El miedo a estar «gorda»

Esta es la historia de cómo una bloguera se topó con el miedo a engordar mientras llevaba un blog de comida en medio de una cultura gordofóbica, y luego fue a terapia para liberarse poco a poco de esas excesivas ganas de control. Esa bloguera soy yo.

MARÍA SILVIA AGUIRRE

La escritora colombiana Amalia Andrade escribe en su libro sobre los miedos que lo verdaderamente miedoso es cómo el miedo nos paraliza, nos aniquila, nos deja despojados de razón.  Así me siento cuando estoy en una mesa sin saber qué me van servir dos horas después de que decidí que ya no podía darme más permiso para comer. 

Ese fue uno de los superpoderes que me dejó hacer terapia: aceptar que tengo miedo a engordar. Decirlo en alto, escribirlo, es bastante. Es un gran paso. Y contar mi historia también.

Crecí siendo una niña gordita. Me ponía tallas XL para arriba y la temporada playera la pasaba en un entero. Sin embargo, jamás he tenido una autoestima tan fuerte como cuando estaba entre mis 10-12 años. Me encantaba cómo me veía, no tenía problema, si me decían que era llenita, jamás sentía que era un insulto. Mi cuerpo era mío, como escribe la sexóloga, activista y autora estadounidense Virgie Tovar. 

A mis 18 años decidí que sería buena idea bajar de peso: si todas lo hacían, ¿por qué yo no? Empecé a escuchar que la gente se cuidaba para verse linda en vestido de graduación y mostrar la espalda sin llantas. Yo también puedo, pensaba. Y pude. 

En dos meses bajé 10 libras. En los siguientes dos  meses, 10 más. A la mitad de ese año, a vísperas de mi cumpleaños, empecé a escuchar los tan esperados qué bien que estás. Y el grandioso, triunfante y esperanzador estás flaca. Fue un buen tiempo en que me sentía deliciosa, hermosa, ganadora. Pero esa sensación no duró para siempre. 

Cuando todos se acostumbraron a verme como me veía y los ojos ya no eran de sorpresa, me dije que podía más. Así llegué al camino de las restricciones, a ser víctima de las dietas, de las redes, de los comentarios y caí en el hueco oscuro de la gordofobia —aunque desde hace tiempo ya se manifestaba a mi alrededor—. 

Paralelamente, empecé a escribir, y había descubierto que la comida era una excelente inspiración de historias. Todo desencadenó en un trastorno de conducta alimentaria y ni siquiera me di cuenta. Me obsesioné con la comida, con escogerla supuestamente bien y controlar cómo respondía mi cuerpo. Ahora que lo pienso: era demasiado retorcido. 

Pero no duró para siempre. Cuando no menstrué por tres meses y le tuve que decir a mi mamá llorando que se me partía la cabeza cada vez que pensaba en qué tenía que comer, acudí a una nutricionista. Me ayudó, muchísimo y por años. Mi relación con la comida mejoró, descubrí el balance, la combinación, entre otras cosas… pero quedaron estragos. Grandes. No me libré de la culpa. No confiaba del todo en mi proceso, en el movimiento y ejercicio que me gustaba hacer: seguía obsesionada con medirlo todo, estructurada, agarrada a la rutina, a lo que ya me había funcionado antes. 

Lo peor es que realmente no quería hacerlo. Como Tovar explica, las mujeres no nos ponemos a dieta porque queramos, sino porque sentimos que tenemos que hacerlo. Llevaba en mí esa sensación de obligación. 

No estaba tranquila. Y sí, era la ansiedad asomando, presentando un escenario irreal: te vas a engordar y te lo van a gritar en la cara. Te van a decir que eres una cerda. Te van a preguntar qué pasó con todo tu trabajo. Y mientes, mientes cada vez que escribes en tu blog personal que en la mesa eres completamente feliz.

Y lo peor, lo peor de todo, me aterraba empezar de nuevo. Mi cabecita me decía: si vuelvo a ser como era, voy a tener ganas de empezar de nuevo y caer nuevamente en esa oscuridad. Y no, no quiero. Si le pudiera decir algo a mi yo de los 18 años, sería eso: hazlo, con cuidado, quiérete, deja de exigirte tanto. 

