Soy víctima invisible de femicidio y tengo algo que decirles

Pili Sánchez es abogada, y su prima y dos sobrinas fueron víctimas de femicidio hace dos años. Hoy, con este texto, reflexiona sobre la revictimización y nos pide —como sociedad— respeto ante la memoria de las víctimas y sus familiares.

PILI SÁNCHEZ U.

El 28 de noviembre de 2020, mi mamá encontró a mi prima y sus dos hijas asesinadas por su esposo y padre. Recibí su llamada con un grito desgarrador confirmando lo que más temía. No puedo olvidar sus palabras: «Las mató, las mató. Mató a Vilma y a las bebes».

Pocos días después, el 7 de diciembre, mientras veía las noticias anunciaron que habían encontrado el cuerpo sin vida de Cristina Balcázar, embarazada de siete meses, presuntamente asesinada por el papá del bebé que esperaba, un militar.

Mi cuerpo se estremeció completamente, no pude contener las lágrimas. En ese momento me di cuenta de que cada caso de femicidio me iba a llevar de regreso a aquel día que cambió mi vida. 

Hasta hoy, el dolor sigue siendo igual de agudo con cada nuevo caso, mi cuerpo vuelve con muchísima facilidad a revivir el trauma. El dolor llegó a ser incapacitante. Me ha costado meses de terapia psicológica y psiquiátrica, y vivo con un Trastorno por Estrés Postraumático Complejo.

Cuando se habla de femicidios, usualmente nos enfocamos en las cifras, en las que ya no están, pero pocas veces se mencionan las víctimas invisibles, los hijos, las hijas, los y las familiares de la víctima.

Detrás de cada femi(ni)cidio, hay familias enteras impactadas por la violencia extrema contra la mujer, especialmente niños, niñas, adolescentes y jóvenes que, en muchos casos, presenciaron las agresiones y/o resultaron heridos y se convirtieron en sobrevivientes. Ni la justicia ni el Estado ecuatoriano han cumplido con su deber de reparación a las víctimas, sus familiares y su entorno. 

Las familias, sumergidas en el dolor de la pérdida, somos revictimizadas una y otra vez por el sistema de justicia, los funcionarios públicos, los medios de comunicación y las redes sociales. Tenemos que leer a externos que por ganarse un clic, retuit, like, por tener la primicia o por hablar desde el completo desconocimiento y sin enfoque de género, suponen hechos o dan «causales»de por qué las mataron.

Algunas personas, no conforme con eso, utilizan palabras de los familiares cercanos de las víctimas, que seguramente siguen en estado de shock, para dar su «punto de vista» de la situación. 

Esto es ofensivo e indignante para las familias de las víctimas que clamamos por justicia, contención y apoyo.

Por años, se ha llevado una lucha para dejar de culpar a las víctimas, pero parece muy difícil dejar de hacerlo. Hoy, el discurso en las redes sociales o en los medios de comunicación responsabiliza a las víctimas por lo que hicieron o dejaron de hacer. Es imperante que la sociedad, en los casos de femicidio, se enfoque en el agresor.

¿Cómo esperamos que una víctima de violencia alce la voz o pida auxilio cuando constantemente se la sigue haciendo responsable? Cuando la revictimizan y culpabilizan con frases como: «¿Por qué no se fue a la primera?». «Era una mujer exitosa pero dependiente emocionalmente de su pareja». «Es que no era independiente económicamente».

Es urgente cambiar el discurso. Para salvar vidas debemos escuchar a las víctimas, hacerles saber que les creemos y que somos un espacio seguro para ellas, sin juzgarlas.

Estoy convencida de que las dependencias no deberían costarnos la vida. 

Quizás no estamos obteniendo los resultados que esperamos en esta lucha contra la violencia de género porque estamos fallando en el enfoque. Y no, yo no tengo la solución, quisiera tenerla, porque por mucho tiempo sentí culpa por el femicidio de mi prima y sus dos hijas. 

¿Cómo yo, una mujer que activamente habla sobre la violencia de la mujer, no se pudo dar cuenta? ¿Qué hice mal? ¿Por qué no pudo confiar en mí para decirme lo que estaba viviendo? Una de sus últimas publicaciones en redes sociales fue el video que yo hice para el #25N en el 2020. 

 

Tuvieron que pasar meses para que me pudiera liberar de esa culpa, porque nunca la tuve yo, ni ella, ni sus dos hijas. Pero leer en redes sociales, y sentir que se sigue perpetuando el discurso de que la culpable es la víctima es hiriente.

Como víctima invisible de tres femicidios quiero decirles que es doloroso ver cómo cuestionan el pasado o el accionar de las víctimas, hablan de si eran o no dependientes de su agresor, hurgan en sus publicaciones de redes sociales para intentar «enseñar» a otras mujeres lo que deben y lo que no deben hacer. 

