#8M en Guayaquil: Seguimos marchando

La marcha del 8 de marzo de 2022, en Guayaquil, reunió a más de 1.000 manifestantes entre niñas, mujeres, adultos mayores. La Policía Nacional acordonó la protesta pacífica e impidió el paso por las calles planificadas, cuestionó que pese a sus impedimientos la marcha continuara y lanzó gases lacrimógenos.

JESSICA ZAMBRANO ALVARADO

Hoy es 8 de marzo. Hoy la Policía Nacional nos llamó locas, desobedientes, desordenadas, imprudentes. Hoy la policía cercó nuestra marcha por las que ya no están, por las víctimas, por las mujeres que callan, por las que sostienen a sus familias.

Hoy la policía nos lanzó gases lacrimógenos para cerrarle el paso a una marcha pacífica, alegre y organizada que se hace con mujeres, niños, personas adultas mayores, mascotas, banderas, colores verde, lila y rojo. Hoy la Policía ha puesto en evidencia algo que hemos creído durante bastante tiempo: que estamos solas.

Sí, la autoridad no marcha por nosotras, pero solas no estamos.

“Y cómo,

y cómo es la huevada

nos matan y nos violan y el Estado no hace nada”,

Canto feminista

La marcha debía avanzar, como en años anteriores, por la avenida 9 de octubre, llegar a Pichincha, entrar a la Plaza de la Administración, cruzar por el Malecón y bajar de Loja hacia la Plaza Colón.

Bloquearon con rejas nuestro paso a la Plaza de la Administración, donde hace un año se levantó una placa renombrándola como Subversión. Cuando entramos de la calle Aguirre hacia Malecón, intentaron que vayamos en dos carriles. Por dos la marcha, por uno los vehículos de la hora pico. Bloqueamos la vía completa y eso los enfureció.

Un policía al mando de otros le dijo a un funcionario vestido de civil, quien siguió nuestro paso por todo el Malecón con una radio, que hablábamos tanto de derechos humanos y no respetábamos el tránsito de la ciudad. “Quieren hacerse famosas”, dijo el oficial. “Quieren cerrar la calle y hacer relajo”, agregó.

No querían obstruir el tránsito de los vehículos, se imaginaron una marcha en la que los vehículos que transitaban en hora pico por la ciudad pudieran pitar mientras nuestra marcha avanzaba. Quisieron decidir la ruta de la marcha.

Al llegar a Malecón y Loja acordonaron la calle para impedir nuestro paso. El comandante a cargo dijo que no había ninguna diferencia, que no podía mantener por más tiempo el Malecón cerrado. Querían decidir nuestro recorrido y no permitirnos avanzar como lo habíamos decidido, pedido y planificado, como cada año.

Instalaron sus motos contra nuestros cuerpos. El policía al mando dijo que con nosotras no se podía hablar, que no nos estaba amenazando, que lo estábamos descontextualizando. De pronto no pudimos respirar, ni hablar. Nos callaron con gas lacrimógeno.

Lo hicieron en una marcha ordenada, colorida y pacífica en la que hay niños y mujeres que protestan desde hace muchos años. Este año somos más, muchas más que el año pasado, muchas más que antes de la pandemia.

Esperaban que nos vayamos, pero nos sentamos en el piso para cantar que nos abrieran el paso. Que la calle es nuestra.

Por un día al año nos convocamos para protestar por las que ya no están, por las que fueron asesinadas por sus parejas, por las niñas que son violadas en su casa, por nuestros derechos, por nuestras vidas.

La Policía Nacional en motos y con chalecos antibalas nos acordonó durante toda la marcha, a nosotras que íbamos de civiles, de ropa ligera, cantando, bailando, con carteles   desde la Plaza Soledad Rodríguez —el Parque Centenario al que el movimiento feminista ha renombrado—. Desde aquí se gesta nuestro tránsito por la independencia.

Hoy es otro día. Seguimos tosiendo, seguimos enronchadas, seguimos heridas. Seguimos marchando. Ya no nos van a callar.

 

  • Periodista. Es ciclista urbana en una ciudad caótica y busca la calma descendiendo a la profundidad del mar. Usa el ciclismo y el buceo a pulmón para hilar sensaciones del cuerpo con historias cotidianas. Desde que practica estos deportes –en los que la mente se involucra mucho más de lo que parece– ha buscado la manera para que su profesión, el periodismo que muchas veces condena a los profesionales a la hostilidad de un espacio laboral, sea también viajar y contar las historias que no se miran desde las ciudades donde –incrédulamente– se cree que todo acontece.