Pero ya, estoy aquí. Tengo 26 y este año decidí ir a terapia para trabajar con mi obsesión. Por eso escribo esta historia —esta confesión— y quiero decirles algo: háblenlo. Es increíble cuántos te entiendo, me pasa, siento que estoy loca, recibo al comentarlo. Háblenlo con un profesional, con una amiga, con su mamá o con quien sea la persona que las entienda y las hagan sentir que no están solas. 

Cuando lo hablo en terapia, me siento acompañada. Ha sido tan reconfortante. Allí descubrí el poder de la escritura para soltar, para plasmar emociones, para entenderme más y llevarme mejor conmigo. Algunas sesiones después, estoy tan orgullosa de mis logros: decirlo en voz alta, no hacerle caso a mis reglas de alimentación, no dejar que la obsesión decida por mí al momento de comer, enfocarme en el momento y no en la comida. Incluso, un día me tomé el atrevimiento de cambiarme una falda porque me apretaba y decidí ponerme algo más flojo para estar cómoda… jamás he sido tan valiente. Lo prometo. Incluso, dejé de escribir en mi blog de años, donde reinaban las historias alrededor la comida. Confieso que son verdaderas, pero si pudiera escribir el detrás de escena, diría que muchos de esos platos venían con un bajativo: la culpa

Hago estas confesiones para que sepan que un desorden alimenticio lo viven también quienes sonríen mucho, las que ponen video tras video de una mesa con la canción perfecta… ¡la perfección no existe! Y, para que leyéndome, contribuyan de ALGUNA MANERA a combatir la gordofobia que tanto amenaza a nuestra comunidad.

Si eres una estudiante de colegio, aprovecha la psicóloga; igual en la universidad si existe ese recurso. Si los medios te permiten, acude a un profesional. Si tienes acceso a Internet, busca aplicaciones o páginas web que te permitan abordar el tema. Lee a Roxane Gay, a Virgie Tovar, a María del Mar Ramón, a Thalíe Ponce, a Juzz Pincay, a Valeria Constante… ¡no estás sola! 

Aún sigo trabajando: sigo siendo víctima de la balanza, de los comentarios, de las miradas. Soy también mi propia víctima. Me he llegado a decir que quiero repetir los mejores momentos de mi vida, donde en el backstage de mis risas estaba el fuck, ya he comido suficiente, déjeme regresar a mi rutina. Pero mi psicóloga me enseñó a que todo esos momentos me hicieron quien soy, a conocerme, a querer mis debilidades y tomar mejores decisiones ahora en adelante. 

Y ahora que lo pienso, no sé qué tanto puedo decir que no escribo sobre comida, porque si algo he aprendido: escribir sobre comida es escribir sobre alimentación, nutrición, salud, el cuerpo… todo depende de qué quiera escribir y decirles a través de mi escritura. 

Por favor, no me digas ni a mí ni a nadie que por verse relativamente pequeña, significa que no está sufriendo. Los trastornos de conducta alimentaria no tienen tamaño, y a veces habitan más en la mente que en el cuerpo. 

A vísperas de 2022, donde se nos contagia las ganas de hacer resoluciones de año nuevo, me prometo que seguiré esforzándome por trabajar en mí, por llevarme mejor con mi miedo a engordar, con empezar a querer mi cuerpo y por cómo se pone por cómo lo trato, por disfrutar de las personas que acompañan los platos más que la cantidad de calorías de estos. 

Quiero trabajar en mi flexibilidad, quiero vivir consciente de que no tengo que cambiar mi cuerpo sino cómo me siento. Quiero gozar de lo espontáneo, quiero amarme incondicionalmente, quiero comerme el postre primero y sin culpa, quiero pedir más vino para igualar a mis amigos, quiero decirle que sí a mi novio cuando me diga que comamos pizza los martes, quiero celebrar con la familia cualquier logro con un banquete. 

