Loola Pérez: «Es imposible ser feminista y militar en la ultraderecha»

La autora de Maldita Feminista contestó una serie de preguntas sobre feminismo y la distancia que ha tomado con el concepto de patriarcado.

Para la filósofa, sexóloga y escritora española Loola Pérez, el feminismo se ha convertido en un nuevo dogma. Sin embargo, se autodenomina feminista. Una no convencional: rebelde, peligrosa, hereje. Maldita. En su libro de ensayos Maldita Feminista (Seix Barral, 2020) hace una crítica a lo que llama “feminismo hegemónico” y propone un nuevo paradigma hacia la igualdad de los sexos. Su punto de vista resulta polémico. Por ejemplo, defiende —a diferencia de muchas voces contemporáneas del movimiento— la prostitución. También opina que “se ha impuesto un tratamiento ideológico a la violencia contra las mujeres cuando se trata de un problema que debería abordarse con criminología”.

A través de un intercambio de correos electrónicos, @DoctoraGlas —como se encuentra en Twitter— habla sobre posturas políticas, su visión del movimiento y feminismo pop. Además, considera que hablar de patriarcado en Occidente es insostenible pues el movimiento “tiende a considerar el patriarcado como el resultado ahistórico de las relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres”. Sin embargo, deja de lado conceptos como el de colonización patriarcal, que buscan —desde el feminismo— explicar la relación entre los procesos históricos en América Latina y la estructura social del patriarcado.

-En el camino feminista hay muchas fases. ¿Cuándo empezaste a sentir conflicto con lo que llamas feminismo hegemónico?

Nunca hubo esa fase, pues he recelado desde el principio del feminismo hegemónico. De hecho, ese feminismo hegemónico es lo que me impedía al principio no sentirme feminista o una auténtica feminista. Leer a Despentes o Paglia me ayudó mucho a entender que el feminismo no era un club de buenas señoritas. Entonces tenía 22 años y aunque sí me sentía feminista no me identificaba con el feminismo más popular. Espero que Maldita feminista pueda ser también inspirador, en un contexto más actual, para muchas personas que tampoco se identifican con el feminismo hegemónico, pero no quieren renunciar al feminismo. Lo que sí es cierto es que a medida que han pasado los años me he vuelto públicamente más crítica y he ganado seguridad en mí misma para expresar “no estoy de acuerdo en esto”, “este posicionamiento es sumamente sensacionalista” o “yo tengo otra opinión”. En mi caso, esa seguridad la he ganado con la edad, pero también a través de experiencias dentro del mismo movimiento feminista. Cuando las cosas no se están haciendo bien o se trabajan de forma muy superficial, una no puede mantenerse callada o mirar a otro lado. Prefiero hacer las cosas bien y ganarme enemigos que asentir a lo que piense una mayoría equivocada. Al final el feminismo no va de caer bien a la gente sino de eliminar la violencia y discriminación contra las mujeres, de buscar la igualdad entre los sexos, de ser más libres… Y para conseguir todo eso a veces hay que ser políticamente incorrecta y aparcar el miedo a tener una mala reputación. 

Vivimos en una sociedad que tiende a la infantilización y en este contexto creo que el feminismo se está definiendo a caballo entre una ideología culpable y una ideología culpabilizadora. Así, de un lado el feminismo es señalado por los grupos ultraconservadores como el culpable de una pérdida de valores, de la promiscuidad, del adoctrinamiento en las aulas… y, por otro, el feminismo hegemónico es utilizado por muchos grupos de izquierdas para imponer códigos de conductas ‘adecuadas’ a hombres y mujeres. Si eres mujer ya no puedes solidarizarte con la lucha de las trabajadoras sexuales sin que te llaman explotadora o proxeneta. Y si eres varón parece que no tienes derecho ni a hablar porque eres un supuesto ‘privilegiado’. En el feminismo hay miedo a la crítica razonada y al argumento razonable. De ahí que la desacreditación, el insulto y la presunción de ‘machista’ sean las herramientas más populares para evitar el debate o desestimar la disidencia. A mí me recuerda al patrón marcado por las religiones, las cuales te calificaban como pecador o hereje cuando te desviabas de los credos y la ortodoxia.

-¿Qué es lo más maldito de tu feminismo?

