En este texto, Gabriela Salgado reflexiona sobre el atentado ocurrido durante el CSD de Berlín y cuestiona la respuesta institucional y mediática, señalando el racismo, la islamofobia y la exclusión que, según la autora, atraviesan la relación del Estado alemán con las comunidades migrantes, queer y propalestinas.
El pasado sábado 25 de julio, aproximadamente a las 22:00, un vehículo embistió a la multitud en el área de Tiergarten de Berlín durante las celebraciones del CSD Day Parade, como se conoce en Alemania al desfile del Orgullo, que se lleva a cabo cada año en julio en varias ciudades del país.
Es uno de los eventos masivos más importantes de la ciudad y uno de los desfiles del Orgullo más grandes de Europa; motivo de orgullo para los berlineses, quienes consideran a su ciudad un lugar abierto a la diversidad sexual y amigable con la comunidad LGBTIQ+. A la embestida le siguió un ataque con machete perpetrado por el mismo conductor del vehículo, quien finalmente huyó, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Ese día, varios amigos y yo habíamos asistido al Internationalist Queer Pride Berlin (IQP), una contramarcha anticolonial, antirracista y anticapitalista. Desde hace algunos años, la comunidad queer migrante ha adoptado una postura de boicot al CSD, que se ha convertido en una herramienta cómoda para que instituciones bancarias, medios amarillistas e incluso partidos de derecha conservadora purguen sus pecados públicamente. Justamente este año, el alcalde de Berlín destinó casi 400.000 euros a un camión del desfile con el logo de su partido, la CDU —los demócrata-cristianos conservadores, que difícilmente figuran entre los mejores aliados de la comunidad queer alemana—. De igual forma, Axel Springer (medio conocido por su retórica antiinmigrante y conservadora), Allianz (la aseguradora más grande del mundo, tiene lazos con Israel), JPMorgan Chase (una de las instituciones bancarias más grandes del mundo, tiene lazos con Israel), Deloitte (conocida firma de servicios profesionales y de consultoría acusada de usar referencias falsas generadas por IA en sus reportes) y hasta Lieferando (plataforma de delivery acusada de explotación laboral sistémica) tuvieron su propio camión en el desfile, pese a representar los intereses del uno por ciento por encima de cualquier otra cosa, y nunca los de la comunidad LGBTIQ+.
Pero la razón más importante para boicotear el CSD, más allá de la presencia de estas marcas, es la complicidad que comparten con las entidades gubernamentales presentes en el genocidio palestino.
Vivo en Berlín desde hace cuatro años y he sido testigo del avance de la extrema derecha bajo la bandera de la islamofobia. También he visto las formas retorcidas que ha tomado la llamada “responsabilidad alemana con la vida judía”: en lugar de un apoyo consciente a un grupo históricamente perseguido, parece cada vez más el traslado de ese odio hacia otro pueblo. Y ese compromiso con Israel no es más que un compromiso mutuo con la supremacía blanca.
He vivido esa llamada responsabilidad también en carne propia. Hace dos años en Leipzig, los guardias de seguridad de un festival gótico —abiertamente queer y anticapitalista— me expulsaron por portar una kufiya.
He tenido que huir de la policía durante manifestaciones contra el genocidio y he llegado a temer tanto la represión que, como portadora de una residencia temporal en este país, simplemente dejé de asistir a esos eventos. La policía berlinesa es conocida por su brutalidad; no respeta a mujeres, niños, personas mayores ni siquiera a judíos no sionistas. La deuda histórica que los alemanes pagan de forma psicótica y adoctrinada no tiene ninguna consideración por los cuerpos racializados, feminizados o de infancias. A veces pareciera que su motivación es ensañarse con esos cuerpos.
Con este antecedente, un enorme contingente policial se desplegó en la zona donde se realizó el IQP. El desfile terminó abruptamente después de que la policía comenzara a perseguir violentamente a los manifestantes, como terminan as demostraciones de solidaridad con Palestina en esta ciudad.
Una amiga y yo nos habíamos alejado del desfile, huyendo del sol extremo, cuando el amigo con quien había llegado me llamó para avisarme que había tenido que dispersarse por la persecución policial. Ese mismo amigo volvió a llamarme a las diez de la noche, mientras mi amiga y yo terminábamos nuestra noche de sábado, para preguntarnos si estábamos a salvo: acababa de ocurrir un atentado en el área del CSD.
Colgué el teléfono sin saber qué sentir. El miedo, la impotencia y algo parecido a la perplejidad se mezclaban de una forma que todavía me cuesta describir. Lo que vino después —los titulares, los discursos, las condolencias— acabó de precisar esa sensación.