Soy más de lo que como. Soy más que la comida. Soy más que mi peso y mi apariencia. Soy solo María Silvia. 

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    MARÍA SILVIA AGUIRRE

    La escritora colombiana Amalia Andrade escribe en su libro sobre los miedos que lo verdaderamente miedoso es cómo el miedo nos paraliza, nos aniquila, nos deja despojados de razón.  Así me siento cuando estoy en una mesa sin saber qué me van servir dos horas después de que decidí que ya no podía darme más permiso para comer. 

    Ese fue uno de los superpoderes que me dejó hacer terapia: aceptar que tengo miedo a engordar. Decirlo en alto, escribirlo, es bastante. Es un gran paso. Y contar mi historia también.

    Crecí siendo una niña gordita. Me ponía tallas XL para arriba y la temporada playera la pasaba en un entero. Sin embargo, jamás he tenido una autoestima tan fuerte como cuando estaba entre mis 10-12 años. Me encantaba cómo me veía, no tenía problema, si me decían que era llenita, jamás sentía que era un insulto. Mi cuerpo era mío, como escribe la sexóloga, activista y autora estadounidense Virgie Tovar. 

    A mis 18 años decidí que sería buena idea bajar de peso: si todas lo hacían, ¿por qué yo no? Empecé a escuchar que la gente se cuidaba para verse linda en vestido de graduación y mostrar la espalda sin llantas. Yo también puedo, pensaba. Y pude. 

    En dos meses bajé 10 libras. En los siguientes dos  meses, 10 más. A la mitad de ese año, a vísperas de mi cumpleaños, empecé a escuchar los tan esperados qué bien que estás. Y el grandioso, triunfante y esperanzador estás flaca. Fue un buen tiempo en que me sentía deliciosa, hermosa, ganadora. Pero esa sensación no duró para siempre. 

    Cuando todos se acostumbraron a verme como me veía y los ojos ya no eran de sorpresa, me dije que podía más. Así llegué al camino de las restricciones, a ser víctima de las dietas, de las redes, de los comentarios y caí en el hueco oscuro de la gordofobia —aunque desde hace tiempo ya se manifestaba a mi alrededor—. 

    Paralelamente, empecé a escribir, y había descubierto que la comida era una excelente inspiración de historias. Todo desencadenó en un trastorno de conducta alimentaria y ni siquiera me di cuenta. Me obsesioné con la comida, con escogerla supuestamente bien y controlar cómo respondía mi cuerpo. Ahora que lo pienso: era demasiado retorcido. 

    Pero no duró para siempre. Cuando no menstrué por tres meses y le tuve que decir a mi mamá llorando que se me partía la cabeza cada vez que pensaba en qué tenía que comer, acudí a una nutricionista. Me ayudó, muchísimo y por años. Mi relación con la comida mejoró, descubrí el balance, la combinación, entre otras cosas… pero quedaron estragos. Grandes. No me libré de la culpa. No confiaba del todo en mi proceso, en el movimiento y ejercicio que me gustaba hacer: seguía obsesionada con medirlo todo, estructurada, agarrada a la rutina, a lo que ya me había funcionado antes. 

    Lo peor es que realmente no quería hacerlo. Como Tovar explica, las mujeres no nos ponemos a dieta porque queramos, sino porque sentimos que tenemos que hacerlo. Llevaba en mí esa sensación de obligación. 

    No estaba tranquila. Y sí, era la ansiedad asomando, presentando un escenario irreal: te vas a engordar y te lo van a gritar en la cara. Te van a decir que eres una cerda. Te van a preguntar qué pasó con todo tu trabajo. Y mientes, mientes cada vez que escribes en tu blog personal que en la mesa eres completamente feliz.

    Y lo peor, lo peor de todo, me aterraba empezar de nuevo. Mi cabecita me decía: si vuelvo a ser como era, voy a tener ganas de empezar de nuevo y caer nuevamente en esa oscuridad. Y no, no quiero. Si le pudiera decir algo a mi yo de los 18 años, sería eso: hazlo, con cuidado, quiérete, deja de exigirte tanto. 