Quizá que no tengo ningún interés en prologar la infancia mental de la gente. Las personas que siguen mi trabajo o mis reflexiones en redes sociales a menudo me comentan que les invito a hacerse preguntas, a cuestionarse las cosas y que es algo que agradecen. El feminismo actual se ha vuelto muy encorsetado y quizá, cuando una feminista tiene una actitud de apertura o reflexiona en una escala de crisis, es algo que conecta con mucha gente que tiene curiosidad, interés por aprender, amor a la sabiduría… Tengo algún día malo como todo el mundo, pero si algo me caracteriza es que acepto con deportividad que se pueda estar en desacuerdo conmigo siempre y cuando se prescinda del insulto y lo sensacionalista y se ofrezca, por el contrario, una buena argumentación. Con ello no quiero decir que una historia tenga dos versiones o que haya que renunciar a la idea de que la verdad no existe. Lo que pienso es que la verdad, un hecho concreto, puede tener varias interpretaciones si hay pruebas a su favor y en ese caso, la deliberación es más que necesaria. 

En el caso del movimiento feminista, las discusiones sobre algunos temas siguen siendo muy importantes, por ejemplo, en cuanto a la violencia contra las mujeres. En España, por ejemplo, pese a tener una ley muy avanzada en ese aspecto y ser uno de los países europeos con la cifra de violencia contra las mujeres más baja en el ámbito de la pareja o ex pareja, sigue siendo insuficiente. Como feminista, la violencia contra las mujeres a pequeña y a gran escala es una preocupación moral y deberíamos ser capaces de reflexionar sobre si los esfuerzos o las estrategias para su eliminación están siendo apropiadas y eficientes desde las instituciones. Como feminista pienso que se ha impuesto un tratamiento ideológico a la violencia contra las mujeres cuando se trata de un problema que debería abordarse con criminología.

 

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-En el documental Qué coño está pasando dices que el feminismo hegemónico es de corte abolicionista y que, en ese sentido, derecha y feminismo comienzan a parecerse. ¿Por qué?

Sí, el feminismo hegemónico es, generalmente, abolicionista. Cuando digo que derecha y feminismo tienden a parecerse me refiero a su visión normativa y prescriptiva de la sexualidad. Es decir, comparten una mirada conservadora en cuanto a las mujeres y la prostitución. Por supuesto, las raíces de su posicionamiento son muy distintas. Mientras que para los conservadores de derechas el rechazo a la prostitución se justifica en que se trata de una desviación moral y social, en una conducta denigrante para la mujer e incluso pecaminosa; para el feminismo abolicionista la connotación es otra. El feminismo abolicionista entiende la prostitución como una expresión y forma de dominación del patriarcado, en un ejercicio de explotación de los varones sobre las mujeres y que se cristaliza en una industria. 

No obstante, pese a que sus raíces sean distintas, son bastante permeables y se retroalimentan en las políticas públicas que persiguen y criminalizan a las trabajadoras sexuales. Cuando un sector del feminismo es incapaz de aceptar la diferencia entre prostitución y trata de personas con fines de explotación sexual, al final se está cogiendo la parte por el todo, pierden las mujeres que se dedican libremente a la prostitución, aquellas que quieren abandonarla y las más invisibles, las víctimas de trata. 

Las trabajadoras sexuales tienen problemas similares a los de la clase trabajadora, pero también problemas específicos en lo relativo al estigma de la prostitución, la falta de derechos humanos por su condición laboral (persecución policial, dificultad para justificar sus ingresos, etc) o por ser víctimas de las leyes migratorias. Las mujeres que quieren abandonar la prostitución desean alternativas laborales realistas y no acogerse al asistencialismo de los servicios sociales o las ONGs para mal vivir. Y, por último, las víctimas de trata necesitan superar el trauma, ser protegidas por la justicia, muchas veces incluso cambiar de identidad y de nombre, recuperar su vida. ¿Acaso no son todo esto realidades sumamente distintas? 

-Entonces, ¿no se puede ser feminista y ser de derecha?

La derecha tiene muchas expresiones en el mundo. En el contexto de España, sí que creo posible, aunque con algunas reservas y matizaciones, ser de derechas y feminista. Al menos, si se entiende el feminismo como la igualdad entre mujeres y hombres. Ahora bien, cuando el partidismo y la ideología política se coloca por encima del feminismo, se llegará a muchas aporías, hipocresías y laberintos sin salida, pero esto es algo que también se puede observar en quienes se identifican con la izquierda o comparten una visión política moderada. Lo que creo que es imposible es ser feminista y militar en la ultraderecha, pues esos partidos tratan de vincular la desigualdad entre mujeres y hombres con un proyecto nacionalista sumamente agresivo y xenófobo. La extrema derecha justifica y defiende los roles de género tradicionales, la heterosexualidad obligatoria, se opone a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, criminalizan a las asociaciones LGTBI, se mofan de las personas homosexuales y transexuales, persiguen o demonizan la educación sexual y la educación en igualdad… Los partidos de ultraderecha, cuando expresan su rechazo a la violencia que sufren las mujeres, lo hacen de una forma muy demagógica, tratando de vincular migración con violencia de género… Aquí entrarían representantes políticos como Abascal en España, Bolsonaro en Brasil, Lepen en Francia o Salvini en Italia.