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    JESSICA ZAMBRANO ALVARADO

    Hoy es 8 de marzo. Hoy la Policía Nacional nos llamó locas, desobedientes, desordenadas, imprudentes. Hoy la policía cercó nuestra marcha por las que ya no están, por las víctimas, por las mujeres que callan, por las que sostienen a sus familias.

    Hoy la policía nos lanzó gases lacrimógenos para cerrarle el paso a una marcha pacífica, alegre y organizada que se hace con mujeres, niños, personas adultas mayores, mascotas, banderas, colores verde, lila y rojo. Hoy la Policía ha puesto en evidencia algo que hemos creído durante bastante tiempo: que estamos solas.

    Sí, la autoridad no marcha por nosotras, pero solas no estamos.

    “Y cómo,

    y cómo es la huevada

    nos matan y nos violan y el Estado no hace nada”,

    Canto feminista

    La marcha debía avanzar, como en años anteriores, por la avenida 9 de octubre, llegar a Pichincha, entrar a la Plaza de la Administración, cruzar por el Malecón y bajar de Loja hacia la Plaza Colón.

    Bloquearon con rejas nuestro paso a la Plaza de la Administración, donde hace un año se levantó una placa renombrándola como Subversión. Cuando entramos de la calle Aguirre hacia Malecón, intentaron que vayamos en dos carriles. Por dos la marcha, por uno los vehículos de la hora pico. Bloqueamos la vía completa y eso los enfureció.

    Un policía al mando de otros le dijo a un funcionario vestido de civil, quien siguió nuestro paso por todo el Malecón con una radio, que hablábamos tanto de derechos humanos y no respetábamos el tránsito de la ciudad. “Quieren hacerse famosas”, dijo el oficial. “Quieren cerrar la calle y hacer relajo”, agregó.

    No querían obstruir el tránsito de los vehículos, se imaginaron una marcha en la que los vehículos que transitaban en hora pico por la ciudad pudieran pitar mientras nuestra marcha avanzaba. Quisieron decidir la ruta de la marcha.

    Al llegar a Malecón y Loja acordonaron la calle para impedir nuestro paso. El comandante a cargo dijo que no había ninguna diferencia, que no podía mantener por más tiempo el Malecón cerrado. Querían decidir nuestro recorrido y no permitirnos avanzar como lo habíamos decidido, pedido y planificado, como cada año.

    Instalaron sus motos contra nuestros cuerpos. El policía al mando dijo que con nosotras no se podía hablar, que no nos estaba amenazando, que lo estábamos descontextualizando. De pronto no pudimos respirar, ni hablar. Nos callaron con gas lacrimógeno.

    Lo hicieron en una marcha ordenada, colorida y pacífica en la que hay niños y mujeres que protestan desde hace muchos años. Este año somos más, muchas más que el año pasado, muchas más que antes de la pandemia.

    Esperaban que nos vayamos, pero nos sentamos en el piso para cantar que nos abrieran el paso. Que la calle es nuestra.

    Por un día al año nos convocamos para protestar por las que ya no están, por las que fueron asesinadas por sus parejas, por las niñas que son violadas en su casa, por nuestros derechos, por nuestras vidas.

    La Policía Nacional en motos y con chalecos antibalas nos acordonó durante toda la marcha, a nosotras que íbamos de civiles, de ropa ligera, cantando, bailando, con carteles   desde la Plaza Soledad Rodríguez —el Parque Centenario al que el movimiento feminista ha renombrado—. Desde aquí se gesta nuestro tránsito por la independencia.

    Hoy es otro día. Seguimos tosiendo, seguimos enronchadas, seguimos heridas. Seguimos marchando. Ya no nos van a callar.

     

    • Periodista. Es ciclista urbana en una ciudad caótica y busca la calma descendiendo a la profundidad del mar. Usa el ciclismo y el buceo a pulmón para hilar sensaciones del cuerpo con historias cotidianas. Desde que practica estos deportes –en los que la mente se involucra mucho más de lo que parece– ha buscado la manera para que su profesión, el periodismo que muchas veces condena a los profesionales a la hostilidad de un espacio laboral, sea también viajar y contar las historias que no se miran desde las ciudades donde –incrédulamente– se cree que todo acontece.

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