Shakira y la fiscalización del dolor, el amor y el arte

Shakira lanzó Music Sessions #53 junto a Bizarrap, este tema contiene CLARAmente revelaciones sobre su exrelación con el futbolista español, Piqué. No existe alguna novedad sobre hacer canciones de amor y desamor, lo curioso fue la reacción de los usuarios que señalaron con el dedo y colocaron la etiqueta de ‘la exesposa ardida’ a la artista colombiana.

JUZZ PINCAY PAZMIÑO

El dolor es un motor maravilloso que nos permite crear, los artistas nacen de muchos amores y dolores para mostrarnos canciones, libros, cuadros, etcétera. Shakira, desde sus inicios, ha demostrado que puede hacernos llorar y vibrar con su música porque contiene un componente personal poderosísimo: sus relaciones.

Lo hacen Taylor Swift, Adele, Olivia Rodrigo, y también Ed Sheeran, John Mayer, Alex Turner, Bad Bunny, en su momento también The Beatles, y un montón de otros maravillosos artistas. 

Sin embargo, si revisamos las entrevistas o reportajes de Taylor Swift vemos cómo es atacada por hacer arte de su vida personal. ¿Duele acaso que una mujer pueda monetizar el dolor de una exrelación? ¿Duele que una mujer decida exponer a su expareja como infiel en una canción? ¿O les duele, quizá, que los ‘trapos sucios’ no se laven en casa porque realmente no es dolor sino miedo de también ser expuestos? 

Cuestionar la forma de procesar el dolor de alguien es desubicado, peor aún fiscalizar sus procesos de sanación que son tan propios y reales. Si nuestro proceso es público o privado, quedará en nuestra cancha, sin embargo en el caso de personajes como Shakira —donde la infidelidad de su expareja fue pública y la humillación fue difundida en medios de comunicación— cabe preguntarse quiénes somos nosotros para señalar con el dedo si ella decide sanar frente al mundo. ¿No lo hizo antes ya? ¿Nos hace sentir mejor, acaso, pensar que hubiésemos manejado la situación de una manera diferente?

La gente supera rupturas como se le da la gana y su forma no es mejor, ni peor que la nuestra. La superioridad moral de ‘yo sufro menos y mejor’ me parece tan corrosiva como sin sentido. 

Ahora, el ‘feminismo’ fiscalizador que nos empuja a la pared y nos dice que está mal que se mencione a otra mujer cuando el daño ‘solo lo hizo él’ es tan infantil como desinformado. La sororidad nada tiene que ver con solapar acciones terribles de otras mujeres. No hay nada ético en aceptar ser parte de un engaño, no hay nada sororo en participar en el dolor de la otra. 

Cuestionemos, mejor, qué tanto nos sirve racionalizar o teorizar cada sentimiento que tenemos cuando el patriarcado sigue beneficiándose de ciertos silencios. El mismo patriarcado que hoy está ‘preocupado’ por lxs hijxs de Shakira, por la salud mental de Gerard Piqué o por el ‘poco amor propio’ de la cantante es el que nos manda a decir que debemos vernos guapísimas mientras sufrimos o sanamos en silencio porque no le gusta el ruido que hacemos mientras escribimos, cantamos o pintamos. 

Me mantengo en aplaudir a las mujeres que monetizan su proceso de sanación porque los hombres lo han hecho por años sin que su ‘amor propio’ sea cuestionado. Gracias por esa canción, ese texto, esa obra de teatro, ese poema, ese libro, ese cuadro en las que otras mujeres se ven reflejadas y agradecidas porque sanar en colectivo es hermoso. Y a quienes fiscalizan los procesos de sanación: cuidado se caen de los altares de humo que se crearon, la vida es más bonita cuando dejamos de señalar el dolor del resto, y nos enfocamos en sanar los nuestros.  

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    JUZZ PINCAY PAZMIÑO

    El dolor es un motor maravilloso que nos permite crear, los artistas nacen de muchos amores y dolores para mostrarnos canciones, libros, cuadros, etcétera. Shakira, desde sus inicios, ha demostrado que puede hacernos llorar y vibrar con su música porque contiene un componente personal poderosísimo: sus relaciones.

    Lo hacen Taylor Swift, Adele, Olivia Rodrigo, y también Ed Sheeran, John Mayer, Alex Turner, Bad Bunny, en su momento también The Beatles, y un montón de otros maravillosos artistas. 

    Sin embargo, si revisamos las entrevistas o reportajes de Taylor Swift vemos cómo es atacada por hacer arte de su vida personal. ¿Duele acaso que una mujer pueda monetizar el dolor de una exrelación? ¿Duele que una mujer decida exponer a su expareja como infiel en una canción? ¿O les duele, quizá, que los ‘trapos sucios’ no se laven en casa porque realmente no es dolor sino miedo de también ser expuestos? 

    Cuestionar la forma de procesar el dolor de alguien es desubicado, peor aún fiscalizar sus procesos de sanación que son tan propios y reales. Si nuestro proceso es público o privado, quedará en nuestra cancha, sin embargo en el caso de personajes como Shakira —donde la infidelidad de su expareja fue pública y la humillación fue difundida en medios de comunicación— cabe preguntarse quiénes somos nosotros para señalar con el dedo si ella decide sanar frente al mundo. ¿No lo hizo antes ya? ¿Nos hace sentir mejor, acaso, pensar que hubiésemos manejado la situación de una manera diferente?

    La gente supera rupturas como se le da la gana y su forma no es mejor, ni peor que la nuestra. La superioridad moral de ‘yo sufro menos y mejor’ me parece tan corrosiva como sin sentido. 

    Ahora, el ‘feminismo’ fiscalizador que nos empuja a la pared y nos dice que está mal que se mencione a otra mujer cuando el daño ‘solo lo hizo él’ es tan infantil como desinformado. La sororidad nada tiene que ver con solapar acciones terribles de otras mujeres. No hay nada ético en aceptar ser parte de un engaño, no hay nada sororo en participar en el dolor de la otra. 

    Cuestionemos, mejor, qué tanto nos sirve racionalizar o teorizar cada sentimiento que tenemos cuando el patriarcado sigue beneficiándose de ciertos silencios. El mismo patriarcado que hoy está ‘preocupado’ por lxs hijxs de Shakira, por la salud mental de Gerard Piqué o por el ‘poco amor propio’ de la cantante es el que nos manda a decir que debemos vernos guapísimas mientras sufrimos o sanamos en silencio porque no le gusta el ruido que hacemos mientras escribimos, cantamos o pintamos. 

    Me mantengo en aplaudir a las mujeres que monetizan su proceso de sanación porque los hombres lo han hecho por años sin que su ‘amor propio’ sea cuestionado. Gracias por esa canción, ese texto, esa obra de teatro, ese poema, ese libro, ese cuadro en las que otras mujeres se ven reflejadas y agradecidas porque sanar en colectivo es hermoso. Y a quienes fiscalizan los procesos de sanación: cuidado se caen de los altares de humo que se crearon, la vida es más bonita cuando dejamos de señalar el dolor del resto, y nos enfocamos en sanar los nuestros.  

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