Si quieren hablar de la dependencia económica o emocional, háganlo desde el enfoque de violencia económica, patrimonial y/o emocional. Si aún así quieren discutir sobre las dependencias, están en su libertad de hacerlo, pero no utilicen casos específicos de los cuales no conocen personalmente a las víctimas ni lo que pudo estar pasando.

Y no digo que no se deba hablar de esto, es necesario, pero de nada sirve que podamos identificar que somos dependientes si no existen políticas públicas, ni círculos de apoyo, que ayuden a las víctimas a salir de esos espacios de violencia. 

En un país donde la Policía no nos cuida, nos desaparece, nos mata, ¿en quién confiamos? ¿a quién llamamos? 

En un país donde se invierte poco o nada en políticas públicas en contra de la violencia de género y donde el sistema judicial es lento y revictimizador, ¿en quién nos sostenemos? 

El ejemplo más claro es el Bono para Niños, Niñas y Adolescentes en Situación de Orfandad por Femicidio, para acceder al mismo necesitas una sentencia ejecutoriada por femicidio. Sin embargo, según la plataforma FemicidiosEc, del Consejo de la Judicatura, de las 557 causas ingresadas por femicidios desde agosto del 2014 hasta 11 de septiembre del 2022, solo 314 se han resuelto, es decir el 55,28%. La mayoría están en investigación previa. 

¿Qué hacen los hijos y las hijas de las víctimas de las causas no resueltas? ¿Qué pasa en los casos donde el femicida se suicida y que no se investigan?

Sin mencionar que los datos del Consejo de la Judicatura no coinciden con los datos de la Alianza Feminista para el Mapeo de los Femi(ni)cidios en el Ecuador, donde hasta el 3 de septiembre de 2022 se registran 206 muertes por razones de género. Es decir, un femi(ni)cidio cada 28 horas.

Desde el desconocimiento es fácil minimizar un problema con tantas aristas como la violencia de género a «causales» como la dependencia económica y emocional, pero estamos desconociendo la realidad de violencia estructural en Ecuador. A veces no puedes decir que te vas porque ese día te matan, como a mi prima que la encontramos muerta con sus maletas hechas. 

En Ecuador, donde te mata un Policía, un Fiscal, donde el Estado es cómplice y encubre a femicidas, donde mueres con la boleta de auxilio en la mano, donde los familiares de los femicidas trabajan en el sistema judicial, como era el caso de mi prima Vilma, las mujeres nunca serán las culpables porque no hay razón ni causal suficiente para que nos las tengan que arrebatar de esa manera, porque ninguna de ellas mereció irse así.

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    PILI SÁNCHEZ U.

    El 28 de noviembre de 2020, mi mamá encontró a mi prima y sus dos hijas asesinadas por su esposo y padre. Recibí su llamada con un grito desgarrador confirmando lo que más temía. No puedo olvidar sus palabras: «Las mató, las mató. Mató a Vilma y a las bebes».

    Pocos días después, el 7 de diciembre, mientras veía las noticias anunciaron que habían encontrado el cuerpo sin vida de Cristina Balcázar, embarazada de siete meses, presuntamente asesinada por el papá del bebé que esperaba, un militar.

    Mi cuerpo se estremeció completamente, no pude contener las lágrimas. En ese momento me di cuenta de que cada caso de femicidio me iba a llevar de regreso a aquel día que cambió mi vida. 

    Hasta hoy, el dolor sigue siendo igual de agudo con cada nuevo caso, mi cuerpo vuelve con muchísima facilidad a revivir el trauma. El dolor llegó a ser incapacitante. Me ha costado meses de terapia psicológica y psiquiátrica, y vivo con un Trastorno por Estrés Postraumático Complejo.

    Cuando se habla de femicidios, usualmente nos enfocamos en las cifras, en las que ya no están, pero pocas veces se mencionan las víctimas invisibles, los hijos, las hijas, los y las familiares de la víctima.

    Detrás de cada femi(ni)cidio, hay familias enteras impactadas por la violencia extrema contra la mujer, especialmente niños, niñas, adolescentes y jóvenes que, en muchos casos, presenciaron las agresiones y/o resultaron heridos y se convirtieron en sobrevivientes. Ni la justicia ni el Estado ecuatoriano han cumplido con su deber de reparación a las víctimas, sus familiares y su entorno. 

    Las familias, sumergidas en el dolor de la pérdida, somos revictimizadas una y otra vez por el sistema de justicia, los funcionarios públicos, los medios de comunicación y las redes sociales. Tenemos que leer a externos que por ganarse un clic, retuit, like, por tener la primicia o por hablar desde el completo desconocimiento y sin enfoque de género, suponen hechos o dan «causales»de por qué las mataron.

    Algunas personas, no conforme con eso, utilizan palabras de los familiares cercanos de las víctimas, que seguramente siguen en estado de shock, para dar su «punto de vista» de la situación. 