– En una entrevista decías que piensas que “hablar de patriarcado en occidente es algo insostenible”, porque sería como negar todo lo conseguido en democracia, como las leyes y los derechos. Sin embargo, en Latinoamérica, también parte del occidente, el trabajo doméstico sigue siendo mayormente realizado por mujeres, aunque ellas trabajen igual número de horas que sus parejas hombres. Asimismo, en países como Ecuador, Honduras, Brasil y Nicaragua, el aborto legal sigue siendo una utopía. ¿Podemos decirles a las mujeres de América Latina que el patriarcado es un viejo fantasma? ¿O el concepto de occidente que mencionabas aplica solo a Europa?

Creo que esta pregunta parte de una visión equivocada sobre la teoría del patriarcado. En general, en el pensamiento feminista, existe la tendencia de considerar el patriarcado como el resultado exclusivo y ahistórico de las relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres. Es una explicación simplista, lineal y universalista, mera aporía. Encapsula la responsabilidad individual de las mujeres y simplifica causas y fenómenos que requieren un análisis más profundo. Por ejemplo, ¿si todo es culpa del patriarcado para qué realizar estudios sobre la violencia sexual o sobre las creencias que hacen que algunos países todavía persigan el aborto terapéutico? La teoría del patriarcado tampoco tiene en cuenta la historia de los diferentes territorios y deja fuera hechos como, por ejemplo, la colonización. 

Hay que prestar atención a otros aspectos que pueden encontrarse en una organización patriarcal como las estructuras de parentesco, la división del trabajo basada tanto en las diferencias biológicas como jerárquicas o que existen mujeres que explotan a otras mujeres. Cuando digo que en Occidente es insostenible hablar de patriarcado me refiero que no todas las discriminaciones y violencias que sufren las mujeres en el mundo se pueden justificar en una dominación masculina. Cabe no aplicar la presunción de machismo a todos los conflictos entre hombre y mujer. Pero decir esto no es negar las violencias y discriminaciones que sufren las mujeres sino que, en términos discursivos, plantea una renovación y se abre a otros planteamientos y realidades contextuales. 

En relación a las profesiones, lo que defiendo es que los estereotipos culturales no son el único factor que hace posible esa brecha de género. Valoro que las motivaciones e intereses de las personas son variados y no son extensibles a todo un grupo. Hay mujeres que privilegian la familia al trabajo, ¿eso se puede justificar como un elemento que justifique la desigualdad o como una elección individual? Para mí eso es una elección individual. Yo no sé si antepondría mi carrera profesional al cuidado de unos hijos, pero entiendo que haya mujeres que no piensen como yo. Habrá también situaciones diferentes, por ejemplo, mujeres que quieran aspirar a tener más responsabilidad en su puesto de trabajo y sean ninguneadas porque sus superiores crean que ‘no conviene’ porque es madre. Eso es, en cambio, un trato discriminatorio. Mucho más si se elige a un candidato varón sin importar ni valorar que es padre. La maternidad, a diferencia de la paternidad, puede penalizar y actualmente, penaliza a muchas mujeres.

-Eres muy crítica con el feminismo hegemónico. ¿Qué pasaría si el feminismo por el que apuestas se convirtiera en la norma?

No lo sé y no creo que viva para verlo (risas).

-Otra de tus críticas es hacia el ‘feminismo pop’ por ser superficial. Sin embargo, podría ser la puerta de entrada para muchas mujeres para profundizar, posteriormente, en un feminismo desde la teoría. ¿No es mejor —como dice la estadounidense Roxane Gay— ser una mala feminista que no ser feminista en absoluto?

Lo interesante es analizar si los estímulos que ofrece el feminismo pop son suficientes para crear pensamiento y compromiso feminista, si invitan a la revisión teórica o si tiene una implicación transformadora en la vida de la gente. Hay que reflexionar sobre si los valores que encontramos en los símbolos feministas, esos que invaden la cultura popular, poseen un significado distinto cuando te lo vende una mujer privilegiada que es imagen de multitud de marcas. Se corre el riesgo de que el feminismo se convierta en un producto y de que se despoje a la reivindicación de la igualdad de género de su carácter subversivo y transformador para convertirse en el fetiche en una economía de mercado. De hecho, pienso que adaptar el feminismo a esos términos puede llevar a que el mensaje se desgaste, se vuelva superficial. Gay se define como mala feminista porque no cumple con las expectativas de un feminismo bienpensante, pero no se considera mala feminista por su tendencia a un supuesto feminismo pop. Creo que es importante añadir ese matiz.

