El «sujetavidas»: un cierto egoísmo del arte de la invención

Un texto* escrito por una psicoanalista en la antesala de la nueva ola de la pandemia, cuando una hija puede perderse… Escribe con su «sujetavidas» sobre la edición, el deportista que solo sabe ganar, las declaraciones del papa, el egoísmo y los «perrhijos».

JESSICA JARA BRAVO 

«(…) el hombre (…) vive con angustia que limita cada vez más (…) su posibilidad inventiva»

—J. Lacan, Discurso a los católicos

En marzo de 2020 inicié una serie de textos pandémicos con COVID-19: lo que comporta el humor y otra escritura de lo real. Al día doce de la cuarentena, habitada por el virus, tecleé: El Alien CONVID-a y la buena distancia. En Viviendo con-finados hice resonar aquí, el «¡Ay, cadáveres!», de Perlongher. Saliendo de lo peor, critiqué que no hacía falta una pandemia para no venir… al análisis y preguntaba si “las indisposiciones por el Covid son pasajeras o… ¿permanentes?, harta de una arbitrariedad reinante que aún “hace vivir y deja morir”.

«La celebración encarnada de la objeción al abuso de poder… vacunarse» se inscribe en otra serie: una de objeciones éticas que se me impuso abordar, a propósito del Seminario de Lacan que trabajamos con Antonio Aguirre en el Centro de Investigación y Docencia del Instituto Nueva Escuela. Antonio tenía por costumbre no comentar mis textos, supongo que, por no encarnar al Otro de la autorización, lo que me dejó siempre en solitaria responsabilidad frente a mi escritura; sin embargo, sé que ese texto de abril del 2021 lo conmovió.

Ser una mujer no citada tiene como trasfondo la estruendosa declaración de Lacan que inflamó, en su momento, la portada de un diario italiano: “¡Para el doctor Lacan, las damas no existen!” y, aún hoy, el hecho de que LA mujer no exista enciende la Gran Conversación de la AMP. Esa mujer-no-citada que he sido yo, sigue escribiendo desde una soledad no desapasionada y sus cartas seguirán llegando a su destino; pues, aunque no me citen, estoy segura de que algunos me leen.

ESCRITURA-SUBJETIVACIÓN: LO QUE SE NECESITA ENTRE LA CAÍDA DEL MURO Y EL FIN DE LA UNIÓN

La escritura es para mí una forma de subjetivación. Escribo desde un desarraigo antiguo. A punta de escritura y análisis he ido subjetivando cada asunto inteligible que me ha sobrepasado: eso imposible de metabolizar, como el arte desembarazado de la cultura; pero, aún capaz de notarizarse en un catálogo abierto de invenciones. De hecho, esa es mi apuesta actual en tanto coeditora de F-ILIA, revista de la Universidad de las Artes. Estos son agarres sutiles ante el llamado siniestro-musical: «¡Déjate caer!» y su ruido concomitante, recogido en El ruido de las cosas al caer, una novela del autor colombiano Juan Gabriel Vásquez.

Ante la pérdida de mi esposo, colega y contertulio he proseguido escribiendo, editando, reseñándolo. En ese camino hubo un «error» de una nueva editora que no me resultó indiferente. Ella puso a mi cuenta: «¿Por qué necesitamos de la institución analítica? Porque la institución analítica quizás no necesita de nosotros», texto que yo había establecido de la participación de Antonio en la última clase del Seminario. Más allá de la pregunta por el «verdadero» autor, me queda: ¿Por qué necesitamos de estas publicaciones? Porque Antonio —realmente— no las necesita.

Hace ruido ese: «quizás no necesita de nosotros»; sin embargo, buscamos producir un libro suyo sobre Política, guerra y psicoanálisis, para el cual convoqué a un Comité Editorial Cartelizado. La entrada «Amor» deberá constar, pues el amor es la transferencia y permite responder la pregunta por el ser. En la Carta (de amor) a Antonio consigné su declaración: «Ud. me es imprescindible»; yo, luego, me comprometí por escrito: «Y, durante el tiempo que haga falta, seré su editora». Pero, ¡ojo! Antonio no era escritor y ¡Miller se ha referido a transferencias negativas de 40 años!

