Mansplaining: ¿Hasta cuándo?

Un periodista publicó, el 25 de diciembre de 2021, una columna tratando de explicar a las feministas ecuatorianas cómo tienen que hacer las cosas. Aquí le decimos por qué lo que hizo fue mansplaining.

THALÍE PONCE

En su libro Los hombres me explican cosas, la autora estadounidense Rebecca Solnit cuenta que, en una fiesta, un hombre se le acercó a decirle que sabía que ella había escrito algunos libros y ella respondió comentando sobre su última publicación, un libro sobre Eadweard Muybridge. Mientras hablaba, el hombre la interrumpió e intentó explicarle algo que leyó en «el libro sobre Muybridge más importante» de ese año.

Ella era, precisamente, la experta sobre ese tema y la autora del libro al que él hacía alusión.

Eso que vivió Solnit se conoce como mansplaining. Según la escritora Lily Rothman, este fenómeno consiste en «explicar sin tener en cuenta el hecho que la persona que está recibiendo la explicación sabe más sobre el tema que la persona que lo está explicando. Este comportamiento suele darse de forma habitual por parte de un varón hacia una mujer».

Esto pasa en todo el mundo. Y en todos los espacios: en fiestas, en entornos laborales, en la familia, en los medios de comunicación. Pasa en Ecuador, cuando un periodista hombre escribe una columna en su medio tratando de explicar a las feministas cómo tienen que hacer las cosas y cuál debe ser la estrategia de su activismo.

Solnit atribuye el mansplaining a una mezcla de «exceso de confianza e ignorancia» que algunos hombres muestran. Este caso no sería la excepción.

Me atrevo a decir ignorancia porque solo desde el desconocimiento se puede decir que las causas feministas y algunos casos que esta abandera «causan polémica». Un posible femicidio —como se intenta esclarecer sobre la muerte de Naomi Arcentales—, que ha generado conmoción y un fuerte movimiento de denuncia en redes sociales, no se puede catalogar como polémico. 

Tampoco se puede decir que es polémica la discusión sobre la Ley de Aborto por Violación que se debate al interior de la Asamblea Nacional, en un país en el que más de 3.000 niñas menores de 14 años paren cada año.

Es cierto que el feminismo en el país «pasa por las etapas recorridas en otros países. Con décadas de retraso en algunos tópicos». Pero ese hecho no se puede utilizar como base para decir que muchas militantes feministas en Ecuador comparten la «convicción» de «sumar likes y ganar a diario guerras en redes sociales, aunque la realidad siga imperturbable».

Los likes son lo de menos. Lo que le importa al feminismo es defender sus ideas, exponer la realidad de las mujeres en el país y buscar un poco de empatía por parte de la sociedad. Incluso a pesar de las diferencias que puedan existir dentro del movimiento, porque la meta, al final, es la misma.

Y es justamente, gracias a esa denuncia en redes sociales —y fuera de ellas, en movimientos, en plantones, en marchas y en esa estrategia de la que habla quien no conoce verdaderamente del tema— que, aunque aún haya mucho que alcanzar en materia de derechos de las mujeres, hoy se discuten fuera de la esfera privada temas que tienen que ver con nuestras vidas. 

Gracias al activismo feminista en Ecuador, el femicidio fue tipificado en el Código Orgánico Integral Penal en 2014. Gracias a esas activistas, hoy existe la posibilidad de que niñas y mujeres sobrevivientes de violación sexual accedan a un aborto. Gracias a esas militantes, contamos con estadísticas más claras para hablar de violencia en nuestro país (6 de cada 10 mujeres han vivido algún tipo de violencia y eso, probablemente, es un subregistro). Gracias al feminismo, el caso Paola Guzmán Albarracín llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y logró un fallo histórico en 2020 que es un precedente para todos los niños, niñas y adolescentes de la región.

La realidad no sigue imperturbable. La realidad se modifica —poco a poco— con estas acciones, con un activismo que denuncia, pero que también acompaña a las víctimas y sobrevivientes desde la empatía y la sororidad.

Me resulta curioso que quien critica la estrategia del movimiento feminista en Ecuador, diga que se ha declarado una «guerra de los sexos», cuando en ningún momento se ha dicho que el hombre sea el enemigo. Sabemos claramente que el problema es otro: el patriarcado. 

“¿Cuándo y cómo se vislumbrará el nuevo sistema de relaciones entre hombres y mujeres?”. Cuando ciertos hombres se atrevan a romper el pacto patriarcal y se queden callados cuando no aportan a la discusión, cuando actúen como aliados, en vez de sentirse enemigos. Pero si los hombres no rompen el silencio, protegen a sus amigos violadores, callan cuando ven un abuso, abusan de su poder o acosan a periodistas dentro de las redacciones, son parte del problema. Y no vamos a dejar de decirlo solo para hacerlos sentir mejor.

Solo quienes hemos estado en las calles reclamando por nuestra vida y nuestros derechos, las que vivimos la realidad de ser mujer en Ecuador —donde una mujer es asesinada cada 44 horas—, quienes acompañan abortos a mujeres que no tienen otra opción, quienes trabajan con víctimas en un acompañamiento integral, sabemos qué estrategia nos conviene, nos hace sentir bien y es mejor.

Lo demás, José Hernández, es mansplaining.