-Una de tus premisas es que el feminismo radical victimiza a las mujeres. Sin embargo, muchas mujeres sí han sido víctimas de diferentes tipos de violencia de género, desde la psicológica, hasta la física, llegando al caso más extremo: el femicidio. ¿Cuáles deberían ser entonces sus narrativas desde el feminismo?

Que exista un feminismo que victimice a las mujeres y las trate continuamente de pobrecitas o como menores de edad no significa, en ningún momento, que no existan mujeres que hayan sido víctimas de violencia de género, que hayan sufrido una violación, que hayan sido forzadas a casarse siendo niñas… Es muy importante entender esto porque no es lo mismo un discurso feminista que trata de legitimar sus opiniones a través de la victimización de las mujeres a algo concreto, medible y real como es que en el mundo haya mujeres que sufren este tipo de violencias. 

Como dije anteriormente, el feminismo tiene que aparcar su visión ideológica sobre estas realidades. Personalmente, me inclino por el modelo ecológico para comprender la violencia contra las mujeres. Es una propuesta multifactorial y contempla distintos niveles de influencia, recíprocos e interrelacionados: el nivel social, el comunitario, el familiar y el individual. Defiende que la conducta es el resultado de la interacción entre los elementos ontogénicos y de socialización. El sujeto no se concibe como pasivo sino que es considerado un agente activo en un entorno dinámico. En mi opinión, el modelo ecológico constituye un marco de análisis muy sugerente tanto para comprender la violencia de género como para formular las intervenciones de reinserción y reeducación del condenado por violencia de género. 

El modelo ecológico es una alternativa a los modelos tradicionales que se centran en los factores de riesgo que se relacionan con el agresor y la víctima. Factores como la falta de control de impulsos, el afrontamiento violento del conflicto o los mitos sobre las relaciones de pareja se contemplan en el nivel individual, pero también pueden estar condicionados por la cultura y la propia historia personal del sujeto y ser entonces contemplados también en el nivel familiar, social y comunitario. 

Puede sonar extraño, pero el modelo ecológico me ha reconciliado con la perspectiva psicopatológica. La expresión de los factores de personalidad en los delincuentes de violencia de género se ha convertido en un aspecto muy atractivo para mí desde el punto de vista académico, pero siempre me ha despertado muchas contradicciones por la influencia moduladora del ambiente en la conducta de los individuos.

Otra narrativa que creo que resulta urgente reivindicar desde el feminismo es que las diferencias entre mujeres y hombres no solo responden a la socialización sino también a cuestiones hormonales, genéticas, biológicas, psicológicas…Por ejemplo, la teoría de la performatividad de Butler está desfasada. Su obra El género en disputa es infumable y pasa por alto la evidencia biológica sobre los sexos o la influencia de las hormonas sexuales en el periodo prenatal, entre otras cuestiones. A través del trágico experimento del sexólogo John Money con David Reimer reflexiono sobre lo peligroso y negligente que, en el ámbito sexual, puede ser llevar el constructivismo social al extremo. 

Me preocupa que Butler y muchas de sus admiradores omitan conocimientos tan elementales como que la secreción de hormonas está regulada por un complejo eje hipófisis-hipotálamo o que andrógenos y estrógenos tienen un efecto diferente en el cerebro. Con esto no quiero decir que haya que abandonar o despreciar la herencia cultural en los estudios y obras feministas o que haya que caer en el neogenetismo que atribuye el comportamiento social a imperativos de la especie. Ni tampoco que las diferencias se puedan aplicar estrictamente a todos los hombres y mujeres del mundo o que esas diferencias se utilicen para designar un papel natural a unos y a otras. Lo que creo es que no hay que incorporar también la herencia biológica a cómo abordamos las cuestiones de género y los problemas de los sexos. Además, muchos estudios sobre las diferencias entre los sexos han sido dirigidos por mujeres, es el caso de Margo Wilson, Helen Fisher, Leda Cosmides, Meredith Small o Melisa Hines.  

 

Esta entrevista se publicó originalmente en la edición 422 del suplemento cultural Cartón Piedra, que se distribuyó de manera digital en mayo de 2020.