    Esto es ofensivo e indignante para las familias de las víctimas que clamamos por justicia, contención y apoyo.

    Por años, se ha llevado una lucha para dejar de culpar a las víctimas, pero parece muy difícil dejar de hacerlo. Hoy, el discurso en las redes sociales o en los medios de comunicación responsabiliza a las víctimas por lo que hicieron o dejaron de hacer. Es imperante que la sociedad, en los casos de femicidio, se enfoque en el agresor.

    ¿Cómo esperamos que una víctima de violencia alce la voz o pida auxilio cuando constantemente se la sigue haciendo responsable? Cuando la revictimizan y culpabilizan con frases como: «¿Por qué no se fue a la primera?». «Era una mujer exitosa pero dependiente emocionalmente de su pareja». «Es que no era independiente económicamente».

    Es urgente cambiar el discurso. Para salvar vidas debemos escuchar a las víctimas, hacerles saber que les creemos y que somos un espacio seguro para ellas, sin juzgarlas.

    Estoy convencida de que las dependencias no deberían costarnos la vida. 

    Quizás no estamos obteniendo los resultados que esperamos en esta lucha contra la violencia de género porque estamos fallando en el enfoque. Y no, yo no tengo la solución, quisiera tenerla, porque por mucho tiempo sentí culpa por el femicidio de mi prima y sus dos hijas. 

    ¿Cómo yo, una mujer que activamente habla sobre la violencia de la mujer, no se pudo dar cuenta? ¿Qué hice mal? ¿Por qué no pudo confiar en mí para decirme lo que estaba viviendo? Una de sus últimas publicaciones en redes sociales fue el video que yo hice para el #25N en el 2020. 

     

    Tuvieron que pasar meses para que me pudiera liberar de esa culpa, porque nunca la tuve yo, ni ella, ni sus dos hijas. Pero leer en redes sociales, y sentir que se sigue perpetuando el discurso de que la culpable es la víctima es hiriente.

    Como víctima invisible de tres femicidios quiero decirles que es doloroso ver cómo cuestionan el pasado o el accionar de las víctimas, hablan de si eran o no dependientes de su agresor, hurgan en sus publicaciones de redes sociales para intentar «enseñar» a otras mujeres lo que deben y lo que no deben hacer. 

    Si quieren hablar de la dependencia económica o emocional, háganlo desde el enfoque de violencia económica, patrimonial y/o emocional. Si aún así quieren discutir sobre las dependencias, están en su libertad de hacerlo, pero no utilicen casos específicos de los cuales no conocen personalmente a las víctimas ni lo que pudo estar pasando.

    Y no digo que no se deba hablar de esto, es necesario, pero de nada sirve que podamos identificar que somos dependientes si no existen políticas públicas, ni círculos de apoyo, que ayuden a las víctimas a salir de esos espacios de violencia. 

    En un país donde la Policía no nos cuida, nos desaparece, nos mata, ¿en quién confiamos? ¿a quién llamamos? 

    En un país donde se invierte poco o nada en políticas públicas en contra de la violencia de género y donde el sistema judicial es lento y revictimizador, ¿en quién nos sostenemos? 

    El ejemplo más claro es el Bono para Niños, Niñas y Adolescentes en Situación de Orfandad por Femicidio, para acceder al mismo necesitas una sentencia ejecutoriada por femicidio. Sin embargo, según la plataforma FemicidiosEc, del Consejo de la Judicatura, de las 557 causas ingresadas por femicidios desde agosto del 2014 hasta 11 de septiembre del 2022, solo 314 se han resuelto, es decir el 55,28%. La mayoría están en investigación previa. 

    ¿Qué hacen los hijos y las hijas de las víctimas de las causas no resueltas? ¿Qué pasa en los casos donde el femicida se suicida y que no se investigan?

    Sin mencionar que los datos del Consejo de la Judicatura no coinciden con los datos de la Alianza Feminista para el Mapeo de los Femi(ni)cidios en el Ecuador, donde hasta el 3 de septiembre de 2022 se registran 206 muertes por razones de género. Es decir, un femi(ni)cidio cada 28 horas.

    Desde el desconocimiento es fácil minimizar un problema con tantas aristas como la violencia de género a «causales» como la dependencia económica y emocional, pero estamos desconociendo la realidad de violencia estructural en Ecuador. A veces no puedes decir que te vas porque ese día te matan, como a mi prima que la encontramos muerta con sus maletas hechas. 

    En Ecuador, donde te mata un Policía, un Fiscal, donde el Estado es cómplice y encubre a femicidas, donde mueres con la boleta de auxilio en la mano, donde los familiares de los femicidas trabajan en el sistema judicial, como era el caso de mi prima Vilma, las mujeres nunca serán las culpables porque no hay razón ni causal suficiente para que nos las tengan que arrebatar de esa manera, porque ninguna de ellas mereció irse así.

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