Al respecto: 1) Lo primero que se me viene a la cabeza es «edición y subversión», lo que desde el psicoanálisis implica la subversión del sentido. 2) El psicoanalista cumple una función de editor de la lengua del analizante; edita orientado por lo real, en tanto lo real del síntoma está desarraigado del lenguaje del Otro: privilegia la escritura sinthomal. 3) Recordaban colegas chilenos a Miller, precisando que la interpretación es del orden de la puntuación y que «el analista es como un editor de la palabra» (Caracas, 1998); entre edición y puntuación escribí Una coma (pro)vocativa del amor…. 4) Habrá ocasión de proseguir, mi rasgo en otro cartel es «escritura, femenina».

Desde la contraportada de La marca del editor, de Calasso, somos advertidos de la ojeriza —acaso inmerecida del editor— en tanto intermediario innecesario entre el escritor y el lector. En Desertar, al conversar una escritora y un traductor, le surge un recuerdo prínceps a Mikael Gómez; allí él testimonia de un temprano placer de traducir, mientras todos fumaban (y todo se esfumaba):

«estábamos justo entre la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética (…) no entendía (…), pero estaba en medio, traduciendo (…) recuerdo el placer de poder transformar las palabras de uno para que el otro lo pudiera entender» (2021, p. 12).

Así, recuerdo el poema de Tudal: «Entre el hombre y la mujer, está el amor / Entre el hombre y el amor, hay un mundo / Entre el hombre y el mundo, hay un muro».

Entonces, entre el autor y el lector, entre la caída del muro y el fin de la unión: hay no sólo el editor intermediario-innecesario o la ilusión de mediar por un entendimiento que abone a una correspondencia siempre fracasada. ¿Qué otro lugar para el «entre» sino el de dejar-entrar lo irónico y lo opaco, dar ocasión a una lectura entrelíneas, sosteniendo el estilo de transmisión que itera en una singularidad actuante? Ante el empuje a «dejarse caer» apostamos por un dejar abierto al encuentro con lo iterante.

A ratos, me parece más que una edición, un esfuerzo de traducción; tal como lo comprende Ariana Harwicz: «sumirse en el texto de otro, esa mínima cuota de sumisión que se necesita» (Candaya, 2021). Ella dice no tenerla para el texto del otro. Mi sumisión a la letra no está en discusión, es al estilo de La Secretaria: horas sentada al ordenador hasta que algo se ordena, cuando se necesita…

«SERVIR-PARA-GANAR» VERSUS EL SENTIDO QUE ABONA A LA PLENITUD A LA VIDA

Ahora mismo escribo para saber si este es otro texto sobre el Covid, hoy cuando se nos presentifica lo catastrófico de lo que fue la pandemia. ¿Acaso esta nueva «ola» será ese retorno que, como destacó Marx y luego Lana Wachowski en la última Matrix: ¿se repite como tragedia o farsa? Pero el virus no repite, por muy humanizado que parezca al habitar el discurso cotidiano y los memes: «El Covid es hombre porque cuando ya te estás olvidando de él: aparece». Así, parafraseo a Miller sobre el cometa: al Covid no le importan los anhelos que suscita (…) Sigue su camino.

En estos tiempos de confinamiento que requieren de un pensar, incluso de una cierta prudencia, me pregunto, ¿qué desasosiego íntimo desencadena esta escritura? Tengo un indicio, como le dije a un amigo: ha sido más fácil para todos caerle al tenista, que responderle al papa.

El multipremiado tenista Novak Djokovic —cuyo apellido es anagramático de Covid— pretendió ingresar al Abierto de Australia sin estar vacunado: lo que era posible según las normativas del torneo, pero imposible según las leyes del país anfitrión. En principio, un problema lógico, diplomático; sin embargo, lo que mueve al autor de Servir para ganar es un imperativo, un (re)forzamiento: no hay que ser forzado a vacunarse, hay que reforzar nuestro metabolismo.

