En 1975, en plena dictadura del gobierno del general Guillermo Rodríguez Lara en Ecuador, el mundo comenzaba a poner atención sobre la igualdad entre hombres y mujeres, y a pesar de todas las adversidades que existían, en Guayaquil se formó el Frente de Mujeres Pobladoras del Guayas y, casi de manera paralela, un Comité de Guayaquil para integrarse a la declaratoria del Año Internacional de la Mujer, por parte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Pero la lucha de las mujeres en Guayaquil es una memoria borrada. Ybelice Briceño, socióloga, docente e investigadora, y quien dirigió esta investigación, cuestiona la ausencia de las mujeres en la construcción de la historia de la ciudad. «En Guayaquil no hay estatuas de mujeres, nombres de calles de mujeres», y además, «hay un imaginario instalado de que en Guayaquil no se lucha y es importante revertir».
En una entrevista con el grupo de investigadoras de la muestra Archivos de Resistencia, la activista y una de las fundadoras del Centro Ecuatoriano para la Promoción y Acción de las Mujeres (Cepam), Hanne Holst, recuerda que, a finales de los 70, en un contexto de agitamiento social, viajó a Chile junto a un grupo de trabajadores sociales de dicho país que trabajaban en Ecuador. Cuenta que esa experiencia marcó su entendimiento sobre las dinámicas organizativas, siempre integradas por mujeres que lideran procesos desde sus territorios.
Así se articuló el Frente de Mujeres Pobladoras del Guayas, una de las primeras organizaciones que buscaban una vida digna desde un trabajo organizado. Este frente era una red de comités que hacían sede en zonas que comenzaban a poblarse, en las cuales todo estaba por hacerse. Así formaron comités en el Guasmo, Mapasingue y el Suburbio de Guayaquil.
Mientras en la ciudad se iniciaban desplazamientos de poblaciones hacia territorios en los que no había nada, las mujeres de dichos espacios se organizaban para exigir acceso a una vivienda digna, acceso justo al territorio, a su legalización y al agua potable. Luchas, que en muchos casos, continúan, trasformadas hoy por la violencia que enfrentan los barrios.
Ese desplazamiento hacia una ciudad por habitar significó enfrentarse a varias ausencias: la del Estado, la de la educación para sus hijos, la de la salud para sus cuerpos y la imposibilidad de acceder a préstamos. Para enfrentarlas, en un contexto en el que la ley ecuatoriana sostenía que solo en una sociedad conyugal «solo el hombre puede administrar los bienes de la familia», ellas armaron sus propias cajas de ahorro para hacer uso del dinero.
«Todo lo que pasa en esa lucha, al ser privadas del derecho de la propiedad, nos da una transformación importante en la cual aprendimos a ser propietarias de nuestros bienes», dice Ana Carrillo, artista visual, docente y una de las investigadoras de este proceso.
Cuando no encontraron salud especializada para sus cuerpos, iniciaron brigadas médicas y, con ello, abrieron un portal hacia la necesidad de salud específica para las mujeres. Así nacieron el Cepam y el primer Centro de Salud Integral de la Mujer, administrado por mujeres en alianza con el Ministerio de Salud y la primera Dirección de la Mujer, una administración tripartita que no se ha replicado hasta hoy.
«Los procesos en Guayaquil son acciones cotidianas de rebeldía. América Latina está marcada por el conflicto de tenencia de la tierra, y ese conflicto es el desplazamiento de tenencia de la tierra hacia los centros urbanos, pero son personas, lideresas, jefas de hogar que están lidiando por una vivienda segura para ella y sus hijos», dice Carrillo.
De manera paralela, se gestaron los primeros encuentros feministas y, desde distintos sectores, se impulsaron reformas a las leyes vigentes que ubicaron a las mujeres en espacios más equitativos, como la paridad en las elecciones.
Pese a que muchas de las mujeres que integraron estos procesos no se reconocen desde el feminismo, para Ana Carrillo esta investigación evidencia cómo los feminismos populares tratan de conciliar la lucha de las mujeres y la toma de conciencia de clase.
«El feminismo toma en cuenta que en la clase subalternizada en la que estamos las mujeres existen distintos estratos, y tenemos que lograr entender, ser solidarias y pedir la solidaridad y sororidad en compañeras que están en diferentes procesos».
Señala Carrillo que en Guayaquil hay una comprensión temprana de la clase obrera, y hay hitos históricos que dan cuenta de la organización de lucha de la ciudad: «esa memoria es continuamente ocultada». Agrega que «tiene que ser de interés nacional reconstruir las luchas populares y la llegada de las clases populares a la ciudad».
La investigación construye dos líneas de tiempo de estos procesos y replica las cajas de ahorro que formaron las mujeres, se hace preguntas y pone en evidencia cómo muchas de las luchas que iniciaron las mujeres desde los barrios se sostienen, pero el imaginario ha cambiado: hoy la violencia no está tan normalizada.
«Es una lucha que nace con este proceso de organización de las mujeres, pero vemos que aún hay mucho por luchar en el sentido de que no hay políticas de prevención. Esto nos permite ver que los derechos no cayeron del cielo, que se luchó con sectores conservadores, y nos damos cuenta de que no están escritos en piedra», dice Briceño.
«Ha sido gratificante encontrarnos con cómo todo lo conseguido fue producto de una lucha, y reconocer cómo Guayaquil fue uno de los espacios de más movilización», señala la docente.