  • Periodista y editora con más de 10 años de experiencia. Ha trabajado en medios locales como El Comercio, Vistazo, Expreso y Primicias. Es exbecaria del International Center for Journalists (2019), la International Women's Media Foundation y el programa Reham Al-Farrah de la ONU (2021). En 2018 ganó el premio Jorge Mantilla Ortega y en 2020 fue finalista del premio Roche de periodismo en salud, edición Ecuador. En los últimos años su cobertura se ha centrado en la violencia basada en género y los derechos de las mujeres.

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    A través de un intercambio de correos electrónicos, @DoctoraGlas —como se encuentra en Twitter— habla sobre posturas políticas, su visión del movimiento y feminismo pop. Además, considera que hablar de patriarcado en Occidente es insostenible pues el movimiento “tiende a considerar el patriarcado como el resultado ahistórico de las relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres”. Sin embargo, deja de lado conceptos como el de colonización patriarcal, que buscan —desde el feminismo— explicar la relación entre los procesos históricos en América Latina y la estructura social del patriarcado.

    -En el camino feminista hay muchas fases. ¿Cuándo empezaste a sentir conflicto con lo que llamas feminismo hegemónico?

    Nunca hubo esa fase, pues he recelado desde el principio del feminismo hegemónico. De hecho, ese feminismo hegemónico es lo que me impedía al principio no sentirme feminista o una auténtica feminista. Leer a Despentes o Paglia me ayudó mucho a entender que el feminismo no era un club de buenas señoritas. Entonces tenía 22 años y aunque sí me sentía feminista no me identificaba con el feminismo más popular. Espero que Maldita feminista pueda ser también inspirador, en un contexto más actual, para muchas personas que tampoco se identifican con el feminismo hegemónico, pero no quieren renunciar al feminismo. Lo que sí es cierto es que a medida que han pasado los años me he vuelto públicamente más crítica y he ganado seguridad en mí misma para expresar “no estoy de acuerdo en esto”, “este posicionamiento es sumamente sensacionalista” o “yo tengo otra opinión”. En mi caso, esa seguridad la he ganado con la edad, pero también a través de experiencias dentro del mismo movimiento feminista. Cuando las cosas no se están haciendo bien o se trabajan de forma muy superficial, una no puede mantenerse callada o mirar a otro lado. Prefiero hacer las cosas bien y ganarme enemigos que asentir a lo que piense una mayoría equivocada. Al final el feminismo no va de caer bien a la gente sino de eliminar la violencia y discriminación contra las mujeres, de buscar la igualdad entre los sexos, de ser más libres… Y para conseguir todo eso a veces hay que ser políticamente incorrecta y aparcar el miedo a tener una mala reputación. 

    Vivimos en una sociedad que tiende a la infantilización y en este contexto creo que el feminismo se está definiendo a caballo entre una ideología culpable y una ideología culpabilizadora. Así, de un lado el feminismo es señalado por los grupos ultraconservadores como el culpable de una pérdida de valores, de la promiscuidad, del adoctrinamiento en las aulas… y, por otro, el feminismo hegemónico es utilizado por muchos grupos de izquierdas para imponer códigos de conductas ‘adecuadas’ a hombres y mujeres. Si eres mujer ya no puedes solidarizarte con la lucha de las trabajadoras sexuales sin que te llaman explotadora o proxeneta. Y si eres varón parece que no tienes derecho ni a hablar porque eres un supuesto ‘privilegiado’. En el feminismo hay miedo a la crítica razonada y al argumento razonable. De ahí que la desacreditación, el insulto y la presunción de ‘machista’ sean las herramientas más populares para evitar el debate o desestimar la disidencia. A mí me recuerda al patrón marcado por las religiones, las cuales te calificaban como pecador o hereje cuando te desviabas de los credos y la ortodoxia.

    -¿Qué es lo más maldito de tu feminismo?

    Quizá que no tengo ningún interés en prologar la infancia mental de la gente. Las personas que siguen mi trabajo o mis reflexiones en redes sociales a menudo me comentan que les invito a hacerse preguntas, a cuestionarse las cosas y que es algo que agradecen. El feminismo actual se ha vuelto muy encorsetado y quizá, cuando una feminista tiene una actitud de apertura o reflexiona en una escala de crisis, es algo que conecta con mucha gente que tiene curiosidad, interés por aprender, amor a la sabiduría… Tengo algún día malo como todo el mundo, pero si algo me caracteriza es que acepto con deportividad que se pueda estar en desacuerdo conmigo siempre y cuando se prescinda del insulto y lo sensacionalista y se ofrezca, por el contrario, una buena argumentación. Con ello no quiero decir que una historia tenga dos versiones o que haya que renunciar a la idea de que la verdad no existe. Lo que pienso es que la verdad, un hecho concreto, puede tener varias interpretaciones si hay pruebas a su favor y en ese caso, la deliberación es más que necesaria. 