Su excepcionalidad nos habría dado ocasión de entrar en un debate sobre una elección real, donde la muerte no queda por fuera de la ecuación. Sin embargo, la debilidad en el análisis se acabó cuando sus abogados aseguraron que Djokovic tuvo Covid el 16 de diciembre, en una argumentación que abonaba a que el tenista debería tener anticuerpos y poder competir. Pero, lo que se evidenció es que el infectado no dejó de seguir sirviendo para ganar en ceremonias donde le dedicaban sellos postales, y en eventos con niños y jóvenes, sin mascarilla. ¡Ay, los niños!

Las declaraciones del papa, en cambio, llegaron cuando parecía que con Don’t Look Up, triunfaban los gadgets. Pero es el sentido religioso el que triunfa ante el desborde de lo real de la naturaleza, como anticipó Lacan en Roma: «son capaces de dar sentido a cualquier cosa: un sentido a la vida humana, por ejemplo» (1974). Así, en el discurso del líder de la Iglesia de este 5 de enero, a propósito del padre putativo de Jesús, se diagnosticó que vivimos en una época de notoria orfandad, asegurando que no hay que tener miedo de la adopción y el riesgo de la acogida.

Entonces, ¿cuál es el sentido de la vida humana? Es un tener: tener hijos. El papa advirtió que renegar de la maternidad y paternidad nos quita humanidad; siendo, un «cierto egoísmo» tener un solo hijo, perros y gatos. Hubo risas. Cuando apuntó que «la civilización se vuelve más vieja» uno entrevé su preocupación, ¿quiénes frentearán las próximas guerras religiosas? Pero, la voz popular sólo reportó: «egoístas» y respondió con tiernas fotos de sus «perrhijos» y «gathijos» saludando al papa. A todo esto, el único papa que me interesa es el The Young Pope, pero seguimos…

El papa habló de la adopción antigua, que implicaba que el nombre de un padre difunto no se borre de Israel. Destacó la función de nombrar del padre: Adán nombró a todos los «animalhijos». De cómo introducir una «h» en Abraham, habría tenido efectos en lo real de su descendencia… La problemática no me es ajena, expuse ¿Nuevas orfandades y terror sin fin? en un Congreso, comentando el caso de un bajista mexicano que se suicidó tras una acusación de #MeToo, declarando sobre su vástago: «Su orfandad es una manera terrible de violentarlo, pero más vale un final terrible que un terror sin final». En otro texto destaqué, lacaniana: Todos somos adoptados.

El problema es que el Papa anota la maternidad y la paternidad como «La» plenitud de la vida, cuando hoy prima la «parentalidad» y The Lost Daughter (La hija perdida), ¡nos da tanto que comentar!

SERPENTEAR CUANDO SE PIERDE LA FE, SE PIERDE UN BARRIO, SE PIERDE UNA HIJA…

Después del «servir-para-ganar» entra en escena la pérdida. La hija perdida (2021) es dirigida por Maggie Gyllenhaal, la actriz de La secretaria (2002). No sé si en el libro, pero en el film las hijas se pierden años, y se pierden las hijas en una elección donde una mujer joven gana profesionalmente y, quizás se decide a ello, arrobada en una escalera. Elige al tipo ilustrado, apasionante, quien la sorprendió refiriéndose a ella en el estrado. Ella se consideró «muy egoísta».

Solo se pierden tres años de los cuales no se sabe qué consecuencias, a qué costo. Al costo de la vida, pues cuando (re)encuentra a una hija ajena, —en sus vacaciones en Grecia décadas después—, ella toma como prenda su insustituible muñeca: buscando reemplazar a la que ella misma tiró por la ventana al no saber qué hacer cuando su hija se la apropió, garabateándole encima sus nuevas coordenadas. Hay que decirlo: tira la muñeca por la ventana porque no puede arrojar a su propia hija. Ya hemos visto otras escenas en Lars von Trier de niños dejados-caer por las ventanas.