Podría seguir hablando de las redes de amistad que nos sostienen como migrantes, de la solidaridad entre latinoamericanos y del miedo que sentí al trasladarme a mi casa sola en este momento. Después de todo, las redes de solidaridad entre migrantes, entre personas de la diversidad sexual, y entre individuos marginalizados mantienen viva la pequeñísima llama de un Berlín casi extinto, donde la acción colectiva, el arte y la libertad le eran disruptivos al estado alemán. Son estas personas quienes me han sostenido y han evitado que caiga en los hoyos profundos de la depresión de los cuales la comunidad migrante en este país es generalmente presa. Si hay algo que me agrada de Berlín es esto mismo, y si hay algo que resalta en las secuelas de este trágico evento es que las redes de solidaridad en esta ciudad se mantienen a pesar de todo. Esto me quedó claro cuando la comunidad queer, todavía en shock después de este atentado llevado a cabo durante sus celebraciones, saltó a exponer la hipocresía del poder, que usó el tema como un ejemplo claro a favor de sus políticas migratorias racistas, y a exaltar a la población a no difundir odio racista en nombre de su comunidad.
La narrativa de muchos medios de comunicación alemanes es conocida y esperable: un ataque a la libertad, a los valores democráticos, a la sociedad abierta. Sin embargo, algo en esa narrativa incomoda profundamente a quienes vivimos aquí como migrantes, como personas racializadas, como queers que no nos reconocemos en el desfile que fue atacado.
Las condolencias oficiales fueron unánimes. Las declaraciones del CDU, de Friedrich Merz (canciller alemán) y de todo el resto de instituciones políticas que se han dedicado en los últimos años a desmantelar proyectos e iniciativas que favorecen a la comunidad queer, el mismo alcalde que gastó casi medio millón de euros en un camión del partido, pronunció un discurso sobre la defensa de los valores de Berlín.
No pudieron ni siquiera mencionar que el atentado se llevó a cabo en el marco del evento masivo queer más grande del país. Mencionaron, sin embargo, que el atacante era un hombre musulmán. No mencionaron que sus padres son de origen libanés pero él nació, creció y se socializó en Berlín, como alemán. No mencionaron que el joven de 21 años, baleado y asesinado por fuerzas policiales el día siguiente al atentado, había estado en la mira de la policía, bajo vigilancia permanente porque representaba una amenaza, y que ya había sido apresado y soltado semanas antes del atentado debido a sus actividades islamistas.
Los mismos medios que reproducen retórica antimigrante cubrieron el ataque con un dolor que no extienden a los cuerpos palestinos, ni a los cuerpos queer. La misma policía que dispersó violentamente el IQP horas antes, se condolecía con la comunidad, difundiendo la foto de un hombre con rasgos visiblemente de Oriente Medio y catalogado como musulmán radical, pidiendo castigos más severos contra este tipo de ofensas. Cuando el hombre fue abatido, la noticia se compartió con alivio, como si la vida de esta persona hubiese sido completamente descartable.
No digo esto para minimizar el dolor de las víctimas. Lo digo porque la selectividad del duelo oficial revela algo: no todos los cuerpos importan igual en Alemania.
La comunidad queer y migrante latinoamericana en Berlín ocupa un lugar ambiguo e incómodo. Existimos en los márgenes de dos comunidades que, en teoría, deberían acogernos: la comunidad migrante, donde la homosexualidad sigue siendo a veces un tema tabú, y la comunidad queer alemana, que frecuentemente reproduce lógicas de exclusión racial y clasista. El CSD es la expresión más visible de esa segunda comunidad, y su captura por parte de corporaciones y partidos conservadores no hace más que profundizar esa exclusión.
Entre quienes somos críticos del estado alemán y sus tantas muestras de estar out-of-touch, como sus posturas migratorias o su represión de solidaridad con Palestina, hay varias cosas que nos hacen ruido. Por un lado, se reportó que la policía había estado monitoreando al perpetrador ese mismo día, hasta más o menos una hora antes del atentado. Sin embargo, quizás por haber sido sábado de noche (oficialmente lo que los alemanes conocen como feierabend, o noche libre), o por haberse desplegado todos a atacar a los asistentes del IQP, nadie estaba observando las cámaras en tiempo real. Es decir, la policía de Berlín tenía claros indicios de que esta persona representaba una amenaza real, en el día más importante para la comunidad LGBTIQ+ de la ciudad, pero evitar un ataque no estuvo entre sus prioridades ese día. De hecho, entre el CSD, el IQP y la contramarcha neonazi, parecería que el evento que amerita más presencia policial es el IQP— el año pasado en el mismo desfile hubo 65 personas detenidas y varios casos reportados de violencia policial. En resumen, la tragedia del CSD parece haber estado en el radar de la policía, pero evitarla no fue suficientemente importante
Segundo, el grotesco pinkwashing que se lleva a cabo en este país durante todo el verano a veces parecería una táctica para incluir solo a aquellos queers que le son útiles al Estado y su agenda. Aquellas personas blancas con el privilegio de una nacionalidad donde su identidad no corre riesgo, donde sus necesidades básicas son cubiertas y donde no enfrentan el miedo a deportaciones, quienes no deben enfrentarse a las crueldades del sistema o siquiera pensar en lo que viven las personas del otro lado de los límites de la Unión Europea, y quienes por ende no sienten la necesidad de involucrarse políticamente, o manifestarse contra las políticas que sus gobernantes ejercen en su nombre.