    En el caso del movimiento feminista, las discusiones sobre algunos temas siguen siendo muy importantes, por ejemplo, en cuanto a la violencia contra las mujeres. En España, por ejemplo, pese a tener una ley muy avanzada en ese aspecto y ser uno de los países europeos con la cifra de violencia contra las mujeres más baja en el ámbito de la pareja o ex pareja, sigue siendo insuficiente. Como feminista, la violencia contra las mujeres a pequeña y a gran escala es una preocupación moral y deberíamos ser capaces de reflexionar sobre si los esfuerzos o las estrategias para su eliminación están siendo apropiadas y eficientes desde las instituciones. Como feminista pienso que se ha impuesto un tratamiento ideológico a la violencia contra las mujeres cuando se trata de un problema que debería abordarse con criminología.

     

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    -En el documental Qué coño está pasando dices que el feminismo hegemónico es de corte abolicionista y que, en ese sentido, derecha y feminismo comienzan a parecerse. ¿Por qué?

    Sí, el feminismo hegemónico es, generalmente, abolicionista. Cuando digo que derecha y feminismo tienden a parecerse me refiero a su visión normativa y prescriptiva de la sexualidad. Es decir, comparten una mirada conservadora en cuanto a las mujeres y la prostitución. Por supuesto, las raíces de su posicionamiento son muy distintas. Mientras que para los conservadores de derechas el rechazo a la prostitución se justifica en que se trata de una desviación moral y social, en una conducta denigrante para la mujer e incluso pecaminosa; para el feminismo abolicionista la connotación es otra. El feminismo abolicionista entiende la prostitución como una expresión y forma de dominación del patriarcado, en un ejercicio de explotación de los varones sobre las mujeres y que se cristaliza en una industria. 

    No obstante, pese a que sus raíces sean distintas, son bastante permeables y se retroalimentan en las políticas públicas que persiguen y criminalizan a las trabajadoras sexuales. Cuando un sector del feminismo es incapaz de aceptar la diferencia entre prostitución y trata de personas con fines de explotación sexual, al final se está cogiendo la parte por el todo, pierden las mujeres que se dedican libremente a la prostitución, aquellas que quieren abandonarla y las más invisibles, las víctimas de trata. 

    Las trabajadoras sexuales tienen problemas similares a los de la clase trabajadora, pero también problemas específicos en lo relativo al estigma de la prostitución, la falta de derechos humanos por su condición laboral (persecución policial, dificultad para justificar sus ingresos, etc) o por ser víctimas de las leyes migratorias. Las mujeres que quieren abandonar la prostitución desean alternativas laborales realistas y no acogerse al asistencialismo de los servicios sociales o las ONGs para mal vivir. Y, por último, las víctimas de trata necesitan superar el trauma, ser protegidas por la justicia, muchas veces incluso cambiar de identidad y de nombre, recuperar su vida. ¿Acaso no son todo esto realidades sumamente distintas? 

    -Entonces, ¿no se puede ser feminista y ser de derecha?

    La derecha tiene muchas expresiones en el mundo. En el contexto de España, sí que creo posible, aunque con algunas reservas y matizaciones, ser de derechas y feminista. Al menos, si se entiende el feminismo como la igualdad entre mujeres y hombres. Ahora bien, cuando el partidismo y la ideología política se coloca por encima del feminismo, se llegará a muchas aporías, hipocresías y laberintos sin salida, pero esto es algo que también se puede observar en quienes se identifican con la izquierda o comparten una visión política moderada. Lo que creo que es imposible es ser feminista y militar en la ultraderecha, pues esos partidos tratan de vincular la desigualdad entre mujeres y hombres con un proyecto nacionalista sumamente agresivo y xenófobo. La extrema derecha justifica y defiende los roles de género tradicionales, la heterosexualidad obligatoria, se opone a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, criminalizan a las asociaciones LGTBI, se mofan de las personas homosexuales y transexuales, persiguen o demonizan la educación sexual y la educación en igualdad… Los partidos de ultraderecha, cuando expresan su rechazo a la violencia que sufren las mujeres, lo hacen de una forma muy demagógica, tratando de vincular migración con violencia de género… Aquí entrarían representantes políticos como Abascal en España, Bolsonaro en Brasil, Lepen en Francia o Salvini en Italia.