Esta no es la elección de Sofía, son otras elecciones como la que hizo sopesar la misma Ariana Harwicz a su hijo, cuando de repente su criatura le dice: «ya que no haces nada, mamá, ¿jugamos a las cartas?», —mientras ella se debatía con un traductor por correspondencia, lo que luego dio lugar a Desertar—, a lo que ella tuvo que: «sentarlo y mostrarle todas las escritoras que abandonaron a sus hijos, que son muchísimas, y ahí entendió lo buena madre que soy» (p. 71).

Volviendo a la película. La «madre antinatural» aceptó prestar la llave de su casa de alquiler a otra madre-mujer que estaba en su misma situación antigua de división entre ser madre y su deseo de tener un amante (elección que ponía en riesgo su vida). Nuestra protagonista es la hija: le transmite un truco de su abuela para sostener el sombrero de su mascarada. Un largo alfiler soporte, —de esos objetos interesantes que me gusta inventariar—, el mismo con el que ella fue «chuzada» al final del día; en un acto que fue: una decisión en acto. No repetirá su elección, ha elegido a su hija, ante el encuentro siniestro de la muñeca en poder de esta benefactora universitaria vacacional.

Aún moribunda, nuestra protagonista en la orilla de la playa sigue intentando hacer una larga tira de la cáscara de una naranja, sin romperla: serpenteándola. Un hacer femenino que, atestiguamos, alcanzó a transmitir, al menos, a una de sus hijas. Serpentear ante la ausencia de armonía entre el deseo de la madre y el deseo de una mujer: donde lo que se escribe, son singulares arreglos.

Ante el perder una hija, más de una puede perderse y quedar en la situación de aquel entrevistado por José Delgado que respondía que «se perdió un barrio»: hay que llamar a la policía y publicar un aviso en Diario El Universo. Así escribo mi propio anuncio —que no sé dónde será publicado—. Escribo porque una vez que escribo, entiendo que lo hago por no desertar: porque esta vez no fui yo, sino mi única hija la tocada por el Covid. Ella ya está bien, apenas estuvo dos días «con la garganta», y seguimos confinadas por separado. Son apenas unos días y no tres años, en los que serpenteamos la dificultad, nos conectamos y sostenemos nuestro vínculo recompuesto.

Como pueden apreciar, yo también soy egoísta según el canon papal: tengo una hija, un perrhijo y une tortuguhije. Quizás sea egoísta por querer editar los textos del padre putativo de mi hija; pero, podemos darnos cuenta que allí resuena el: «¿Para qué necesitamos de sus publicaciones?», para que su nombre no sea borrado de «Israel»; a todo, el psicoanálisis surgió de un judío y hasta Miller ha declarado serlo ante la sola posibilidad de que una neofacista como Le Pen, llegue al poder.

Pero no creo ser tan egoísta, porque todo lo que tomo del cine y de la cuestión literaria, a título de humus humano: nuestra humanidad, lo retrotraigo en mis escritos a ser socializados. Textos que serpentean el Covid, las imposturas morales, los oscuros deseos… Además, hoy aporto al catálogo de invenciones, de nuevos objetos, con el «sujetavidas»: que es la escritura para mí. Queda en una caja de herramientas junto al «desatascador» y otros singulares objetos inventados por analizantes.

Este no es otro texto sobre el Covid. Probablemente, tampoco lo sea ninguno de los anteriores.

*Notarizado el 9 de enero del 2022

  • Psicoanalista, forma parte activa de la Nueva Escuela Lacaniana. Es responsable en Guayaquil del Observatorio "Legislación, derechos, subjetividades contemporáneas y el psicoanálisis" de FAPOL y Corresponsal de Acción Lacaniana. Escribe para subjetivar, edita cuando hace falta, interpreta contingentemente. Es miembro del Comité Editorial de "Bitácora Lacaniana" y co-edita el número de F-ILIA que busca nuevos anudamientos entre arte y psicoanálisis.

