cita terrible.

    La primera vez que usé Tinder hice ‘match’ con un chico cuyo nombre no recuerdo, solo que era de Boston. Pasamos un fin de semana increíble, conversando y riéndonos por horas mientras caminábamos cerca del río Guayas con la brisa de agosto, comiendo helado entre los pocos árboles que existen en Guayaquil, besándonos, pasando la noche juntos y con una despedida sentida y sincera en el Terminal Terrestre. Sabía que solo lo iba a ver dos días, pero para mí era suficiente.

    He tenido muchas citas exitosas, pero también muchísimas fallidas. La primera decepción fue la de uno que insistió en verme, llegó tardísimo, se sentó y cuando vio que había pedido algo de comer me dijo sin inmutarse: “Yo no he comida nada, no voy a pagar. Termina y vamos a mi casa”. Así, sin ni siquiera tener la delicadeza de hacer una charla previa. Pedí la cuenta, pagué y me fui, mientras él, por alguna razón, estaba sorprendido.

    Creo en los “romances de verano”, como se les llama en algunas películas. Hay gente cuya misión es hacernos sentir cosas muy lindas y luego irse. Pero mentiría si digo que no quiero algo de romance. Estoy cansada del ritual de siempre: se hace match, te habla, luego si la conversación fluye se pasa a WhatsApp, luego a la cita, luego a la cama y finalmente a la desaparición.

    Solo una vez la rutina cambió cuando un hombre, a quien jamás conocí en persona, decidió que era buena idea hacer videollamadas conmigo todos los días por tres horas, durante cuatro meses. 

    Inspirada inconscientemente en las historias de Jane, pagué USD 70 para enviarle un libro de USD 12 que solo se podía encontrar en Ecuador, hasta Chicago. Con una carta a mano incluida. Me agradeció y lloró de emoción por Facetime. Dejó de hablarme sin darme explicación alguna, dos semanas después. Hace poco descubrí, gracias a mi compulsiva obsesión de stalkeo en redes sociales, que se casó con la mujer por quien desapareció de mi vida.

    “You pierce my soul. I am half agony, half hope. Tell me not that I am too late, that such precious feelings are gone for ever. I offer myself to you again with a heart even more your own, than when you almost broke it eight years and a half ago.”

    —Jane Austen, Persuasion 

    Luego de esta experiencia pensé: ¿Hay algo malo conmigo? ¿Qué habría hecho Jane con mi vida sentimental? ¿Soy uno de sus personajes que habitan en este mundo donde el internet nos ha borrado las fronteras? ¿Cómo se vive el romance en una era donde la inmediatez también aplica en las relaciones sentimentales?

    Con treinta años, me sentía más pequeña que nunca. Me sentía estúpida, llorando en la Gran Vía porque un hombre con el que juraba haber tenido una conexión genuina, no me escribía.

    Me sentía completamente sola. Ya no me sentía como Lizzy Bennet corriendo en medio del campo, despeinada, sin miedo a ensuciar su vestido con lodo. En ese momento había una Sra. Bennet dentro de mí, llorando porque el amor aún no se presenta en forma de caballero millonario y socialmente me estoy muriendo. El desajuste de mis hormonas que había creado el retraso de mi menstruación también ayudó a que arme un espectáculo en mi cabeza.

    Antes creía que era ridículo pensar que una feminista en estos tiempos sufra por estas cosas. En especial de una mujer como yo —a quien le provocan una tremenda vergüenza ajena las parejas que celebran cada mes, día, minuto y segundo que están juntos. Busco una relación deconstruida, con responsabilidad afectiva. Un hombre que se convierta en mi pareja y con el que podamos acompañarnos mutuamente y tener un perrito.

    Pero debo admitir que también me gustaría verlo caminar hacia mí con devoción, como Mr. Darcy (Matthew Macfady) en la adaptación de Orgullo y Prejuicio de 2005, mientras atraviesa un campo en medio de la bruma. O recibir una declaración de amor como la de Edward Ferras (Hugh Grant) a Eleanor (Emma Thompson) en la adaptación de Sentido y Sensibilidad de 1995.

    He aprendido a vivir sola, tal como lo querían mi abuela y mi mamá; también aprendí que el amor no es dependencia. Y si jamás me importó mucho el estado de mi vida sentimental es porque no estaba lista para compartir con alguien. No hay nada malo conmigo, tan solo no ha llegado una historia de amor que me dé paz.  

    Creo que Jane Austen  seguiría soltera en esta época. Viviendo en sus historias. A ella le dedico este texto y las novelas inconclusas que empecé a escribir en la adolescencia para imitarla. A ella le agradezco haber encontrado la belleza en lo cotidiano de las relaciones de pareja y convertirlo en algo extraordinario. Porque a pesar que arruinó mis expectativas por mucho tiempo, recuerdo lo que lloré y sentí leyéndola. Aún sigo amando Orgullo y Prejuicio, tanto como la primera vez que cayó en mis manos.

    Hay días que me gusta sentarme, observar a la gente pasar y tomar notas. Creo que es algo que también tengo en común con Jane. Me gusta creer que escribió sus historias y esos personajes masculinos que muchas amamos, para sentir que algo emocionante pasaba en su vida completamente normal, rodeada de hombres absurdamente simples. Quizás a ese hombre que tanto he esperado, también tenga que escribirlo yo.

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