    – En una entrevista decías que piensas que “hablar de patriarcado en occidente es algo insostenible”, porque sería como negar todo lo conseguido en democracia, como las leyes y los derechos. Sin embargo, en Latinoamérica, también parte del occidente, el trabajo doméstico sigue siendo mayormente realizado por mujeres, aunque ellas trabajen igual número de horas que sus parejas hombres. Asimismo, en países como Ecuador, Honduras, Brasil y Nicaragua, el aborto legal sigue siendo una utopía. ¿Podemos decirles a las mujeres de América Latina que el patriarcado es un viejo fantasma? ¿O el concepto de occidente que mencionabas aplica solo a Europa?

    Creo que esta pregunta parte de una visión equivocada sobre la teoría del patriarcado. En general, en el pensamiento feminista, existe la tendencia de considerar el patriarcado como el resultado exclusivo y ahistórico de las relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres. Es una explicación simplista, lineal y universalista, mera aporía. Encapsula la responsabilidad individual de las mujeres y simplifica causas y fenómenos que requieren un análisis más profundo. Por ejemplo, ¿si todo es culpa del patriarcado para qué realizar estudios sobre la violencia sexual o sobre las creencias que hacen que algunos países todavía persigan el aborto terapéutico? La teoría del patriarcado tampoco tiene en cuenta la historia de los diferentes territorios y deja fuera hechos como, por ejemplo, la colonización. 

    Hay que prestar atención a otros aspectos que pueden encontrarse en una organización patriarcal como las estructuras de parentesco, la división del trabajo basada tanto en las diferencias biológicas como jerárquicas o que existen mujeres que explotan a otras mujeres. Cuando digo que en Occidente es insostenible hablar de patriarcado me refiero que no todas las discriminaciones y violencias que sufren las mujeres en el mundo se pueden justificar en una dominación masculina. Cabe no aplicar la presunción de machismo a todos los conflictos entre hombre y mujer. Pero decir esto no es negar las violencias y discriminaciones que sufren las mujeres sino que, en términos discursivos, plantea una renovación y se abre a otros planteamientos y realidades contextuales. 

    En relación a las profesiones, lo que defiendo es que los estereotipos culturales no son el único factor que hace posible esa brecha de género. Valoro que las motivaciones e intereses de las personas son variados y no son extensibles a todo un grupo. Hay mujeres que privilegian la familia al trabajo, ¿eso se puede justificar como un elemento que justifique la desigualdad o como una elección individual? Para mí eso es una elección individual. Yo no sé si antepondría mi carrera profesional al cuidado de unos hijos, pero entiendo que haya mujeres que no piensen como yo. Habrá también situaciones diferentes, por ejemplo, mujeres que quieran aspirar a tener más responsabilidad en su puesto de trabajo y sean ninguneadas porque sus superiores crean que ‘no conviene’ porque es madre. Eso es, en cambio, un trato discriminatorio. Mucho más si se elige a un candidato varón sin importar ni valorar que es padre. La maternidad, a diferencia de la paternidad, puede penalizar y actualmente, penaliza a muchas mujeres.

    -Eres muy crítica con el feminismo hegemónico. ¿Qué pasaría si el feminismo por el que apuestas se convirtiera en la norma?

    No lo sé y no creo que viva para verlo (risas).

    -Otra de tus críticas es hacia el ‘feminismo pop’ por ser superficial. Sin embargo, podría ser la puerta de entrada para muchas mujeres para profundizar, posteriormente, en un feminismo desde la teoría. ¿No es mejor —como dice la estadounidense Roxane Gay— ser una mala feminista que no ser feminista en absoluto?

    Lo interesante es analizar si los estímulos que ofrece el feminismo pop son suficientes para crear pensamiento y compromiso feminista, si invitan a la revisión teórica o si tiene una implicación transformadora en la vida de la gente. Hay que reflexionar sobre si los valores que encontramos en los símbolos feministas, esos que invaden la cultura popular, poseen un significado distinto cuando te lo vende una mujer privilegiada que es imagen de multitud de marcas. Se corre el riesgo de que el feminismo se convierta en un producto y de que se despoje a la reivindicación de la igualdad de género de su carácter subversivo y transformador para convertirse en el fetiche en una economía de mercado. De hecho, pienso que adaptar el feminismo a esos términos puede llevar a que el mensaje se desgaste, se vuelva superficial. Gay se define como mala feminista porque no cumple con las expectativas de un feminismo bienpensante, pero no se considera mala feminista por su tendencia a un supuesto feminismo pop. Creo que es importante añadir ese matiz.