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    Un texto* escrito por una psicoanalista en la antesala de la nueva ola de la pandemia, cuando una hija puede perderse… Escribe con su «sujetavidas» sobre la edición, el deportista que solo sabe ganar, las declaraciones del papa, el egoísmo y los «perrhijos».

    JESSICA JARA BRAVO 

    «(…) el hombre (…) vive con angustia que limita cada vez más (…) su posibilidad inventiva»

    —J. Lacan, Discurso a los católicos

    En marzo de 2020 inicié una serie de textos pandémicos con COVID-19: lo que comporta el humor y otra escritura de lo real. Al día doce de la cuarentena, habitada por el virus, tecleé: El Alien CONVID-a y la buena distancia. En Viviendo con-finados hice resonar aquí, el «¡Ay, cadáveres!», de Perlongher. Saliendo de lo peor, critiqué que no hacía falta una pandemia para no venir… al análisis y preguntaba si “las indisposiciones por el Covid son pasajeras o… ¿permanentes?, harta de una arbitrariedad reinante que aún “hace vivir y deja morir”.

    «La celebración encarnada de la objeción al abuso de poder… vacunarse» se inscribe en otra serie: una de objeciones éticas que se me impuso abordar, a propósito del Seminario de Lacan que trabajamos con Antonio Aguirre en el Centro de Investigación y Docencia del Instituto Nueva Escuela. Antonio tenía por costumbre no comentar mis textos, supongo que, por no encarnar al Otro de la autorización, lo que me dejó siempre en solitaria responsabilidad frente a mi escritura; sin embargo, sé que ese texto de abril del 2021 lo conmovió.

    Ser una mujer no citada tiene como trasfondo la estruendosa declaración de Lacan que inflamó, en su momento, la portada de un diario italiano: “¡Para el doctor Lacan, las damas no existen!” y, aún hoy, el hecho de que LA mujer no exista enciende la Gran Conversación de la AMP. Esa mujer-no-citada que he sido yo, sigue escribiendo desde una soledad no desapasionada y sus cartas seguirán llegando a su destino; pues, aunque no me citen, estoy segura de que algunos me leen.

    ESCRITURA-SUBJETIVACIÓN: LO QUE SE NECESITA ENTRE LA CAÍDA DEL MURO Y EL FIN DE LA UNIÓN

    La escritura es para mí una forma de subjetivación. Escribo desde un desarraigo antiguo. A punta de escritura y análisis he ido subjetivando cada asunto inteligible que me ha sobrepasado: eso imposible de metabolizar, como el arte desembarazado de la cultura; pero, aún capaz de notarizarse en un catálogo abierto de invenciones. De hecho, esa es mi apuesta actual en tanto coeditora de F-ILIA, revista de la Universidad de las Artes. Estos son agarres sutiles ante el llamado siniestro-musical: «¡Déjate caer!» y su ruido concomitante, recogido en El ruido de las cosas al caer, una novela del autor colombiano Juan Gabriel Vásquez.

    Ante la pérdida de mi esposo, colega y contertulio he proseguido escribiendo, editando, reseñándolo. En ese camino hubo un «error» de una nueva editora que no me resultó indiferente. Ella puso a mi cuenta: «¿Por qué necesitamos de la institución analítica? Porque la institución analítica quizás no necesita de nosotros», texto que yo había establecido de la participación de Antonio en la última clase del Seminario. Más allá de la pregunta por el «verdadero» autor, me queda: ¿Por qué necesitamos de estas publicaciones? Porque Antonio —realmente— no las necesita.

    Hace ruido ese: «quizás no necesita de nosotros»; sin embargo, buscamos producir un libro suyo sobre Política, guerra y psicoanálisis, para el cual convoqué a un Comité Editorial Cartelizado. La entrada «Amor» deberá constar, pues el amor es la transferencia y permite responder la pregunta por el ser. En la Carta (de amor) a Antonio consigné su declaración: «Ud. me es imprescindible»; yo, luego, me comprometí por escrito: «Y, durante el tiempo que haga falta, seré su editora». Pero, ¡ojo! Antonio no era escritor y ¡Miller se ha referido a transferencias negativas de 40 años!