Aquellos que tienen el derecho al voto, un trabajo digno con un salario que les permite vacacionar en el resto del mundo y vivir la más idealizada versión de la vida en estos lugares, sabiendo que si las cosas se ponen difíciles pueden siempre regresar a su país or irse a otro lado igual o más paradisiaco.
Es estas voces queer a las que el gobierno alemán se refiere, no a las personas trans anticapitalistas, a los queers alemanes que se manifiestan contra la participación activa de su país en un genocidio en Oriente Medio, a quienes buscan una vida más justa para todos y ejercen su derecho a la protesta para expresarlo, ni a quienes pertenecen a familias con antecedentes migratorios y se sienten excluidos de la narrativa oficial de lo que significa ser alemán.
Definitivamente no nos incluye a nosotros, quienes vivimos, soñamos y aportamos silenciosamente a esta ciudad, a este país, a veces con sueldos precarios y sin el derecho de decidir quién nos gobierna, sin tener la capacidad de defendernos verbalmente (porque discutir y gritar en alemán requiere un nivel especial más arriba del C1), sin poder expresar nuestras posturas por miedo a las repercusiones (deportaciones, prisión, pérdidas de empleo).
Cuando a Friedrich Merz le preguntan sobre cualquier tema, su argumento principal es que es culpa de la migración. Una vez hasta nos llamó feos, que afeamos las ciudades con nuestra presencia. Claramente, si expresan solidaridad con las comunidad queer, no se están refiriendo a ninguno de nosotros.
Finalmente, no se puede evitar ver las conexiones entre el discurso en torno al ataque del CSD y el problema de Alemania con la solidaridad palestina. El atentado fue un acto de violencia condenable, que causó un daño real a personas reales. Una mujer perdió su vida y alrededor de 30 personas fueron trasladadas al hospital. Una comunidad marginalizada experimentó miedo y ansiedad. Eso no está en discusión. Lo que sí merece ser examinado es lo que ocurrió después: la forma en que los medios y el discurso político procesaron el ataque y, sobre todo, a su autor.
Tanto el discurso alrededor del ataque del CSD y el problema de Alemania con la solidaridad palestina tienen un elemento crucial en el centro: el islam. Ambos llevan la letra escarlata de su fe musulmana, y con esta el infortunio de estar involucrados con un Estado que, por donde se quiera ver, tiene un problema de islamofobia palpable.
Abdul Ballout (el atacante del CSD) fue nombrado como tal, su nombre árabe siendo usado como sinónimo de terrorista y, por ende, como uno de tantos cuerpos cuyas vidas son de segunda clase en este país, sujetos al odio y los estereotipos constantes de la población local. Porque en Alemania, cuando el autor de un crimen tiene un nombre árabe o turco, este se convierte en titular, en prueba, en condena anticipada. El análisis político y psicológico que se reserva para los perpetradores blancos —la pregunta por el contexto, la salud mental, la historia personal— desaparece. Palestina recibe el mismo tratamiento a escala colectiva: un pueblo cuyo nombre es arrastrado por el piso en los medios alemanes, sus ciudadanos catalogados de salvajes, animales, no humanos, que no merecen la compasión del mundo. Este odio se esconde tras la fina cortina de su apoyo a Israel, pero a veces es tan fervoroso que no necesita a Israel de ninguna forma para sostenerse. Los debates sobre la «remigración» siempre tienen en la mira a ciudadanos sirios, turcos y afganos. El islam es el enemigo número uno de este pueblo y, sea por el compromiso inquebrantable con Israel o por el racismo históricamente documentado, está más vivo que nunca.
“No one is free until everyone is free”, se grita en protestas, se imprime en afiches y se pega en stickers sobre cuadernos. Es una de las consignas que definen la solidaridad con el pueblo palestino, con la lucha antiimperialista, con los derechos animales y con las causas de la diversidad sexual. Alemania se considera un país libre, liberal en su máxima expresión, y el ataque al CSD fue llamado un atentado contra las libertades de la sociedad alemana.
Pero el goce de esas libertades está condicionado por tu origen, tu afiliación política y tu silencio ante los atentados contra las libertades de otros. Las disfrutas mientras estés dispuesto a ignorar los horrores que otros sufren en el mismo suelo que llamas hogar. Si no lo estás, eres víctima de la brutalidad con que la policía berlinesa arremete contra quienes solo podemos vernos como los otros: quienes encontramos nuestra existencia aquí incompatible con los valores que este Estado dice defender. Si eres mujer, eres queer, no eres blanca y no estás conforme, las libertades que te ofrece este país podrían quizá verse así.