    Pero ya, estoy aquí. Tengo 26 y este año decidí ir a terapia para trabajar con mi obsesión. Por eso escribo esta historia —esta confesión— y quiero decirles algo: háblenlo. Es increíble cuántos te entiendo, me pasa, siento que estoy loca, recibo al comentarlo. Háblenlo con un profesional, con una amiga, con su mamá o con quien sea la persona que las entienda y las hagan sentir que no están solas. 

    Cuando lo hablo en terapia, me siento acompañada. Ha sido tan reconfortante. Allí descubrí el poder de la escritura para soltar, para plasmar emociones, para entenderme más y llevarme mejor conmigo. Algunas sesiones después, estoy tan orgullosa de mis logros: decirlo en voz alta, no hacerle caso a mis reglas de alimentación, no dejar que la obsesión decida por mí al momento de comer, enfocarme en el momento y no en la comida. Incluso, un día me tomé el atrevimiento de cambiarme una falda porque me apretaba y decidí ponerme algo más flojo para estar cómoda… jamás he sido tan valiente. Lo prometo. Incluso, dejé de escribir en mi blog de años, donde reinaban las historias alrededor la comida. Confieso que son verdaderas, pero si pudiera escribir el detrás de escena, diría que muchos de esos platos venían con un bajativo: la culpa

    Hago estas confesiones para que sepan que un desorden alimenticio lo viven también quienes sonríen mucho, las que ponen video tras video de una mesa con la canción perfecta… ¡la perfección no existe! Y, para que leyéndome, contribuyan de ALGUNA MANERA a combatir la gordofobia que tanto amenaza a nuestra comunidad.

    Si eres una estudiante de colegio, aprovecha la psicóloga; igual en la universidad si existe ese recurso. Si los medios te permiten, acude a un profesional. Si tienes acceso a Internet, busca aplicaciones o páginas web que te permitan abordar el tema. Lee a Roxane Gay, a Virgie Tovar, a María del Mar Ramón, a Thalíe Ponce, a Juzz Pincay, a Valeria Constante… ¡no estás sola! 

    Aún sigo trabajando: sigo siendo víctima de la balanza, de los comentarios, de las miradas. Soy también mi propia víctima. Me he llegado a decir que quiero repetir los mejores momentos de mi vida, donde en el backstage de mis risas estaba el fuck, ya he comido suficiente, déjeme regresar a mi rutina. Pero mi psicóloga me enseñó a que todo esos momentos me hicieron quien soy, a conocerme, a querer mis debilidades y tomar mejores decisiones ahora en adelante. 

    Y ahora que lo pienso, no sé qué tanto puedo decir que no escribo sobre comida, porque si algo he aprendido: escribir sobre comida es escribir sobre alimentación, nutrición, salud, el cuerpo… todo depende de qué quiera escribir y decirles a través de mi escritura. 

    Por favor, no me digas ni a mí ni a nadie que por verse relativamente pequeña, significa que no está sufriendo. Los trastornos de conducta alimentaria no tienen tamaño, y a veces habitan más en la mente que en el cuerpo. 

    A vísperas de 2022, donde se nos contagia las ganas de hacer resoluciones de año nuevo, me prometo que seguiré esforzándome por trabajar en mí, por llevarme mejor con mi miedo a engordar, con empezar a querer mi cuerpo y por cómo se pone por cómo lo trato, por disfrutar de las personas que acompañan los platos más que la cantidad de calorías de estos. 

    Quiero trabajar en mi flexibilidad, quiero vivir consciente de que no tengo que cambiar mi cuerpo sino cómo me siento. Quiero gozar de lo espontáneo, quiero amarme incondicionalmente, quiero comerme el postre primero y sin culpa, quiero pedir más vino para igualar a mis amigos, quiero decirle que sí a mi novio cuando me diga que comamos pizza los martes, quiero celebrar con la familia cualquier logro con un banquete. 

    Soy más de lo que como. Soy más que la comida. Soy más que mi peso y mi apariencia. Soy solo María Silvia. 

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