    Al respecto: 1) Lo primero que se me viene a la cabeza es «edición y subversión», lo que desde el psicoanálisis implica la subversión del sentido. 2) El psicoanalista cumple una función de editor de la lengua del analizante; edita orientado por lo real, en tanto lo real del síntoma está desarraigado del lenguaje del Otro: privilegia la escritura sinthomal. 3) Recordaban colegas chilenos a Miller, precisando que la interpretación es del orden de la puntuación y que «el analista es como un editor de la palabra» (Caracas, 1998); entre edición y puntuación escribí Una coma (pro)vocativa del amor…. 4) Habrá ocasión de proseguir, mi rasgo en otro cartel es «escritura, femenina».

    Desde la contraportada de La marca del editor, de Calasso, somos advertidos de la ojeriza —acaso inmerecida del editor— en tanto intermediario innecesario entre el escritor y el lector. En Desertar, al conversar una escritora y un traductor, le surge un recuerdo prínceps a Mikael Gómez; allí él testimonia de un temprano placer de traducir, mientras todos fumaban (y todo se esfumaba):

    «estábamos justo entre la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética (…) no entendía (…), pero estaba en medio, traduciendo (…) recuerdo el placer de poder transformar las palabras de uno para que el otro lo pudiera entender» (2021, p. 12).

    Así, recuerdo el poema de Tudal: «Entre el hombre y la mujer, está el amor / Entre el hombre y el amor, hay un mundo / Entre el hombre y el mundo, hay un muro».

    Entonces, entre el autor y el lector, entre la caída del muro y el fin de la unión: hay no sólo el editor intermediario-innecesario o la ilusión de mediar por un entendimiento que abone a una correspondencia siempre fracasada. ¿Qué otro lugar para el «entre» sino el de dejar-entrar lo irónico y lo opaco, dar ocasión a una lectura entrelíneas, sosteniendo el estilo de transmisión que itera en una singularidad actuante? Ante el empuje a «dejarse caer» apostamos por un dejar abierto al encuentro con lo iterante.

    A ratos, me parece más que una edición, un esfuerzo de traducción; tal como lo comprende Ariana Harwicz: «sumirse en el texto de otro, esa mínima cuota de sumisión que se necesita» (Candaya, 2021). Ella dice no tenerla para el texto del otro. Mi sumisión a la letra no está en discusión, es al estilo de La Secretaria: horas sentada al ordenador hasta que algo se ordena, cuando se necesita…

    «SERVIR-PARA-GANAR» VERSUS EL SENTIDO QUE ABONA A LA PLENITUD A LA VIDA

    Ahora mismo escribo para saber si este es otro texto sobre el Covid, hoy cuando se nos presentifica lo catastrófico de lo que fue la pandemia. ¿Acaso esta nueva «ola» será ese retorno que, como destacó Marx y luego Lana Wachowski en la última Matrix: ¿se repite como tragedia o farsa? Pero el virus no repite, por muy humanizado que parezca al habitar el discurso cotidiano y los memes: «El Covid es hombre porque cuando ya te estás olvidando de él: aparece». Así, parafraseo a Miller sobre el cometa: al Covid no le importan los anhelos que suscita (…) Sigue su camino.

    En estos tiempos de confinamiento que requieren de un pensar, incluso de una cierta prudencia, me pregunto, ¿qué desasosiego íntimo desencadena esta escritura? Tengo un indicio, como le dije a un amigo: ha sido más fácil para todos caerle al tenista, que responderle al papa.

    El multipremiado tenista Novak Djokovic —cuyo apellido es anagramático de Covid— pretendió ingresar al Abierto de Australia sin estar vacunado: lo que era posible según las normativas del torneo, pero imposible según las leyes del país anfitrión. En principio, un problema lógico, diplomático; sin embargo, lo que mueve al autor de Servir para ganar es un imperativo, un (re)forzamiento: no hay que ser forzado a vacunarse, hay que reforzar nuestro metabolismo.

