Empodérense ustedes, hombres

Empoderarse es un término comodín en los discursos políticos que oímos desde niñas. En la adultez, las mujeres nos estrellamos con que únicamente se puede ser si el otro quiere y lo permite. El gabinete de Lasso es muestra de ello.

TATIANA SONNENHOLZNER

Me había olvidado de lo que significa ser una niña. No es común regresar a esos días hasta que por alguna razón tienes que hacerlo. Las mías fueron dos. La primera, porque actualmente trabajo con ellas y la segunda, para darme unos abrazos más.

Como adulta, me parecía que el peso extra que una debe cargar en esta sociedad por tener vagina se te era entregado cuando tienes la edad suficiente para sostenerlo, pero definitivamente me había olvidado lo que es ser niña, o por lo menos, no había interiorizado que esa carga está desde que das la primera bocanada de aire en este mundo patriarcal.

Cuatro y seis años tienen y entre sus cuentos destacan los clásicos, los de princesas y dragones, esos que las llevan a la fantasía de buscar un príncipe que las rescate para que puedan poner en práctica sus roles de género impuestos, como lavar, cocinar y criar… Y al otro lado de la estantería, sin tantos colores y las pastas más duras, están los nuevos, sobre mujeres que «persistieron» y se «rebelaron».

Figuras como Clara Lemlich, que protestó por los derechos laborales de las mujeres en una fábrica en Nueva York, o Virginia Apgar que soñó con ser doctora y aunque no la tomaban en cuenta por mujer, se convirtió en anestesióloga. Está también Amelia Earhart, la primera en volar sola sobre el Océano Atlántico cuando los pilotos eran solo hombres. También Eufrosina Cruz que cambió su destino de vendedora de tortillas a activista y política. Además de Evita Perón, Grace O’Malley, Isabell Allende, Jane Austen, Manal Al-Sharif, Marie Curie, Policarpa Salavarrieta, entre otras varias mujeres que «no dejaron de soñar», que «fueron valientes», «nadaron contra la corriente» y «no se rindieron, pese a los obstáculos».

marie curie
Marie no solamente fue la primera mujer, sino también la primera persona en recibir dos Premios Nobel en distintas especialidades: Física (1903) y Química (1911). | Foto: Wikimedia Commons

Entonces, perdida en esas historias inspiradoras que generaron en mi dicha y orgullo, pensé… ¡Qué injusto! En el deber ser, esto no es algo por aprender. Tener que enseñar a dos niñas que no hay nada malo con ellas, que estos libros existen porque la falla está en el sistema que considera —antes, durante y ahora— que no somos sujetos iguales a los hombres en derechos, oportunidades y garantías; que entre las cosas que necesitamos saber, desde siempre, está el ser valientes solo por existir, a invertir energía en juegos como las escondidas, pero también en que nuestras opciones radican entre ser la princesa o la rebelde.

En que esa palabra manoseada que suena a «empoderarse», los de siempre encuentran un comodín en los discursos políticos, porque si desde niñas tenemos que ser y enseñar a que se puede, porque otras pudieron, en la adultez nos estrellamos con que únicamente se puede ser si el otro quiere y lo permite.

Para muestra un botón. De qué sirve revestirlas de escudos protectores e historias inspiradoras, si cuando ellas me preguntan: Tatiana ¿Cuántas mujeres valientes, como las de nuestros libros, toman decisiones en tu país? Mi respuesta es: de 23 ministros, solo son cuatro mujeres, solo cinco son gobernadoras y 23 son gobernadores. En las secretarías solo una es mujer y todos los que aconsejan al Presidente, en un país con más de la mitad de la población femenina, son hombres. Todos.

¿Qué me queda por decir? Hipócrita, pero con mucha esperanza les digo: no decaigan, ustedes pueden, pese a las circunstancias, en algún punto de la vida esto va a cambiar y todo lo que aprendieron desde niñas, distinto e injusto a lo que les fue otorgado a sus compañeros, tendrá sus frutos. No por el político de turno, que usa nuestra vulnerabilidad y desventaja como un gancho para atraer esos papeles que encierran su cara y alimentan su ego, sino por nosotras, para ustedes.

En algún punto de la vida, esto va a cambiar, se los prometo y cuenten conmigo para que el futuro sea enfocarse en ser niñas felices y no aprendices de lo que la sociedad espera de ustedes y luego no libera los espacios para que se cumpla. Que hoy cuestionemos a quienes toman decisiones por nosotras, es el inicio de que el vaso está más que medio lleno.

Valdrá tanto la pena, que no solo aprenderemos de las historias de quienes estuvieron, sino que ellos también aprenderán que el camino ya no es sin nosotras. En algún punto de la vida esto va a cambiar, el fucking techo de cristal transmutó en que ni el cielo es el límite.

Juntas inundaremos todos los espacios donde no contaban con nuestra presencia, porque en el colectivo también hay poder, porque si algo sabemos hacer es aprender, pero no a lo que nos dicen que debemos de saber, sino a lo que merecemos tener. 