    -Una de tus premisas es que el feminismo radical victimiza a las mujeres. Sin embargo, muchas mujeres sí han sido víctimas de diferentes tipos de violencia de género, desde la psicológica, hasta la física, llegando al caso más extremo: el femicidio. ¿Cuáles deberían ser entonces sus narrativas desde el feminismo?

    Que exista un feminismo que victimice a las mujeres y las trate continuamente de pobrecitas o como menores de edad no significa, en ningún momento, que no existan mujeres que hayan sido víctimas de violencia de género, que hayan sufrido una violación, que hayan sido forzadas a casarse siendo niñas… Es muy importante entender esto porque no es lo mismo un discurso feminista que trata de legitimar sus opiniones a través de la victimización de las mujeres a algo concreto, medible y real como es que en el mundo haya mujeres que sufren este tipo de violencias. 

    Como dije anteriormente, el feminismo tiene que aparcar su visión ideológica sobre estas realidades. Personalmente, me inclino por el modelo ecológico para comprender la violencia contra las mujeres. Es una propuesta multifactorial y contempla distintos niveles de influencia, recíprocos e interrelacionados: el nivel social, el comunitario, el familiar y el individual. Defiende que la conducta es el resultado de la interacción entre los elementos ontogénicos y de socialización. El sujeto no se concibe como pasivo sino que es considerado un agente activo en un entorno dinámico. En mi opinión, el modelo ecológico constituye un marco de análisis muy sugerente tanto para comprender la violencia de género como para formular las intervenciones de reinserción y reeducación del condenado por violencia de género. 

    El modelo ecológico es una alternativa a los modelos tradicionales que se centran en los factores de riesgo que se relacionan con el agresor y la víctima. Factores como la falta de control de impulsos, el afrontamiento violento del conflicto o los mitos sobre las relaciones de pareja se contemplan en el nivel individual, pero también pueden estar condicionados por la cultura y la propia historia personal del sujeto y ser entonces contemplados también en el nivel familiar, social y comunitario. 

    Puede sonar extraño, pero el modelo ecológico me ha reconciliado con la perspectiva psicopatológica. La expresión de los factores de personalidad en los delincuentes de violencia de género se ha convertido en un aspecto muy atractivo para mí desde el punto de vista académico, pero siempre me ha despertado muchas contradicciones por la influencia moduladora del ambiente en la conducta de los individuos.

    Otra narrativa que creo que resulta urgente reivindicar desde el feminismo es que las diferencias entre mujeres y hombres no solo responden a la socialización sino también a cuestiones hormonales, genéticas, biológicas, psicológicas…Por ejemplo, la teoría de la performatividad de Butler está desfasada. Su obra El género en disputa es infumable y pasa por alto la evidencia biológica sobre los sexos o la influencia de las hormonas sexuales en el periodo prenatal, entre otras cuestiones. A través del trágico experimento del sexólogo John Money con David Reimer reflexiono sobre lo peligroso y negligente que, en el ámbito sexual, puede ser llevar el constructivismo social al extremo. 

    Me preocupa que Butler y muchas de sus admiradores omitan conocimientos tan elementales como que la secreción de hormonas está regulada por un complejo eje hipófisis-hipotálamo o que andrógenos y estrógenos tienen un efecto diferente en el cerebro. Con esto no quiero decir que haya que abandonar o despreciar la herencia cultural en los estudios y obras feministas o que haya que caer en el neogenetismo que atribuye el comportamiento social a imperativos de la especie. Ni tampoco que las diferencias se puedan aplicar estrictamente a todos los hombres y mujeres del mundo o que esas diferencias se utilicen para designar un papel natural a unos y a otras. Lo que creo es que no hay que incorporar también la herencia biológica a cómo abordamos las cuestiones de género y los problemas de los sexos. Además, muchos estudios sobre las diferencias entre los sexos han sido dirigidos por mujeres, es el caso de Margo Wilson, Helen Fisher, Leda Cosmides, Meredith Small o Melisa Hines.  

     

    Esta entrevista se publicó originalmente en la edición 422 del suplemento cultural Cartón Piedra, que se distribuyó de manera digital en mayo de 2020.

    • Periodista y editora con más de 10 años de experiencia. Ha trabajado en medios locales como El Comercio, Vistazo, Expreso y Primicias. Es exbecaria del International Center for Journalists (2019), la International Women's Media Foundation y el programa Reham Al-Farrah de la ONU (2021). En 2018 ganó el premio Jorge Mantilla Ortega y en 2020 fue finalista del premio Roche de periodismo en salud, edición Ecuador. En los últimos años su cobertura se ha centrado en la violencia basada en género y los derechos de las mujeres.

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