    Su excepcionalidad nos habría dado ocasión de entrar en un debate sobre una elección real, donde la muerte no queda por fuera de la ecuación. Sin embargo, la debilidad en el análisis se acabó cuando sus abogados aseguraron que Djokovic tuvo Covid el 16 de diciembre, en una argumentación que abonaba a que el tenista debería tener anticuerpos y poder competir. Pero, lo que se evidenció es que el infectado no dejó de seguir sirviendo para ganar en ceremonias donde le dedicaban sellos postales, y en eventos con niños y jóvenes, sin mascarilla. ¡Ay, los niños!

    Las declaraciones del papa, en cambio, llegaron cuando parecía que con Don’t Look Up, triunfaban los gadgets. Pero es el sentido religioso el que triunfa ante el desborde de lo real de la naturaleza, como anticipó Lacan en Roma: «son capaces de dar sentido a cualquier cosa: un sentido a la vida humana, por ejemplo» (1974). Así, en el discurso del líder de la Iglesia de este 5 de enero, a propósito del padre putativo de Jesús, se diagnosticó que vivimos en una época de notoria orfandad, asegurando que no hay que tener miedo de la adopción y el riesgo de la acogida.

    Entonces, ¿cuál es el sentido de la vida humana? Es un tener: tener hijos. El papa advirtió que renegar de la maternidad y paternidad nos quita humanidad; siendo, un «cierto egoísmo» tener un solo hijo, perros y gatos. Hubo risas. Cuando apuntó que «la civilización se vuelve más vieja» uno entrevé su preocupación, ¿quiénes frentearán las próximas guerras religiosas? Pero, la voz popular sólo reportó: «egoístas» y respondió con tiernas fotos de sus «perrhijos» y «gathijos» saludando al papa. A todo esto, el único papa que me interesa es el The Young Pope, pero seguimos…

    El papa habló de la adopción antigua, que implicaba que el nombre de un padre difunto no se borre de Israel. Destacó la función de nombrar del padre: Adán nombró a todos los «animalhijos». De cómo introducir una «h» en Abraham, habría tenido efectos en lo real de su descendencia… La problemática no me es ajena, expuse ¿Nuevas orfandades y terror sin fin? en un Congreso, comentando el caso de un bajista mexicano que se suicidó tras una acusación de #MeToo, declarando sobre su vástago: «Su orfandad es una manera terrible de violentarlo, pero más vale un final terrible que un terror sin final». En otro texto destaqué, lacaniana: Todos somos adoptados.

    El problema es que el Papa anota la maternidad y la paternidad como «La» plenitud de la vida, cuando hoy prima la «parentalidad» y The Lost Daughter (La hija perdida), ¡nos da tanto que comentar!

    SERPENTEAR CUANDO SE PIERDE LA FE, SE PIERDE UN BARRIO, SE PIERDE UNA HIJA…

    Después del «servir-para-ganar» entra en escena la pérdida. La hija perdida (2021) es dirigida por Maggie Gyllenhaal, la actriz de La secretaria (2002). No sé si en el libro, pero en el film las hijas se pierden años, y se pierden las hijas en una elección donde una mujer joven gana profesionalmente y, quizás se decide a ello, arrobada en una escalera. Elige al tipo ilustrado, apasionante, quien la sorprendió refiriéndose a ella en el estrado. Ella se consideró «muy egoísta».

    Solo se pierden tres años de los cuales no se sabe qué consecuencias, a qué costo. Al costo de la vida, pues cuando (re)encuentra a una hija ajena, —en sus vacaciones en Grecia décadas después—, ella toma como prenda su insustituible muñeca: buscando reemplazar a la que ella misma tiró por la ventana al no saber qué hacer cuando su hija se la apropió, garabateándole encima sus nuevas coordenadas. Hay que decirlo: tira la muñeca por la ventana porque no puede arrojar a su propia hija. Ya hemos visto otras escenas en Lars von Trier de niños dejados-caer por las ventanas.