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    Empoderarse es un término comodín en los discursos políticos que oímos desde niñas. En la adultez, las mujeres nos estrellamos con que únicamente se puede ser si el otro quiere y lo permite. El gabinete de Lasso es muestra de ello.

    TATIANA SONNENHOLZNER

    Me había olvidado de lo que significa ser una niña. No es común regresar a esos días hasta que por alguna razón tienes que hacerlo. Las mías fueron dos. La primera, porque actualmente trabajo con ellas y la segunda, para darme unos abrazos más.

    Como adulta, me parecía que el peso extra que una debe cargar en esta sociedad por tener vagina se te era entregado cuando tienes la edad suficiente para sostenerlo, pero definitivamente me había olvidado lo que es ser niña, o por lo menos, no había interiorizado que esa carga está desde que das la primera bocanada de aire en este mundo patriarcal.

    Cuatro y seis años tienen y entre sus cuentos destacan los clásicos, los de princesas y dragones, esos que las llevan a la fantasía de buscar un príncipe que las rescate para que puedan poner en práctica sus roles de género impuestos, como lavar, cocinar y criar… Y al otro lado de la estantería, sin tantos colores y las pastas más duras, están los nuevos, sobre mujeres que «persistieron» y se «rebelaron».

    Figuras como Clara Lemlich, que protestó por los derechos laborales de las mujeres en una fábrica en Nueva York, o Virginia Apgar que soñó con ser doctora y aunque no la tomaban en cuenta por mujer, se convirtió en anestesióloga. Está también Amelia Earhart, la primera en volar sola sobre el Océano Atlántico cuando los pilotos eran solo hombres. También Eufrosina Cruz que cambió su destino de vendedora de tortillas a activista y política. Además de Evita Perón, Grace O’Malley, Isabell Allende, Jane Austen, Manal Al-Sharif, Marie Curie, Policarpa Salavarrieta, entre otras varias mujeres que «no dejaron de soñar», que «fueron valientes», «nadaron contra la corriente» y «no se rindieron, pese a los obstáculos».

    marie curie
    Marie no solamente fue la primera mujer, sino también la primera persona en recibir dos Premios Nobel en distintas especialidades: Física (1903) y Química (1911). | Foto: Wikimedia Commons

    Entonces, perdida en esas historias inspiradoras que generaron en mi dicha y orgullo, pensé… ¡Qué injusto! En el deber ser, esto no es algo por aprender. Tener que enseñar a dos niñas que no hay nada malo con ellas, que estos libros existen porque la falla está en el sistema que considera —antes, durante y ahora— que no somos sujetos iguales a los hombres en derechos, oportunidades y garantías; que entre las cosas que necesitamos saber, desde siempre, está el ser valientes solo por existir, a invertir energía en juegos como las escondidas, pero también en que nuestras opciones radican entre ser la princesa o la rebelde.

    En que esa palabra manoseada que suena a «empoderarse», los de siempre encuentran un comodín en los discursos políticos, porque si desde niñas tenemos que ser y enseñar a que se puede, porque otras pudieron, en la adultez nos estrellamos con que únicamente se puede ser si el otro quiere y lo permite.

    Para muestra un botón. De qué sirve revestirlas de escudos protectores e historias inspiradoras, si cuando ellas me preguntan: Tatiana ¿Cuántas mujeres valientes, como las de nuestros libros, toman decisiones en tu país? Mi respuesta es: de 23 ministros, solo son cuatro mujeres, solo cinco son gobernadoras y 23 son gobernadores. En las secretarías solo una es mujer y todos los que aconsejan al Presidente, en un país con más de la mitad de la población femenina, son hombres. Todos.

    ¿Qué me queda por decir? Hipócrita, pero con mucha esperanza les digo: no decaigan, ustedes pueden, pese a las circunstancias, en algún punto de la vida esto va a cambiar y todo lo que aprendieron desde niñas, distinto e injusto a lo que les fue otorgado a sus compañeros, tendrá sus frutos. No por el político de turno, que usa nuestra vulnerabilidad y desventaja como un gancho para atraer esos papeles que encierran su cara y alimentan su ego, sino por nosotras, para ustedes.

    En algún punto de la vida, esto va a cambiar, se los prometo y cuenten conmigo para que el futuro sea enfocarse en ser niñas felices y no aprendices de lo que la sociedad espera de ustedes y luego no libera los espacios para que se cumpla. Que hoy cuestionemos a quienes toman decisiones por nosotras, es el inicio de que el vaso está más que medio lleno.

    Valdrá tanto la pena, que no solo aprenderemos de las historias de quienes estuvieron, sino que ellos también aprenderán que el camino ya no es sin nosotras. En algún punto de la vida esto va a cambiar, el fucking techo de cristal transmutó en que ni el cielo es el límite.

    Juntas inundaremos todos los espacios donde no contaban con nuestra presencia, porque en el colectivo también hay poder, porque si algo sabemos hacer es aprender, pero no a lo que nos dicen que debemos de saber, sino a lo que merecemos tener. 

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