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    Un periodista publicó, el 25 de diciembre de 2021, una columna tratando de explicar a las feministas ecuatorianas cómo tienen que hacer las cosas. Aquí le decimos por qué lo que hizo fue mansplaining.

    THALÍE PONCE

    En su libro Los hombres me explican cosas, la autora estadounidense Rebecca Solnit cuenta que, en una fiesta, un hombre se le acercó a decirle que sabía que ella había escrito algunos libros y ella respondió comentando sobre su última publicación, un libro sobre Eadweard Muybridge. Mientras hablaba, el hombre la interrumpió e intentó explicarle algo que leyó en «el libro sobre Muybridge más importante» de ese año.

    Ella era, precisamente, la experta sobre ese tema y la autora del libro al que él hacía alusión.

    Eso que vivió Solnit se conoce como mansplaining. Según la escritora Lily Rothman, este fenómeno consiste en «explicar sin tener en cuenta el hecho que la persona que está recibiendo la explicación sabe más sobre el tema que la persona que lo está explicando. Este comportamiento suele darse de forma habitual por parte de un varón hacia una mujer».

    Esto pasa en todo el mundo. Y en todos los espacios: en fiestas, en entornos laborales, en la familia, en los medios de comunicación. Pasa en Ecuador, cuando un periodista hombre escribe una columna en su medio tratando de explicar a las feministas cómo tienen que hacer las cosas y cuál debe ser la estrategia de su activismo.

    Solnit atribuye el mansplaining a una mezcla de «exceso de confianza e ignorancia» que algunos hombres muestran. Este caso no sería la excepción.

    Me atrevo a decir ignorancia porque solo desde el desconocimiento se puede decir que las causas feministas y algunos casos que esta abandera «causan polémica». Un posible femicidio —como se intenta esclarecer sobre la muerte de Naomi Arcentales—, que ha generado conmoción y un fuerte movimiento de denuncia en redes sociales, no se puede catalogar como polémico. 

    Tampoco se puede decir que es polémica la discusión sobre la Ley de Aborto por Violación que se debate al interior de la Asamblea Nacional, en un país en el que más de 3.000 niñas menores de 14 años paren cada año.

    Es cierto que el feminismo en el país «pasa por las etapas recorridas en otros países. Con décadas de retraso en algunos tópicos». Pero ese hecho no se puede utilizar como base para decir que muchas militantes feministas en Ecuador comparten la «convicción» de «sumar likes y ganar a diario guerras en redes sociales, aunque la realidad siga imperturbable».

    Los likes son lo de menos. Lo que le importa al feminismo es defender sus ideas, exponer la realidad de las mujeres en el país y buscar un poco de empatía por parte de la sociedad. Incluso a pesar de las diferencias que puedan existir dentro del movimiento, porque la meta, al final, es la misma.

    Y es justamente, gracias a esa denuncia en redes sociales —y fuera de ellas, en movimientos, en plantones, en marchas y en esa estrategia de la que habla quien no conoce verdaderamente del tema— que, aunque aún haya mucho que alcanzar en materia de derechos de las mujeres, hoy se discuten fuera de la esfera privada temas que tienen que ver con nuestras vidas. 

    Gracias al activismo feminista en Ecuador, el femicidio fue tipificado en el Código Orgánico Integral Penal en 2014. Gracias a esas activistas, hoy existe la posibilidad de que niñas y mujeres sobrevivientes de violación sexual accedan a un aborto. Gracias a esas militantes, contamos con estadísticas más claras para hablar de violencia en nuestro país (6 de cada 10 mujeres han vivido algún tipo de violencia y eso, probablemente, es un subregistro). Gracias al feminismo, el caso Paola Guzmán Albarracín llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos y logró un fallo histórico en 2020 que es un precedente para todos los niños, niñas y adolescentes de la región.

    La realidad no sigue imperturbable. La realidad se modifica —poco a poco— con estas acciones, con un activismo que denuncia, pero que también acompaña a las víctimas y sobrevivientes desde la empatía y la sororidad.

    Me resulta curioso que quien critica la estrategia del movimiento feminista en Ecuador, diga que se ha declarado una «guerra de los sexos», cuando en ningún momento se ha dicho que el hombre sea el enemigo. Sabemos claramente que el problema es otro: el patriarcado. 

    “¿Cuándo y cómo se vislumbrará el nuevo sistema de relaciones entre hombres y mujeres?”. Cuando ciertos hombres se atrevan a romper el pacto patriarcal y se queden callados cuando no aportan a la discusión, cuando actúen como aliados, en vez de sentirse enemigos. Pero si los hombres no rompen el silencio, protegen a sus amigos violadores, callan cuando ven un abuso, abusan de su poder o acosan a periodistas dentro de las redacciones, son parte del problema. Y no vamos a dejar de decirlo solo para hacerlos sentir mejor.

    Solo quienes hemos estado en las calles reclamando por nuestra vida y nuestros derechos, las que vivimos la realidad de ser mujer en Ecuador —donde una mujer es asesinada cada 44 horas—, quienes acompañan abortos a mujeres que no tienen otra opción, quienes trabajan con víctimas en un acompañamiento integral, sabemos qué estrategia nos conviene, nos hace sentir bien y es mejor.

    Lo demás, José Hernández, es mansplaining.

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