    Esta no es la elección de Sofía, son otras elecciones como la que hizo sopesar la misma Ariana Harwicz a su hijo, cuando de repente su criatura le dice: «ya que no haces nada, mamá, ¿jugamos a las cartas?», —mientras ella se debatía con un traductor por correspondencia, lo que luego dio lugar a Desertar—, a lo que ella tuvo que: «sentarlo y mostrarle todas las escritoras que abandonaron a sus hijos, que son muchísimas, y ahí entendió lo buena madre que soy» (p. 71).

    Volviendo a la película. La «madre antinatural» aceptó prestar la llave de su casa de alquiler a otra madre-mujer que estaba en su misma situación antigua de división entre ser madre y su deseo de tener un amante (elección que ponía en riesgo su vida). Nuestra protagonista es la hija: le transmite un truco de su abuela para sostener el sombrero de su mascarada. Un largo alfiler soporte, —de esos objetos interesantes que me gusta inventariar—, el mismo con el que ella fue «chuzada» al final del día; en un acto que fue: una decisión en acto. No repetirá su elección, ha elegido a su hija, ante el encuentro siniestro de la muñeca en poder de esta benefactora universitaria vacacional.

    Aún moribunda, nuestra protagonista en la orilla de la playa sigue intentando hacer una larga tira de la cáscara de una naranja, sin romperla: serpenteándola. Un hacer femenino que, atestiguamos, alcanzó a transmitir, al menos, a una de sus hijas. Serpentear ante la ausencia de armonía entre el deseo de la madre y el deseo de una mujer: donde lo que se escribe, son singulares arreglos.

    Ante el perder una hija, más de una puede perderse y quedar en la situación de aquel entrevistado por José Delgado que respondía que «se perdió un barrio»: hay que llamar a la policía y publicar un aviso en Diario El Universo. Así escribo mi propio anuncio —que no sé dónde será publicado—. Escribo porque una vez que escribo, entiendo que lo hago por no desertar: porque esta vez no fui yo, sino mi única hija la tocada por el Covid. Ella ya está bien, apenas estuvo dos días «con la garganta», y seguimos confinadas por separado. Son apenas unos días y no tres años, en los que serpenteamos la dificultad, nos conectamos y sostenemos nuestro vínculo recompuesto.

    Como pueden apreciar, yo también soy egoísta según el canon papal: tengo una hija, un perrhijo y une tortuguhije. Quizás sea egoísta por querer editar los textos del padre putativo de mi hija; pero, podemos darnos cuenta que allí resuena el: «¿Para qué necesitamos de sus publicaciones?», para que su nombre no sea borrado de «Israel»; a todo, el psicoanálisis surgió de un judío y hasta Miller ha declarado serlo ante la sola posibilidad de que una neofacista como Le Pen, llegue al poder.

    Pero no creo ser tan egoísta, porque todo lo que tomo del cine y de la cuestión literaria, a título de humus humano: nuestra humanidad, lo retrotraigo en mis escritos a ser socializados. Textos que serpentean el Covid, las imposturas morales, los oscuros deseos… Además, hoy aporto al catálogo de invenciones, de nuevos objetos, con el «sujetavidas»: que es la escritura para mí. Queda en una caja de herramientas junto al «desatascador» y otros singulares objetos inventados por analizantes.

    Este no es otro texto sobre el Covid. Probablemente, tampoco lo sea ninguno de los anteriores.

    *Notarizado el 9 de enero del 2022

    • Psicoanalista, forma parte activa de la Nueva Escuela Lacaniana. Es responsable en Guayaquil del Observatorio "Legislación, derechos, subjetividades contemporáneas y el psicoanálisis" de FAPOL y Corresponsal de Acción Lacaniana. Escribe para subjetivar, edita cuando hace falta, interpreta contingentemente. Es miembro del Comité Editorial de "Bitácora Lacaniana" y co-edita el número de F-ILIA que busca nuevos anudamientos entre arte y psicoanálisis.

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